Las bibliotecas, esto es, colecciones de libros reunidas y disponibles
para uso público o privado, ya eran conocidas entre los pueblos
antiguos antes de la llegada de Cristo. Probablemente, la biblioteca más
antigua de la que se tiene un conocimiento preciso es la de Tello, en
Mesopotamia, descubiertas gracias a las excavaciones de M. de Sarzec,
y que ha sido trasladada, en gran parte, al Louvre. Al parecer, contaba
con más de 20.000 tabletas grabadas en escritura cuneiforme pertenecientes
a la época de Gudea, soberano de Lagash, hacia el 2500 a.C. Aún
más grande era la biblioteca real de Nínive, formada por
Sargon, rey de Asiria durante los años 722-705 a.C., y por su bisnieto
Asurbanipal (668-628 a.C.). Este último monarca envió escribas
a las antiguas ciudades de Babilonia y Asiria, que contaban con bibliotecas,
para que realizaran copias de las obras extraordinarias e importantes;
parece seguro que la colección consistía en textos impresos
en tablillas de arcilla, que cubrían todas las áreas del
conocimiento y la ciencia conocidos por los hombres sabios de la época.
Más de veinte mil de estas tabletas fueron trasladadas a Europa,
y se conservan ahora en el Museo Británico. Todos los textos importantes
están marcados con una frase que atestigua su pertenencia al palacio
de Asurbanipal; estas frases concluían con una imprecación
interesante de comparar con las que a menudo se encuentran en los manuscritos
de las bibliotecas medievales: “Quienquiera que se lleve esta tableta,
o inscriba su nombre en ella junto al mío, que Ashur y Belit lo
abatan con cólera y furia, y que ellos destruyan su nombre y su
posteridad en la tierra” (Wallis, Budge, y King, “Guide to
Babilonian and Assyrian Antiquities”, 1908, p. 41). En Egipto, sin
duda se deben haber formado colecciones de rollos de papiro, aunque la
naturaleza más perecedera de este material no ha permitido que
se preserven restos considerables de las épocas más antiguas
de la historia egipcia. De colecciones de libros entre los judíos
es poco lo que se sabe, aunque ciertos pasajes de los libros históricos
del Antiguo Testamento (por ejemplo, II Reyes, 1,18; I Reyes 11, 41; 14,
19; 15, 23; etc.) sugieren la existencia de depósitos en los que
se podían consultar libros. Más aún, en 2 Macabeos,
2, 13, se encuentra una frase muy precisa acerca de que Nehemías
habría fundado una biblioteca y “puesto en ella los libros
de los reyes, los de los profetas y los de David, y las cartas de los
reyes sobre las ofrendas”.
Sobre la Roma y la Grecia paganas existen evidencias más precisas.
Se dice que Pisistrato habría formado una biblioteca, la que fue
llevada a Persia por Jerjes, y posteriormente devuelta. Aristóteles,
el filósofo, como muestran sus escritos, seguramente tuvo algún
tipo de biblioteca a su disposición; se cree que esta colección,
después de su llegada a Atenas, fue trasladada a Roma por Sula.
Pero, sin duda, las bibliotecas más famosas del mundo griego fueron
las de Pérgamo y Alejandría. Esta última, formada
por los reyes de la familia de Attalus a partir de una fecha estimada
en el 200 a. de C., debe haber sido una colección importante. Exploraciones
arqueológicas modernas han identificado el sitio de esta biblioteca,
que tenía algunas habitaciones en el recinto del templo de Atenas
(véase Conze, en el “Sitzungsberichte” de la Academia
de Berlín, 1884, 1259-70). Con relación a los libros mismos,
sabemos por Plutarco que Marco Antonio llevó doscientos mil volúmenes,
o mejor dicho rollos, a Alejandría para regalarlos a Cleopátra,
con el fin de reemplazar la biblioteca que había sido accidentalmente
destruida por el fuego durante la campaña egipcia de Julio César.
La biblioteca destruida, conocida como biblioteca del Musaeum, fue formada
por Ptolomeo Philadelphus alrededor del 260 a. C. Esta biblioteca está
unida, por la leyenda, al origen del Septuagint (N. del T.: traducción
griega del Pentateuco, elaborada en Alejandría alrededor de 250
a.C.), como se registra en la apócrifa, y muy antigua, “Carta
de Aristeas”. Según esta leyenda, Demetrio Phalereus, custodio
de la biblioteca, solicitó a su amo, el Rey Ptolomeo, realizar
los esfuerzos necesarios a fin de obtener, para la biblioteca, una traducción
de la Ley de los Judíos. Se enviaron emisarios al Sumo Sacerdote
Eleazar de Jerusalén, quién envió setenta (mejor
dicho, setenta y dos) eruditos a Alejandría, para confeccionar
la versión griega solicitada. El trabajo se completó en
setenta días, la traducción fue leída en voz alta
por Demetrio, y aprobada como definitiva.
El Musaeum, es decir, el edificio consagrado a las Musas, que contenía
la más antigua de las dos bibliotecas, estaba localizado, aparentemente,
dentro del recinto del palacio; pero la otra biblioteca, de fecha anterior,
se formó en conjunto con el Templo de Serapis, de ahí que
se la llamara el serapeum. Mucho daño sufrió sus tesoros
cuando el Obispo Teófilo efectuó su ataque contra el culto
pagano en Alejandría en el año 390 d.C., y lo que quedó
de la biblioteca debe haber desaparecido después de la incursión
de los árabes en el 641. Aunque Polybius, escritor del siglo II
antes de Cristo, se expresa (xii, 27) como si las bibliotecas se encontraran
en cualquier gran ciudad, es sólo durante los últimos años
de la República de Roma que sabemos de bibliotecas en la misma
Roma. Al principio, estas colecciones estaban en manos privadas (Cicerón,
por ejemplo, aparentemente se esforzó mucho para obtener libros)
pero, luego de un proyecto de Julio César de formar una biblioteca
de uso público, proyecto no concretado, es C. Asinius Pollio quién
lleva poco después esta idea a la práctica, gracias a lo
que obtuvo de los saqueos durante su campaña en Iliria el 39 a.C.
El emperador Augusto siguió este ejemplo, y sabemos de las colecciones
de libros griegos y latinos que formó, primero en el Pórtico
de Octaviano (el que restauró cerca del año 33 a.C.), y
luego en el recinto del Templo de Apolo en el Palatino, dedicado en el
28 a.C. A partir de este momento, las bibliotecas públicas se multiplican
en Roma, bajo el auspicio imperial de Tiberio y sus sucesores, llegando,
según se dice, a un total de veintiséis. Según las
referencias encontradas en escritores como Ovidio, Horacio y Aulus Gellius,
es probable que estas bibliotecas, como por ejemplo la de Apolo Palatino,
estuvieran provistas con copias de libros de todos los temas y que tan
pronto como un nuevo libro, de cualquier escritor conocido, viera la luz
del día, las bibliotecas romanas lo obtendrían como algo
obvio. También sabemos que las bibliotecas eran administradas por
un encargado responsable y que servían de lugar de esparcimiento
a los hombres ilustrados, y que una o varias de ellas (en especial la
Biblioteca Ulpia en el foro de Trajano) eran utilizadas como depósitos
para los archivos públicos.
En la época en que la Cristiandad hace su aparición en
escena en Roma, es interesante aprender, por medio de Séneca, la
importancia que había tomado la moda de mantener bibliotecas, públicas
o privadas, en la sociedad romana. “¿Cuál”,
pregunta Séneca, “es la utilidad de tener innumerables libros
y bibliotecas, si durante el transcurso de su vida el hombre escasamente
lee los títulos? ... Cuarenta mil libros se quemaron en Alejandría.
Dejo a otros alabar este espléndido monumento de opulencia real
... Obtenga tantos documentos como sea necesario utilizar, pero no obtenga
ninguno sólo para exhibirlo ... ¿Porqué habría
que disculpar a un hombre que desea poseer estanterías para libros
incrustadas en cedro o marfil, que reúne a gran cantidad de autores
desconocidos o desacreditados, y que basa su deleite principal en sus
bordes y sus marbetes? Se encontrarán, entonces, en las bibliotecas
de los más consumados ociosos todo lo que han escrito los oradores
o los historiadores – estanterías tal altas como el techo.
Actualmente, una biblioteca tiene el mismo valor que una sala de baño
como ornamento en una casa. Podría perdonar esas ideas, si se debieran
a un extravagante deseo de conocimiento. Sin embargo, estas obras de hombres
cuya inteligencia reverenciamos, por las que se ha pagado un alto precio,
cuyos retratos se alinean encima de los mismos, se compran juntos para
adornar y embellecer una muralla” (De Tranquil. Animi, xi).
Esta era la moda que prevalecía en los círculos más
cultos del Imperio Romano cuando la Cristiandad comenzó su lucha
de vida o muerte con el paganismo. El uso de los libros, aún cuando
se los tomara con cierta afectación superficial, era un arma que
la Iglesia no podía darse el lujo de desperdiciar. De hecho, las
enseñanzas acumuladas durante épocas anteriores eran una
buena influencia, y los profesores de la nueva fe no tardaron en hacer
los esfuerzos necesarios para ponerla de su lado. En todo caso, se necesitaba
una pequeña colección de libros para los servicios religiosos,
los que, aparentemente desde sus inicios, consistían (tal como
el Oficio Divino en la actualidad) en lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento
y de obras de educación y formación Cristianas. Así,
cada iglesia que se fundaba era el núcleo de una biblioteca, por
lo que no nos debe sorprender encontrar a San Jerónimo aconsejando
a Pammachius (Ep. xlix, 3) hacer uso de estas colecciones (ecclesiarum
bibliothecis fruere) y, aparentemente, asumiendo que donde hubiere una
congregación de la fe habría libros útiles disponibles.
Sin embargo, deben haber existido algunos centros donde, por su posición,
antigüedad o generosidad excepcional de sus benefactores, se encontraran
grandes cantidades de libros. De estos, el más antiguo que conocemos,
es la biblioteca formada en Jerusalén principalmente por el Obispo
Alejandro, cerca del año 250, la que contenía, como atestigua
Eusebio, un conjunto de cartas y documentos históricos (Hist. Eccles.,
VI, xx). Más importante aún era la biblioteca de Cesárea
en Palestina. Sus documentos fueron recopilados por el mártir Pánfilo,
muerto el año 308, y contenía un conjunto de manuscritos
que habían sido usados por Origin (Jerónimo, In Titum, III,
ix). De la misma época tenemos noticias acerca de que en la persecución
que devastó Africa (303-304) “los oficiales fueron a la iglesia
de Cirta, donde se reunían los Cristianos, y la despojaron de cálices,
lámparas, etc., pero cuando llegaron a la biblioteca [bibliothecam]
los estantes [armaria] se encontraban vacíos” (véase
apéndice a Optatus).
Julián el Apóstata, en el año 362, solicitó
que se le enviaran los libros que originalmente pertenecían a Jorge,
el Obispo Arrio de Alejandría, que incluían “muchas
obras filosóficas y retóricas, y muchas de las doctrinas
de los galileos impíos”, para una biblioteca anteriormente
creada por Constantino en el palacio imperial (Julian, Epist. ix). Por
su parte San Agustín, cuando estaba muriendo, “mandó
que la biblioteca de la iglesia y todos los libros fueran cuidadosamente
mantenidos para toda la posteridad” y “heredó a la
iglesia bibliotecas que contenían libros y tratados escritos por
él mismo o por otras personas santas” (Possidius, “Vita
Aug.”, n. 31). En Roma, aparentemente, el Papa Dámaso (366-384)
construyó un archivo administrativo (archivium) que, además
de ser el depósito de los documentos oficiales, servía también
como biblioteca y tribunal. Estaba conectado con la Basílica de
San Lorenzo, en cuya fachada había una inscripción que terminaba
con las siguientes tres líneas:
Archivis faetor volui nova condere tecta.
Addere praeterea dextra laevaque columnas.
Quae Damasi teneant proprium per saecula nomen.
(“Confieso que me hubiera gustado construir una nueva morada para
los archivos, y añadir columnas a la derecha y a la izquierda para
preservar el nombre de Dámaso por siempre”).
Sin duda, este es el edificio al que San Jerónimo se refiere como
“chartarium ecclesiae Romanae”. De Rossi y Lanciani conjeturan
que Dámaso, siguiendo el modelo de una de las grandes bibliotecas
de Roma, que a su vez imitaba la distribución de la famosa biblioteca
de Pérgamo, habría primero construido una basílica
dedicada a San Lorenzo y, luego, habría añadido en el lado
sur y en el lado norte un peristilo, a partir del cual serían fácilmente
accesibles las habitaciones que contenían los registros (Lanciani,
Ancient Rome, pp. 187-190). Respecto de si este edificio merece o no estrictamente
el nombre de biblioteca, tenemos evidencias de que el Papa Agapito (535-36)
inició la construcción de otro edificio en la Colina Coelian,
destinado a guardar los libros, edificio que posteriormente fuera conocido
como biblioteca de San Gregorio. En todo caso, un registro del siglo IX
habla del gran conjunto de retratos que adornaban sus paredes y, entre
ellos, el del Papa Agapito:
Hos inter residens Agapetus jure sacerdos
Codicibus pulchrum condidit arte locum.
(“El centro pertenece por derecho a Agapito quien, para guardar
sus libros, construyó esta inmaculada residencia”).
El célebre Casiodoro, que era amigo de Agapito, se retiró
del mundo en sus últimos años y reunió a su alrededor
una comunidad religiosa en Vivarium, en el sur de Italia. Allí
formó una biblioteca, como un aditamento de primera necesidad para
esa institución. Además, impuso a los miembros de la cofradía
que, si encontraban algún libro que él deseara, debían
efectuar una copia del mismo, “así, con la ayuda de Dios
y su trabajo, la biblioteca del monasterio se beneficiaría”
(De Inst. Div. Lit., viii). Casiodoro también nos cuenta bastante
sobre sus planes para la biblioteca.
Pero, con la fragmentación de la civilización del Imperio
Romano, el gran ascendiente que contribuyó, más que cualquier
otra cosa, a preservar en Occidente algunos restos dispersos de las enseñanzas
del periodo clásico fue, sin duda, el monaquismo y, especialmente,
la forma de monacato que se identificó con la Regla de San Benedicto.
Incluso en Africa, como lo muestran claramente la Regla de Pachomio y
los escritos de Cassion, el mantenimiento del ideal de vida cenobítica
dependía, en cierta medida, del uso de los libros. San Pachomio,
por ejemplo, ordenó que los libros del hogar se guardaran en un
armario empotrado en la pared. Cualquier hermano que quisiera un libro,
podía tenerlo por una semana, al término de la cual debía
devolverlo. Ningún hermano podría dejar un libro abierto
al ir a misa o a las comidas. En las vísperas, en responsable denominado
“segundo” (esto es, el segundo de la orden) debía encargarse
de los libros, contarlos y guardarlos bajo llave (véase P.L. XXIII,
68, y cf. Butler, “Palladius”, I, 236). Sabemos, por una carta
de San Agustín, que en Hippo incluso las religiosas contaban con
una biblioteca, y que una de las hermanas tenía la tarea de distribuir
y recolectar los libros durante las horas destinadas a la lectura. El
papel que jugaba el estudio (particularmente el estudio de las escrituras)
en la vida de la mujer asceta a fines del siglo IV, no podría estar
mejor ejemplificado que en la historia de Santa Melania la Joven, amiga
de San Agustín y de San Jerónimo, quien se impuso por norma
dedicar diariamente un tiempo fijo a la lectura, y cuya labor como escriba
era ampliamente conocida. Pero de todos los documentos escritos que influenciaron
la preservación de los libros, el más importante es el texto
de la Regla de San Benedicto. En esta se basa, mayormente, el amor al
estudio que es distintivo de las grandes órdenes monásticas:”
La ociosidad”, dice la Regla, “es un enemigo del alma; es
por esto que los hermanos deben ocuparse en labores manuales en algunos
momentos, y en otros ocuparse de la lectura sagrada ...”. Y, después
de especificar las horas que deben dedicarse a la lectura en diversas
épocas del año, la Regla nuevamente dicta:
"Durante la Cuaresma dejemos que se dediquen a la lectura desde
la mañana hasta el fin de la hora tercia ... En estos días
de Cuaresma permitamos que cada uno reciba un libro de la biblioteca,
y lo lea de principio a fin, en orden. Estos libros deben repartirse al
comienzo de la Cuaresma. Sobre todo, permita que uno o dos hermanos de
rango superior sean designados para recorrer el monasterio durante las
horas que los hermanos dedican a la lectura, para ver que no haya hermanos
perezosos entregados al ocio o a conversaciones tontas en vez de dedicarse
a la lectura, siendo no sólo inútiles para sí mismos,
sino también una distracción para los demás. Si encuentran
a uno de ellos (Dios no lo quiera) permítanle corregirse una vez
y una segunda vez”, y al Regla añade que si todo esto no
es efectivo, el transgresor debe ser castigado de tal forma que infunda
terror en los demás.
Que estos principios se cumplían a cabalidad, y que daban fruto
en lo que se refiere al respeto mostrado a los libros y en el fervor desplegado
para conseguirlos, se demuestra, más que en ninguna otra parte,
en Inglaterra. Toda la vida del Venerable Beda puede servir para ilustrar
este tema. Pero es Beda quien nos cuenta de primera mano acerca de Benedict
Biscop, Abad de Wearmouth quien, habiendo visitado Roma en el 671, “trajo
a casa no pocos libros de toda la erudición teológica, tanto
comprados a precio fijo como obsequiados por la bondad de los amigos;
y cuando, durante su regreso, llegó a Viena, recibió aquellos
que había comprado y se los entregó a sus amigos del lugar”
(Hist. Abbat. iv). En el 678 visitó nuevamente Roma y “y
trajo a casa una multitud [innumerabilem copiam] de libros de todo tipo”.
Durante su última enfermedad Benedict Biscop dio instrucciones
de que la muy noble y completa biblioteca que había traído
desde Roma, porque era necesaria para la educación de la Iglesia,
debía ser escrupulosamente preservada en su totalidad, no sufrir
daños por falta de cuidados, ni ser dispersada (Hist. Abb., xi).
Esta colección se duplicó gracias a la energía de
Ceolfrid, su sucesor (Hist. Abb., xv). Fue de esta colección, que
Ceolfrid enriqueció con tres nuevas copias de la Vulgata y con
una de la Itala, que se obtuvo el famoso Codex Amiatinus (q.v.), el que
Ceolfrid llevó más tarde a Italia como un regalo al Papa.
Este manuscrito, actualmente en la Biblioteca Laurenciana en Florencia,
ha sido descrito como “quizás el libro más admirable
en el mundo” (White en “Studia Biblica”, II, 273), pero
no parece el trabajo de copistas nativos, sino más bien de italianos
traídos a Inglaterra.
Aún cuando Jarrow (N. del T. monasterio en Nortumbria, norte de
Inglaterra) no contaba con un gran scriptorium con un equipo de copistas
preparados (como los que, por ejemplo, pertenecían a Lindisfarne,
que seguían las tradiciones irlandesas; y a Canterbury, donde la
influencia dominante era italiana) gracias al Arzobispo Egbert, a quien
Beda quería y visitaba en York, la biblioteca de Ceolfrid debe
haber ejercido una gran influencia sobre Alcuin (q.v.) y, a través
de él, sobre la erudición de toda la Cristiandad Occidental.
Alcuin fue el bibliotecario de la excelente colección de libros
que Egbert formó en el monasterio de York, y en uno de sus poemas
entrega una florida descripción de sus contenidos (Migne, P.L.,
CI, 843), el que ha sido descrito como el catálogo más antiguo
de una biblioteca inglesa. Si podemos confiar en esta lista, la colección
era realmente de una extensión extraordinaria que incluía
no sólo lo más conocido de los Padres Latinos, sino también
a Atanasio, Basil y Crisóstomo entre los griegos, así como
a un grupo de historiadores, con filósofos como Aristóteles
y Boecio, con lo más representativo de los clásicos latinos
y algunos gramáticos. Cuando Alcuin se convirtió en el consejero
de confianza de Carlomagno, la influencia de este gran monarca ya estaba
en todas partes, esforzándose por fomentar la difusión de
la educación y la acumulación de libros. En una ordenanza
del año 879 Carlomagno proveyó la fundación de colegios
para niños, indicando que “en cada monasterio y catedral
[episcopium]” debían estudiar “los salmos y cánticos,
canto llano, el computus [o regulación del calendario] y gramática”.
Y añade, “Dejemos que tengan también libros católicos
bien corregidos”.
Todo esto, directa o indirectamente, debe haber constituido un gran estímulo
en lo que respecta a la formación de bibliotecas en Europa Occidental.
Tampoco podemos dejar de mencionar la gran influencia ejercida, en una
época más temprana, por San Columbano y los misioneros irlandeses
que se asentaron en Luxeuil (Francia), en St. Gall (Suiza), en Bobbio
(Italia), en Wurzburg (Alemania), y en muchos otros lugares. En algunos,
en St. Gall por ejemplo, la Regla Benedictina a menudo suplantó
a la Columbana, y fue durante su periodo benedictino que la Abadía
suiza logró su mayor renombre como centro del saber, y se formó
la biblioteca que aún existe. Sin embargo, muchos de sus volúmenes
más preciados fueron trasladados en otro momento a Reichenau, como
medida de seguridad; y aparentemente no todos fueron devueltos a sus dueños
una vez que regresó la calma. Al mismo tiempo, hay abundante evidencia
sobre la existencia de un sistema de préstamo de manuscritos de
un lugar a otro entre monasterios amigos, con fines de transcripción
y cotejo. Este último proceso a menudo puede rastrearse en las
copias que aún permanecen: por ejemplo, dos de nuestros más
antiguos manuscritos de la “Historia Eclesiástica”
de Beda fueron cotejados entre sí, y las interpretaciones de uno
trasladadas al otro.
Las bibliotecas más famosas del periodo carolingio fueron las
de Fulda, Reichenau, Corvey y Sponheim en Alemania, y las de Fleury, St.
Riquier, Cluny y Corbie en Francia. La biblioteca de Fulda, bajo el gran
erudito Rabano Mauro estaba considerada como la mejor equipada en Christendom,
y un contemporáneo habla de los libros que allí había
como “casi incontables”. Incluso a principios del siglo XVI
el monasterio aún contaba con 900 volúmenes de manuscritos,
muchos de los cuales, al parecer, fueron destruidos o dispersados durante
la guerra de los 30 años. En el caso de Riechenau, aún contamos
con el catálogo realizado por el bibliotecario Reginbert antes
del año 831, donde se enumeran cerca de 500 obras repartidas en
256 volúmenes. Todas las bibliotecas que se mencionaron deben mucho,
directa o indirectamente, al apoyo de Carlomagno. En el sur de Italia,
la abadía de Monte Cassino, cuna del monaquismo benedictino, ilustra
bien los peligros a los que estaban expuestos los libros, debido a la
brutalidad de la época. Después de ser demolido por los
lombardos en el siglo VI, el monasterio fue reconstruido, y con mucho
trabajo se reunió una nueva biblioteca. Pero en el siglo IX llegaron
los sarracenos, y cuando el monasterio fue saqueado la biblioteca se consumió
entre las llamas. No obstante, nuevamente los monjes se dieron al trabajo
de conseguir libros y de hacer nuevas copias, y esta colección
ce manuscritos (que aún sobrevive) se encuentra entre las más
destacadas de Italia.
En España, de una época más temprana, comprendemos
mejor la ornamentación de una bien conocida biblioteca gracias
a algunos versos escritos por San Isidoro de Sevilla (6000-636) para inscribirlos
en los retratos que se colgaban sobre las estanterías. En la puerta
de la habitación se encontraba otro conjunto de versos, como una
advertencia para los intrusos parlanchines, cuya última copla dice:
Non patitur quenquam coram se scriba loquentem;
Non est quod agas, garrule, perge foras.
Que podría traducirse como:
Un escritor y un hablador no pueden estar de acuerdo;
Por lo tanto, ocioso parlanchín, este no es lugar para ti.
Tomando la Europa Occidental como conjunto, podemos considerar como un
principio irrefutable durante toda la Edad Media, que una biblioteca de
cualquier tipo era parte esencial de todo establecimiento monacal. “Claustrum
sine armario, castrum sine ornamentario”, dice el adagio; es decir,
un monasterio sin biblioteca es como un fuerte sin armería. En
todo el desarrollo de la Regla benedictina, se han dispuesto algunas normas
relativas al uso de los libros. Podemos citar, por ejemplo, las instrucciones
dadas por Lanfranco para la devolución de los libros de la biblioteca
en el primer Domingo de Cuaresma. Se ordenaba a los monjes llevar todos
los libros de vuelta a la sala capitular para “dejar al bibliotecario
leer un documento [breve] indicando los nombres de los hermanos que han
tenido libros durante el pasado año; y permitir que cada hermano,
cuando escuche pronunciar su nombre, devuelva el libro que se le confió
para leer, y permitir que aquel que está consciente de que no leyó
el libro que se le entregó, postrarse sobre su rostro, confesar
su falta, y suplicar perdón. Y dejar que el dicho bibliotecario
entregue a cada hermano otro libro para leer; y cuando se hayan distribuido
los libros, permitir al susodicho bibliotecario, en ese momento, registrar
los nombres de los libros y el de quien lo recibe”.
J.W. Clark entrega un resumen de las disposiciones propias de las diferentes
órdenes. Tanto los Tanto los de Cluny como los Benedictinos, dice,
encargaban los libros al capiscol, y a menudo tenían encargados
de los armarius; también tenían una auditoría anual
y un registro similar al descrito. Entre los benedictinos posteriores,
también encontramos una normativa indicando que el capiscol debía
mantener todo en buen estado, y supervisar personalmente el uso diario
de los manuscritos, colocando cada uno en su correspondiente lugar cuando
terminan de usarlos. Entre estas normas benedictinas posteriores, como
por ejemplo las de Abingdon a fines del siglo XII, aparece por primera
vez el importante permiso de prestar libros a otros ajenos al monasterio,
contra recibo de un adecuado donativo. Los Cartujos también mantenían
el principio del préstamo. Con respecto a los monjes mismos, cada
hermano podía tener dos libros, y debía tener especial cuidado
de mantenerlos limpios. Entre los cistercianos, el responsable de los
libros debía encargarse cuidadosamente de su seguridad y, en ciertos
momentos del día, debía cerrar con llave el armario. Esta
última norma también era observada por los Premonstratenses
quienes, más adelante, solicitaron a su bibliotecario tomar nota
tanto de los libros solicitados en préstamo como de los prestados.
Finalmente, los agustinos, que eran muy detallados en sus normas sobre
el uso de la biblioteca, también permitían el préstamo
de los libros al exterior. Pero insistían mucho en la necesidad
de una apropiada seguridad (véase Clark, “Care of books”,
58-73).
La importancia del permiso de préstamo consiste, por supuesto,
en esto: que los monasterios debían convertirse en las bibliotecas
públicas del distrito circundante y difundir más ampliamente
el beneficio proporcionado por su manejo de los libros. Esta práctica
involucraba, sin duda, un alto riesgo de pérdida y existía
una disposición, algunas veces manifiesta, de prohibir el préstamo
de libros. Por otra parte, ciertamente existían algunos que consideraban
esta forma de ayudar al prójimo como un deber prescrito por la
ley de la caridad. Así, en el 1212 un sínodo realizado en
París dictó el siguiente decreto:
“Prohibimos a aquellos pertenecientes a una orden religiosa formular
cualquier voto contra el préstamo de sus libros a aquellos que
los necesitan, por cuanto el préstamo está considerado entre
las principales obras de misericordia. Después de las debidas consideraciones,
dejen que algunos libros permanezcan en la casa para el uso de los hermanos;
pero permitan que otros, de acuerdo a las decisiones del abad, sean prestados
a quienes están en necesidad de ellos, salvaguardando los derechos
de la casa. En el futuro, no habrá pena de anatema para quién
se lleve un libro, y anulamos y otorgamos absolución para todos
los anatemas de este tipo” (Delisle en “Bib. de l’Ecole
des Chartes”, ser. 3, I, 225).
Es notable también que durante este mismo siglo XIII muchos volúmenes
fueran legados en testamento a la casa de los Agustinos de San Víctor
en París, con la expresa condición de que fueran prestados.
Sin duda, muchos de los préstamos eran para beneficio de otros
monasterios, ya fuera para leerlos o, aún más a menudo,
con el propósito de copiarlos. Contra los que esto suponía,
posiblemente se esperaba cierta protección mediante la invocación
de anatemas sobre la cabeza del impío prestatario. En qué
medida las excomuniones se promulgaban de manera seria y válida
en contra de quienes retenían ilegalmente estos volúmenes
es algo incierto pero, como en el caso de las tabletas cuneiformes de
Asurbanipal, los manuscritos de los monasterios medievales frecuentemente
contenían en la guarda del libro alguna breve forma de maldición
contra los poseedores injustos o morosos. Por ejemplo, en un libro (N.
del T: de la abadía de) Jumieges encontramos:
“Si alguno, mediante astucia u otro método cualquiera, sustrae
este libro de este lugar [Jumieges] ojalá su alma sufra, como una
retribución por lo que ha hecho, y ojalá su nombre sea borrado
de entre los vivos y no sea registrado entre los benditos”.
Pero, generalmente, tales fórmulas eran más breves, como
por ejemplo la siguiente, encontrada en muchos libros de St. Alban: “este
libro pertenece a St. Alban. Ojalá que quién lo robe de
aquí o borre su inscripción de propiedad [titulum deleverit]
sufra anatema. Amén”.
El gran valor que se otorga a los libros está enfatizado también
en los muchos decretos que recomendaban cuidados durante su uso. “Cuando
los religiosos se encuentran dedicados a la lectura”, indica una
norma del Capítulo General Benedictino, “deben, si es posible,
sostener los libros con su mano izquierda, subir la manga de su túnica
y, arrodillados, con su mano derecha descubierta, utilizar esta para sostener
y voltear las páginas de dicho libro” (Gasquet, “Old
English Biblie”, 29). A partir de fuentes medievales, se pueden
citar muchísimas otras demandas recomendando cuidado, delicadeza,
e incluso reverencia, en el trato con los libros. En el “Philobiblon”,
del Obispo Ricardo de Bury, se encuentra todo un tratado sobre el tema,
escrito con un entusiasmo difícilmente superado por un bibliófilo
del siglo XIX. Dice, por ejemplo (cap. xvii): “ Y, ciertamente,
junto a las vestimentas y vasijas consagradas al Cuerpo de Nuestro Señor,
los libros sagrados merecen ser tratados respetuosamente por el clero,
porque a estos se les confieren grandes injurias toda vez que son tocados
por manos no aseadas”. Este cuidado se extendía, por supuesto,
a los armarios en que se guardaban permanentemente los libros. Los Agustinos,
en concreto, tenían una norma formal respecto a que “los
armarios en los que se guarden los libros deben estar forrados en su interior
con madera, para que la humedad de las paredes no humedezca o manche los
libros”, y se sugerían a continuación métodos
para prevenir que los libros fueran “almacenados tan juntos que
pudieran dañarse unos a otros, o retrasar a quienes desean consultarlos”
(Clark, “Care of Books”, 71).
Aún así, el sistema monástico no proveyó,
sino hasta mucho más tarde, una habitación propia que fuera
utilizada como biblioteca. Fue en los claustros donde se adecuaron pequeñas
alcobas, denominadas “cubículos”, que otorgaban cierta
privacidad a los estudiantes y donde se realizaba mayoritariamente la
labor literaria de la comunidad, ya fuera de lectura o de transcripción.
Como consecuencia de este sistema, los libros no se mantenían todos
juntos, sino que se guardaban en armarios que se encontraban en diferentes
partes del edificio. En Durham, por ejemplo, “algunos se guardaban
en la iglesia, otros en el “spendiment” o erario, otros en
el refrectorio, y en más de un lugar en el claustro” (Gasquet,
“Old Eng. Bible”, 10). Esta dispersión de los libros
era algo común ya que, dadas las condiciones del caso, una colección
de volúmenes escritos a mano y mantenidos con los limitados recursos
monásticos, no podía ser muy amplia. Hasta que el arte de
la impresión no prestó su ayuda para multiplicar y abaratar
los libros, un número comparativamente pequeño de armarios
era suficiente para contener los tesoros literarios del más grande
monasterio. En Christ Church, Canterbury, el catálogo de Henry
de Estria, de los alrededores del año 1300, enumeraba 300 títulos
en 1850 volúmenes. En Glastonbury, en el 1247, tenían 500
obras en 340 volúmenes. Los Benedictinos de Dover, en el 1389 poseían
449, mientras que la mayor biblioteca monástica inglesa conocida
por nosotros, la de Bury St. Edmunds, a inicios del siglo XV contenía
2000 volúmenes.
La práctica a la que nos hemos referido, de diseminar los libros
en diferentes armarios y colecciones, seguramente estaba muy influenciada
por la costumbre de prestar los libros, o permitir que personas ajenas
los consultaran, tema sobre el que ya hemos hablado. Naturalmente, siempre
han existido volúmenes que cada comunidad, monástica o colegiada,
reserva para uso exclusivo de sus miembros. Los libros litúrgicos
y algunos tratados ascéticos, copias predilectas de las escrituras,
etc., estarían en esta categoría; deben haber existido divisiones
incluso entre los libros a los que tenían acceso las personas del
mundo exterior. El siguiente texto, por ejemplo, es muy sugerente. Thomas
Gascoigne dice de los Franciscanos de Oxford, en los alrededores del año
1445: “Tenían dos bibliotecas en la misma casa; una denominada
la biblioteca conventual, y la otra la biblioteca para la instrucción;
la primera estaba disponible sólo para los graduados; la otra para
los estudiantes denominados seculares, quienes vivían entre dichos
frailes por razones de aprendizaje”. Esto debe haber sido muy incómodo,
y no es extraño que durante el siglo XV, a las autoridades de muchas
instituciones monásticas o universitarias se les haya ocurrido
la conveniencia de reunir los tesoros de su biblioteca en una gran sala
donde se pudiera llevar a cabo el estudio. Durante todo este periodo,
por tanto, se comenzaron a comenzaron a construir bibliotecas con ciertas
pretensiones. Así, para mencionar algunos ejemplos, en Christ Church,
Canterbury, el Arzobispo Chichele construyó entre 1414 y 1443 una
biblioteca de 60 pies de largo por 22 de ancho (N. del T: para convertir
pies en metros multiplicar por 0,30), sobre la Capilla del Prior. La biblioteca
de Durham la construyó entre el 1416 y el 1446 el prior Wessyngton,
sobre la antigua sacristía; la de Citeaux, en 1480, formando parte
del claustro, sobre el scriptorium, o habitación para escribir;
la de Clairvaux, entre el 1495 y el 1503, en la misma ubicación;
la del monasterio Agustino de St. Víctor en París, entre
1501 y 1508; y la de St. Germain des Pres, en la misma ciudad, cerca del
año 1513, sobre el claustro del sur.
La transformación de Clairvaux es fácil de comprender gracias
a dos descripciones de fecha posterior. Un visitante, en el 1517, nos
dice: “En el mismo lado que el claustro, hay catorce estudios [los
cubículos] donde los monjes escriben y estudian; y sobre los estudios
está la nueva biblioteca, a la que se accede por una ancha y elevada
escalera en espiral, desde el mencionado claustro”. La descripción
continúa elogiando la belleza de esta nueva construcción
la que, adaptándose a la forma del claustro que se encuentra bajo
de ella, era de 198 pies de largo por 17 de ancho. En ella, se nos cuenta,
“habían 48 asientos [bancs] y en cada asiento cuatro estantes
[poulpitres] provistos con libros de todos los temas”. Estos libros,
aunque el autor no lo dice, probablemente estaban encadenados a las repisas,
como era la costumbre de la época. De todas formas, esto es lo
que los autores de “Voyage litteraire”, doscientos años
más tarde, dicen de la misma biblioteca:
“desde el claustro principal se ingresa al claustro de conversación,
así llamado porque los hermanos están autorizados a conversar
en él. En este claustro hay doce o quince pequeñas celdas
[los cubículos], toda una hilera, usados antiguamente por los hermanos
para escribir libros; por esta razón, aún en estos días,
se les llama escritorios. Sobre estas celdas está la biblioteca,
construcción que es amplia, abovedada, bien iluminada, y dotada
de un gran número de manuscritos unidos por cadenas a las mesas,
pero no hay muchos libros impresos”.
Esta es, entonces, el tipo de transformación que se estaba produciendo
en el último siglo de la Edad Media; un proceso grandemente acelerado,
sin duda, por la multiplicación de los libros producto de la invención
de la imprenta. Las nuevas bibliotecas construidas, ya sean asociadas
a universidades, catedrales, o casas religiosas, eran habitaciones de
tamaño considerable, generalmente divididas en compartimentos,
como los que aún se pueden ver en la sección Duque de Humphrey
en la biblioteca Bodliana en Oxford. Aquí los libros estaban encadenados
a los estantes, pero podían sacarse y colocarse en la mesa frente
a la que se sentaba el estudiante, y en la que podía también
utilizar sus materiales de escritura. Aún existen algunos pocos
sobrevivientes de esta modalidad, por ejemplo en la Catedral de Hereford,
y el Zutphen (donde los libros encadenados, sin embargo, sólo podían
consultarse de pie). Pero este sistema no duró por muchos años,
salvo como perpetuación de una antigua tradición.
BIBLIOTECAS MODERNAS
Uno de los lugares más destacados entre las instituciones que
han contribuido a la recolección y preservación de los libros
en los últimos tiempos, lo ocupa el papado. Los papas, como generosos
patrocinadores del conocimiento, han fundado varias bibliotecas, y las
han enriquecido con manuscritos y documentos del más alto valor.
El más importante de estos establecimientos papales es la biblioteca
Vaticana, que se describirá en otro artículo (véase
BIBLIOTECA VATICANA). Indirectamente, los papas también han promovido
la creación de bibliotecas al fundar y fomentar universidades.
Cada una de estas, naturalmente, incluía una biblioteca y los medios
necesarios para la investigación; especialmente en los tiempos
modernos estas colecciones universitarias se han enriquecido con el volumen
siempre creciente de literatura científica. Es interesante notar
que el núcleo de la biblioteca a menudo se obtenía haciéndose
cargo de los libros y manuscritos preservados en los monasterios y en
otros establecimientos eclesiásticos. Una mirada a la historia
de las universidades demuestra cuánto le deben estas al cuidado
y laboriosidad de los monjes (véase, por ejemplo, los breves relatos
en “Minerve”, II, Strasburg, 1893). De la misma fuente provienen,
en muchos casos, los libros que formaron los cimientos de las bibliotecas
fundadas por reyes, príncipes, sacerdotes, gobiernos nacionales,
municipios, y personas individuales. En los tiempos actuales, además,
se han realizado numerosos y exitosos intentos por entregar a la gente
en general los medios que alguna vez fueron privilegio de los estudiantes.
Entre las formas eficientes de difusión del conocimiento debe reconocerse
a las bibliotecas públicas, que se encuentran en casi cualquier
ciudad de importancia. Si bien esta multiplicación de las bibliotecas
se debe, principalmente, al avance en la educación pública,
estas han conducido a lo que se podría denominar un arte o ciencia
propia. Ahora se otorga gran atención al adecuado almacenamiento
y cuidado de los libros, y se entrega formación sistemática
a quienes están comprometidos con el trabajo de las bibliotecas.
No es sorprendente, entonces, que junto con la reciente comprensión
del valor e importancia de las bibliotecas, se haya llegado a una más
justa apreciación de lo que la Iglesia ha realizado en pro de la
conservación de los libros.
La lista siguiente indica los fundadores y fechas de algunas bibliotecas
famosas:
• Ambrosiana (q.v.), Milán; Cardenal Federico Borromeo,
1603-09.
• Angelica, Roma; Angelo Rocca, O.S.A., 1614.
• Bodleian, Oxford; Sir Thomas Bodley, c. 1611.
• Museo Británico, Londres; Jorge III and Jorge IV (en gran
parte con manuscritos sacados de monasterios por Enrique VIII), c. 1795.
• Casanatense, Roma; Cardenal Girolamo Casanata (q.v.), 1698.
• Del Congreso, Washington; Gobierno de Estados Unidos, 1800.
• Mazarine, París; Cardenal Mazarino, 1643; publica 1688.
• Mediceo-Laurenziana, Florencia; Clemente VII, 1571.
• Nacional, París; Carlos V de Francia, 1367.
• Real, Berlín; Elector Fred. William, c. 1650.
• Real, Munich; Duque Alberto V, c. 1560.
• Valiceliana, Roma; Achile Stazio, 1581.
• Vaticano, Roma (Véase BIBLITOECA VATICANA).
CLARK, The Care of Books (Cambridge, 1902), una obra del
más alto valor e indispensable para cualquier estudioso del tema;
POHLE AND STAHL in Kirchenlex. s. v. Bibliotheken; SCUDAMORE in Dict.
of Christ. Antiq.; GASQUET, Mediaeval Monastic Libraries in the Old English
Bible and other Essays (London, 1897), 1-61; EHRLE, JAMES, and others
in Fasciculus; Joanni Willis Clark Dicatus (Cambridge, 1909); GOTTLEIB,
Ueber mittelalterliche Bibliotheken (Leipzig, 1890); EDWARDS, Memoirs
of Libraries, 2 vols., (London, 1895); PAULY-WINOWA, Realencyklopadie
der klassischen Altertumswissenschaft (1893-); BECKER, Catalogi Bibliothecarum
antiqui (Bonn, 1885); JAMES, The Ancient Libraries of Canterbury and Dover
(Cembridge, 1903); MACRAY, Annals of the Bodleian Library (Oxford, 1890);
ROBINSON AND JAMES, The Manuscripts of Westminster Abbey Monastery (Cambridge,
1898); BASS-MULLINGER in The Cambridge Hist. of English Literature, IV
(Cambridge, 1909), 415-34; DELISLE, in Bib. de l'Ecole des Chartes (1849),
216-31; ID., Cabinet des MSS. de la Bib. Nationale (3 vols., Paris, 1874-76);
THOMAS, The Philobiblon of Richard of Bury (London, 1888).
HERBERT THURSTON
Transcrito por Anna M. Donnelly
Traducido por Sara Ward S.