Fue fraile Menor,
misionero y reformador; frecuentemente se le llama el Apóstol
de Italia. Nació el 8 de septiembre de 1380 en el seno de la
noble familia de Albizzeschi, en Massa, un poblado sienés del que
su padre era gobernador. Murió el 20 de mayo de 1444, en Aquila, en
los Abruzos. A los seis años Bernardino quedó huérfano y fue educado
cuidadosamente por sus piadosos tías. Su juventud transcurrió limpia
y activamente. En 1397, luego de tomar un curso de derecho civil y
canónico, ingresó a la Confraternidad de Nuestra Señora, adyacente
al gran hospital de Santa Maria della Scala. Tres años después, la
peste invadió Siena de nuevo y él abandonó la vida de reclusión y
oración que había abrazado para atender a las víctimas de la plaga.
Apoyado por diez compañeros se echó a cuestas la dirección del hospital.
A pesar de su juventud, Bernardino hizo frente exitosamente a la tarea,
pero su dedicación incansable y heroica a ella quebrantó su salud
de tal manera que jamás la recuperó por completo. Habiendo repartido
su patrimonio entre los pobres, Bernardino tomó el hábito de los Frailes
Menores en San Francisco, en Siena, el 8 de septiembre de 1402. Pronto,
sin embargo, se retiró al convento de los Observantes, en Columbaio,
en las afueras de la ciudad. Profesó el 8 de septiembre de 1403, y
fue ordenado sacerdote el 8 de septiembre de 1404. Alrededor de 1406,
mientras predicaba en Alejandría, en el Piemonte, predijo que su manto
descendería sobre un hombre que le escuchaba en ese momento y que
esa persona volvería a Francia y España dejando a Bernardino la tarea
de evangelizar el resto de los pueblos italianos.
Pasaron casi doce años antes de que se cumpliera
la predicción. En ese período, del que no tenemos detalles, parece
que Bernardino vivió en retiro en Capriola. Fue en 1417 que su don
de elocuencia se hizo evidente, y al fin de ese año fue que verdaderamente
comenzó su vida misionera. A partir de entonces varias ciudades se
disputaban el honor de escucharlo, viéndose él obligado a predicar
en los mercados, ante auditorios de más de 30,000 personas. Paulatinamente
Bernardino fue ejerciendo cada vez mayor influencia en las turbulentas
y lujosas ciudades italianas. Pio II, que en su juventud quedó más
de una vez fascinado por la elocuencia de Bernardino, describe cómo
el santo era escuchado como si se tratara de otro San Pablo, y Vespasiano
de Bisticci, un biógrafo renombrado de Florencia, comenta que a través
de sus sermones Bernardino limpió a toda Italia de la gran cantidad
de pecados de que adolecía. Se cuenta que los penitentes acudían
a la confesión como hormigas, y que en varias ciudades
las reformas sugeridas por el santo quedaron incorporadas en leyes
que se conocen como Riformazioni di frate Bernardino (Reformas
de Fray Bernardino, N.T.). No se puede exagerar el éxito que coronó
los trabajos de Bernardino para promover la moralidad y regenerar
la sociedad. Predicaba con libertad apostólica, criticando abiertamente
a Visconti, duque de Milán, y reprendiendo sin temor la maldad que
existía en los puestos del gobierno debilitados por el Quattrocento.
A dondequiera que iba denunciaba los vicios imperantes tan efectivamente
que se prendían hogueras a las que se arrojaba carreta tras carreta
de vanidades. Uno de los principales objetos del ataque del
santo era la usura, y con ello contribuyó a que se establecieran sociedades
benéficas de préstamo, conocidas como Monti di Pietá (Monte
de Piedad o Montepio, N.T.). Pero el tema central de Bernardino
era la paz. Recorrió a pie lo largo y ancho de Italia actuando como
pacificador, y su gran elocuencia fue efectivamente utilizada para
apaciguar el odio de los Güelfos y Gibelinos. En Cremona, y como resultado
de su predicación, los exilados políticos no sólo fueron repatriados,
sino que se les reintegraron las posesiones que se les habían confiscado.
En todas partes Bernardino convencía a las partes en conflicto de
retirar sus armas de los muros de palacios y templos y de escribir
en ellos las iniciales I. H. S.. De esa manera despertó
en forma sensible una gran devoción por el Santo Nombre de Jesús que
siempre constituyó uno de sus temas favoritos por considerarlo un
medio poderoso de suscitar el fervor popular. Acostumbraba tener frente
a si, mientras predicaba, un estandarte en el que estaba grabado el
sagrado monograma, en medio de rayos, para después ponerlo a la veneración
de los fieles. Parece ser que inició tal costumbre en Volterra, en
1424. En Bolonia, Bernardino logró que un impresor de barajas, que
había sido arruinado por sus sermones en contra del juego, pudiese
ganar su vida imprimiendo y vendiendo esos estandartes. El deseo de
tenerlos era tan grande entre la población, que el impresor pronto
se hizo de una pequeña fortuna.
A pesar de
su popularidad- o quizás a causa de ella- Bernardino hubo de sufrir
persecución y oposición. Utilizando como base de un sagaz ataque los
carteles usados para promover la devoción al Santo Nombre, los seguidores
del dominico Manfredo de Vercelli, cuya falsa predicación acerca del
Anticristo había sido denunciada por Bernardino, acusaron a éste de
herejía. Se acusó al santo de haber inventado una devoción nueva y
profana que exponía a la gente al riesgo de idolatría. Se le llamó
a comparecer ante el Papa. Esto sucedió en 1427. Martín V recibió
fríamente a Bernardino y le prohibió utilizar los carteles hasta que
su comportamiento hubiese sido examinado. Humildemente, el santo obedeció
y sus escritos y sermones fueron entregados a una comisión. Se fijó
fecha para su juicio. Este tuvo lugar frente al Papa, en San Pedro,
el 8 de junio, siendo su abogado San Juan Capistrano. La malicia y
la fatuidad de los cargos contra Bernardino quedaron tan claramente
demostrados que el Papa no solamente hubo de justificar y recomendar
la enseñanza del santo, sino que lo invitó a predicar en Roma. Posteriormente
Martín V aprobó la elección de Bernardino como obispo de Siena. Empero,
el santo declinó ese honor, así como también lo hizo de las sedes
de Ferrara y Urbino, que le fueron ofrecidas en 1431 y 1435, respectivamente,
diciendo en tono de broma que su diócesis era toda Italia. Luego de
la subida al papado de Eugenio IV, los enemigos de Bernardino volvieron
a acusarlo, a lo que el Papa respondió con una bula, del 7 de enero
de 1432, en la que declaraba nulas las acusaciones y sus torpes argucias,
reduciendo con ello al silencio a los calumniadores. A lo que parece,
el caso tampoco se reabrió durante el Concilio de Basilea, contrario
a lo que algunos han afirmado. La reivindicación de la doctrina de
Bernardino fue perpetuada a través de la celebración del Triunfo del
Santo Nombre, autorizada primero a los Frailes Menores y luego extendida
a la Iglesia Universal en 1722.
Bernardino
acompañó al emperador Segismundo a Roma, en 1433, para su coronación
y poco después se retiró a la soledad para redactar una serie de sermones.
Reanudó sus tareas misioneras en 1436, pero hubo de abandonarlas en
1438, al ser elegido vicario general de los Observantes en Italia.
Bernardino había trabajado intensamente para extender esta rama de
los Frailes Menores desde el comienzo de su vida religiosa, pero ello
no quiere decir que él haya sido su fundador. El origen de los Observantes
se ubica a mediados del siglo XIV. Si bien no es el fundador, Bernardino
se convirtió para los Observantes lo que San Bernardo para los Cistercienses:
su principal apoyo e infatigable propagador. Para tener idea del celo
que ponía en ello, basta saber que mientras que la orden contaba con
130 frailes al ingresar en ella Bernardino, a la muerte de éste sumaban
ya más de 4,000. Y a más del número de frailes que él recibió en la
orden, Bernardino personalmente fundó o reformó, al menos 300 conventos
de frailes. No contento con extender su familia religiosa en casa,
Bernardino envió misioneros a diferentes partes del Oriente y fue
gracias a sus esfuerzos que tantos embajadores de naciones cismáticas
asistieron al Concilio de Florencia, en el que encontramos al santo
dirigiéndose a los Padres en griego. Habiendo persuadido en 1442 al
Papa de aceptar su renuncia como vicario general para poder dedicarse
únicamente a la predicación, Bernardino retomó sus labores misioneras.
Aunque Eugenio IV publicó una bula el 26 de mayo de 1443, en la que
encargaba a Bernardino predicar la indulgencia por la cruzada contra
los turcos, no hay datos que sustenten ninguna acción de Bernardino
en ese sentido. No hay tampoco razón alguna para creer que el santo
haya predicado siquiera alguna vez fuera de Italia y el viaje misionero
a Palestina, mencionado por alguno de sus primeros biógrafos, parece
ser fruto solamente de una confusión de nombres.
En 1444,
Bernardino, deseoso que no quedase región en Italia sin escuchar su
voz, a pesar de sus enfermedades se lanzó a evangelizar el reino de
Nápoles. Demasiado enfermo para caminar, hubo de viajar a lomo de
asno. Pero desgastado por cuarenta años de laborioso apostolado, e
invadido por la fiebre, el santo debió ser trasladado a Aquila casi
en agonía. Allí, acostado en el suelo, pasó al Señor en la vigilia
de la Ascensión, el 20 de mayo, justo cuando los frailes cantaban
en el coro la antífona: Pater manifestavi nomen Tuum hominibus
. . . ad Te venio (Padre, he manifestado tu nombre... vengo a Ti).
Los magistrados se rehusaron a permitir que el cuerpo del santo fuera
llevado a Siena. En vez de eso fue sepultado en el convento de los
Observantes luego de un funeral de singular esplendor. A su muerte
se sucedieron muchos milagros y fue canonizado por Nicolás V el 25
de mayo de 1450. El 17 de mayo de 1472 su cuerpo fue trasladado solemnemente
a la nueva iglesia de los Observantes de Aquila, que había sido construida
para ese propósito, y depositado en una capilla regalada por Luis
XI de Francia. Un terremoto destruyó totalmente esa capilla en 1703,
pero fue substituida por otra, en donde son venerados los restos de
San Bernardino hasta el día de hoy. Su fiesta se celebra el 20 de
mayo.
San Bernardino
es reconocido como el mayor misionero de Italia del siglo XV; el más
grande predicador de su tiempo; el apóstol del Santo Nombre; el restaurador
de la orden de los Frailes Menores. Sigue siendo el más popular de
los santos italianos, especialmente en su nativa Siena. Pintores y
escultores lo han tomado como objeto frecuente de sus obras. Los grupos
de Della Robbia generalmente lo incluyen. Aunque quizás la mejor serie
de pinturas acerca de la vida de Bernardino es la de Pinturicchio
en el Ara Coeli, en Roma, los altorrelieves
de la fachada del Oratorio en Perugia, construido por los magistrados
locales en agradecimiento por los esfuerzos del santo para llevar
la paz a esa ciudad, constituyen indudablemente una de las más admirables
producciones del Renacimiento. El retrato más excelente de San Bernardino,
sin embargo, se encuentra en sus propios sermones, sobre todo en los
que pronunció en su lengua vernácula. Es gracias al piadoso esfuerzo
de un tal Benedetto, un talabartero sienés que copió, palabra por
palabra, grabándolos en tablillas de cera, la totalidad de los discursos
de Bernardino durante la cuaresma de 1427, y luego los transcribió
sobre piel, que podemos entrar a fondo en el espíritu de Le Prediche
Volgari. El manuscrito original de Benedetto se ha extraviado, pero
existen varias copias muy antiguas del mismo. Los 45 sermones que
ahí se comprenden han sido todos publicados (Le Prediche Volgari Di
Siena, 1880-88, 3 volúmenes). Dichos sermones, que en ocasiones se
prolongaban hasta tres o cuatro horas, arrojan luz sobre el estilo
de predicar del siglo XV y sobre las costumbres de esa época. Inscritos
en el lenguaje más simple y popular- Bernardino se adaptaba siempre
al dialecto y vocabulario local- abundan en ilustraciones, anécdotas,
digresiones y comentarios marginales. Frecuentemente el santo recurría
a la mímica y le encantaba hacer bromas. Pero su alegría nativa sienesa
y la jocosidad típica de los franciscanos no restaban nada al efecto
de sus sermones, y sus exhortos para que el pueblo evitara la ira
de Dios a través de la penitencia, son tan poderosos como son patéticos
sus llamados a la paz y la caridad. Muy diferentes de esos populares
sermones italianos tomados della viva voce son los sermones latinos
de Bernardino, pues éstos constituyen verdaderas disertaciones, con
precisas divisiones y subdivisiones, y que tienen como objetivo aclarar
su enseñanza y servir más de guía para él mismo y para otros que para
su declamación formal. Aparte de esos sermones latinos, que revelan
un profundo conocimiento teológico, Bernardino dejó otros escritos
de gran reputación: disertaciones, ensayos, cartas acerca de teología
práctica, ascética y mística, disciplina religiosa, tratados sobre
la Bienaventurada Virgen María y San José, que luego han sido utilizados
como lecturas en el breviario, y un comentario sobre el Apocalipsis.
Sus escritos fueron recopilados y publicados por primera vez en Lyon
en 1501. La edición de De la Haye, Sti. Bernardini Senensis
Ordinis Seraphici Minorum Opera Omnia, publicada en Paris y
Lyon en 1536, fue reeditada ahí mismo en 1650, y en Venecia en 1745.
A consecuencia de la petición hecha a la Santa Sede por el Capítulo
General de los Frailes Menores, en 1882, para que san Bernardino fuera
declarado doctor de la Iglesia, se realizó un acucioso estudio en
torno a la autenticidad de las obras atribuidas al santo. Algunas
son indudablemente espurias; otras, o son dudosas o han sido interpoladas.
Y no toda la obra del santo está a nuestro alcance en las ediciones
que poseemos. Hace falta una edición completa y crítica de los escritos
de San Bernardino. El Cardenal Vives hizo una excelente antología
de sus escritos ascéticos (Sti. Bernardini Senensis de Dominicâ Passione,
Resurrectione et SS. Nomine Jesu Contemplationes, Roma, 1903).
Tenemos la
suerte de poseer varias biografías muy detalladas de San Bernardino,
escritas por contemporáneos suyos. Tres de ellas son incluidas totalmente
en las Acta Sanctorum Maji, V, con Comm. Preav. de Henschen. La más antigua es la de Bernabaeus Senensis,
un testigo ocular de mucho de lo que él escribe. Esta obra fue compilada
poco después de la muerte del santo. La segunda es obra del célebre
humanista Maphaeus Vegius, quien trató personalmente a Bernardino,
y que fue publicada en 1453. La tercera, por Fray Ludovicus Vincentinus
de Aquila, fue editada luego de la traslación del cuerpo del santo
en 1472. Una cuarta biografía contemporánea es la de un fraile Menor,
desconocida hasta 1906, fue publicada a la vez por el Padre Van Ortroy,
S.J. en los Anales Bolland. (XXV, 1906, pp.304-389) y por el Padre
Ferdinand M. DArdules, O.F.M, (Roma, 1906). La vida de San Bernardino
escrita en italiano bajo el nombre del Bienaventurado Bernardino de
Fossa (muerto en 1503), y mencionada por Sbaralea y otros, no parece
haber llegado a nosotros. Pero la obra de este último Chronica
Fratrum Minorum Observantiae, editada por Lemmens (Roma, 1902),
contiene varias referencias importantes. Una valiosa descripción de
la juventud de Bernardino la hace Leonardus (Benvoglienti) Senensis,
embajador de Siena ante el Papa. Dicha obra, editada por el Padre
Van Ortroy en la Anales Bolland., XXI (1902), 53-80, fue compilada
en 1446 a petición de San Juan Capistrano. La Vida de
San Bernardino que se atribuye al mismo San Juan, y la que fue transcrita
por Surius en su Vita SS. (1618), V, 267-281, al igual
que los panegíricos de Pio II a Bernardino y San Antonio, así como
las actas de canonización, se encuentran en el volumen I de la edición
de De la Haye de la obra de San Bernardino.
Wadding, Annales,
XII, ad ann. 1450, n. I y Scriptores (1650), 57-58; Sbaralea,
Supplementum (1806), 131-134, 725; Amadio Luzzo, Vita di
S. Bernardino (Venecia, 1744; Roma, 1826; Siena, 1854; Monza,
1873); Berthaumier, Hist. De S. Bernardin (Paris, 1862); Toussaint,
Das Leben des H. Bernardin von Siena (Ratisbona, 1873); Life
of St. Bernardine of Siena (Londres, 1873); Leo de Clary, Lives
of the Saints of the Three Orders of St. Francis (Taunton, 1886),
II, 220-275; Leon, Vie de St. Bernardin (Vanves, 1893); Alessio,
Storia di S. Bernardino e del suo tempo (Mondovi, 1899); Ronzoni,
L'Eloquenza di S. Bernardino (Siena, 1899). Indudablemente
la mejor biografía moderna de San Bernardino es la de Paul Thureau-Dangin
de la Academia Francesa: Un predicateur populaire dans l'Italie
de la Renaissance: S. Bernardin de Siene (Paris, 1896). Esta brillante
monografía ha sido traducida a varios idiomas: italiano (1897), alemán
(1904), e inglés (1906).
PASCHAL
ROBINSON
Transcrito
por Olivia Olivares
Dedicado
a la memoria del Cardenal Joseph Bernardin (1928-1996)
Traducción de Javier Algara Cossío.