(PROSPERO LORENZO LAMBERTINI)
Hijo de Marcello Lambertini y Lucrecia Bulgarini,
nació en Bolonia el 31 de Marzo de 1675; murió el 3 de Mayo de 1758.
Recibió su educación primaria de tutores. A la edad de trece años
fue al Collegium Clementinum de Roma donde estudió retórica, filosofía,
y teología. Santo Tomás de Aquino
fue su autor favorito, pero la inclinación de su espíritu iba hacia
los estudios históricos y legales, destacando en estos últimos, tanto
en derecho civil como eclesiástico. En 1694, aunque de sólo diecinueve
años, recibió el grado de Doctor en Teología y Doctor
Utriusque Juris (derecho
civil y canónico). A la muerte de Inocencio XII fue nombrado abogado
consistorial por Clemente XI, y poco después consultor del Santo Oficio.
En 1708 fue nombrado Promotor de la Fe; en 1712 canónigo teólogo en
el Vaticano y asesor de la Congregación de Ritos; en 1713 fue nombrado
prelado doméstico; en 1718 secretario de la Congregación del Concilio,
y en 1725 obispo titular de Theodosia. Fue nombrado obispo de Ancona
en 1727 y cardenal el 30 de Abril de 1728. Fue trasladado al arzobispado
de Bolonia en Abril de 1731. Aunque de ningún modo un genio, su enorme
aplicación asociada a una agudeza de mente mayor de la ordinaria,
le hizo uno de los hombres más eruditos de su tiempo y le dio la distinción
de ser quizá el más sabio de los papas. Su personalidad fue múltiple,
y la gama de sus intereses amplia. Su dedicación a la ciencia y la
investigación seria de problemas históricos no interfirió con sus
estudios puramente literarios. Se me ha reprochado, dijo
una vez, por mi familiaridad con Tasso Dante y Ariosto, pero
son una necesidad para mí para dar energía a mi pensamiento y vida
a mi estilo. Esta dedicación a las artes y ciencias llevó a
Lambertini a lo largo de toda su vida a mantener un estrecho y amistoso
contacto con los autores y sabios más famosos de su tiempo. Montfaucon,
a quien él conoció en Roma, dijo de él, Joven como es, tiene
dos almas, una para la ciencia, otra para la sociedad. Esta
última caracterización no obstaculizaba su incansable actividad en
una de las muchas posiciones importantes que fue llamado a ocupar,
ni disminuía su asombrosa capacidad para el trabajo más arduo.
El celo y energía que Lambertini aportó a este
cargo infundió nueva vida a todos sus asuntos. Él mismo explicaba
su asiduidad diciendo que consideraba el episcopado no como un honor
sino como una oportunidad de hacer el bien. Su administración fue
ejemplar: visitó todos los lugares de su diócesis, celebró sínodos,
incitó al pueblo a la piedad mediante la palabra y el ejemplo, y
supervisó los asuntos de su diócesis tan completamente que nada
que necesitara cambio o corrección se le escapó. Su humildad y vasto
saber fueron una fuente de inspiración y fortaleza para su clero,
y su comprensión amplia y firme de los asuntos y problemas públicos
le dio una posición de influencia única entre los gobernantes y
el pueblo. En su opinión el fundamento del éxito en la administración
episcopal era la completa armonía entre el obispo y el clero, y
él logró conseguir esto. A causa de sus maravillosas dotes y su
extraordinario éxito como obispo de Ancona, el Papa Benedicto XIII
deseaba trasladarlo a un cargo de mayor responsabilidad que le permitiera
desarrollar en un campo más amplio sus facultades y actividad, pero
el replicó en su habitual vena jocosa que ningún cambio de puesto
le podía hacer de otra forma que como era, alegre, humorístico,
y amigo del Papa. Cuando fue trasladado a Bolonia en 1731 sus energías
y actividades parecieron redoblarse. Se hizo todo para todos y se
dice que no permitió a nadie dejar su presencia insatisfecho o airado,
y sin ser confortado y estimulado por su sabiduría, su consejo,
o sus advertencias. Sus esfuerzos se dirigieron mayoritariamente
a la mejora de la educación del clero en su diócesis. Reformó los
programas de estudios en su seminario y preparó un nuevo plan de
estudios en el que se ponía énfasis en el estudio de la Sagrada
Escritura y la patrología.
Cuando murió Clemente XII (el 6 de Febrero de 1740)
la fama de Lambertini estaba en su cúspide. Por intrigas de diversas
clases el cónclave que empezó el 17 de Febrero duró seis meses.
Estaba compuesto por cincuenta y cuatro cardenales de los que cuarenta
y seis eran italianos, tres franceses, cuatro españoles y un alemán.
Estaban divididos en varios partidos. Uno estaba compuesto de los
que habían sido nombrados por Clemente XI, Inocencio XIII, y Benedicto
XIII; otro por los nombrados por Clemente XII que eran conocidos
como el nuevo colegio. La larga, tediosa sesión, y el intenso calor
no mejoró el humor de los cardenales; después de seis meses de infructuosos
esfuerzos e intriga constante, la elección no parecía más próxima
que al comienzo. Se sugirieron diversos expedientes, tales como
la retirada de los nombres de los principales candidatos y la sustitución
de otros, pero fue inútil. Después de probar varios planes que terminaron
en un punto muerto, Lambertini, cuyo nombre había sido propuesto
como compromiso, se dirigió al cónclave, diciendo: Si deseáis
elegir a un santo, escoged a Gotti; si a un estadista, a Aldobrandini;
si a un hombre honrado, elegidme a mí. Estas palabras dichas
quizá tanto en broma como en serio ayudaron a terminar con la dificultad.
Lambertini fue elegido y tomó el nombre de Benedicto XIV en honor
de su amigo y protector Benedicto XIII. Como Papa, Lambertini no
fue menos enérgico, esforzado, y modesto que antes de su elección.
Su gran saber le colocó en posición de tratar con éxito las situaciones
eclesiásticas que necesitaban reforma, y el amplio espíritu cristiano
que animaba sus relaciones con las potencias extranjeras eliminó
la presión y hostilidad de incluso las cortes y gobernantes protestantes.
Fue indudablemente liberal en sus relaciones políticas, aunque nunca
perdió de vista los intereses esenciales de la Iglesia y la religión.
Política pública
Ir hasta el límite extremo de la concesión y la
conciliación parece haber sido el principio que dominó todas las
acciones de Benedicto XIV en sus negociaciones con gobiernos y gobernantes,
tanto, en realidad, que no ha escapado a la crítica incluso desde
dentro de la Iglesia de ser demasiado propenso a solucionar las
dificultades haciendo concesiones o compromisos. Pese a como se
puedan juzgar sus acciones, se piense lo que se quiera de sus motivos,
no puede negarse que buscó constantemente la paz y que pocas causas
de fricción permanecieron tras el final de su administración. Además,
al estimar el valor y efecto de sus concesiones, se ve que en casi
todos los casos reforzó la influencia moral del Papado incluso aunque
se abandonaran algunos derechos de patronato u otros intereses materiales.
Ni fue su influencia menos poderosa entre los gobernantes protestantes
que entre los católicos; la estima universal en que era tenido por
todo el mundo significaba mucho en una época, cuyo final iba a ser
testigo de la destrucción de muchas instituciones centenarias, tanto
políticas como religiosas. Una enumeración de sus principales negociaciones
con los jefes de estado mostrará que Benedicto sabiamente abandonó,
en muchos casos, la sombra de la autoridad temporal para mantener
la sustancia de la supremacía espiritual.
El rey de Portugal recibió el derecho de patronato
sobre todas las sedes y abadías de su reino (1740) y fue además
favorecido con el título de Rex
Fidelissimus (1748).En la cuestión de las rentas de iglesia
y la asignación de beneficios eclesiásticos España fue también tratada
muy generosamente. En 1741 se dio permiso para gravar con impuestos
la renta del clero, y en 1753 el gobierno recibió el derecho de
designación de casi todos los beneficios españoles; en 1754 se ratificó
un acuerdo por el que las rentas de todos los beneficios de España
y de las colonias americanas se pagarían al tesoro público para
llevar a cabo la guerra contra los piratas africanos. El rey de
Cerdeña recibió el título de Vicario de la Santa Sede que llevaba
consigo el derecho de designación de todos los beneficios eclesiásticos
en sus dominios y la renta de los feudos pontificios a cambio de
los cuales se tenía que pagar una indemnización
anual de mil ducados. Por mediación del Papa se estableció
en Nápoles un tribunal formado por igual número de clérigos y laicos
presidido por un eclesiástico, que constituía el tribunal último
para el juicio de casos eclesiásticos. Como mediador entre los Caballeros
de Malta y el rey de Nápoles el Papa llevó a feliz término una controversia
de larga duración. Mediante la Encíclica Ex omnibus christiani
orbis (16 de Octubre de 1756) la amarga controversia relativa
a la cuestión de la admisión a los sacramentos de personas que no
aceptaban la Bula Unigenitus fue concluida. Aunque insistiendo
en la autoridad de la Unigenitus y señalando que era
obligación de todos los fieles aceptarla con veneración, el Papa
decretaba que sólo debía excluirse de los sacramentos a aquellas
personas cuya oposición a la constitución pontificia fuera pública
y notoria, y que por tanto debieran ser considerados como enemigos
públicos. El título de Rey de Prusia adoptado en 1701 por el Elector
de Brandenburgo fue reconocido por Benedicto contra la vigorosa
oposición de muchos miembros de la Curia. María Teresa se refería
a él como el sage par excellence,
y recibió muchos elogios del sultán a quien él se refería amistosamente
en sus escritos como el Buen Turco. Al final de su pontificado
la única cuestión de importancia en las relaciones exteriores de
la Santa Sede que no había sido solucionada con éxito era la referente
al Patriarcado de Aquileya sobre el que la República de Venecia
y el emperador reclamaban el control. Benedicto decidió que los
derechos del patriarcado debían dividirse entre el Arzobispado de
Görz, en Austria, y el de Udine, en los estados de Venecia. Esta
decisión fue considerada injusta por Venecia, que en represalia
decretó que ninguna Bula, Breve, o comunicación de la Santa Sede
sería promulgada dentro de la jurisdicción de la República sin la
supervisión y aprobación del gobierno.
Gobernante Temporal
y Espiritual
Como soberano temporal Benedicto gobernó los Estados
de la Iglesia con sabiduría y moderación e introdujo muchas reformas
con la finalidad de disminuir los abusos y promover la felicidad
y prosperidad del pueblo. Con vistas a reponer el tesoro que había
sido agotado por la extravagancia de algunos de sus predecesores,
especialmente de Benedicto XIII bajo la influencia del cardenal
Coscia, y por las enormes inversiones para edificios públicos bajo
Clemente XII, no hizo promociones al Sacro Colegio durante cuatro
años. Se promovieron medidas para reformar la nobleza, se introdujo
una nueva división comarcal de la ciudad con la finalidad de una
mayor eficiencia administrativa, la agricultura fue favorecida y
animada mediante la introducción de nuevos y mejores métodos, se
promovió el comercio, y el lujo se restringió, mientras que la práctica
de la usura, contra la que publicó la Encíclica Vix Pervenit (1745), fue casi enteramente
suprimida. Benedicto no abandonó ninguna de las pretensiones de
sus antecesores, pero el uso liberal de sus poderes no tenía otro
objetivo que la promoción de las artes, de la paz y de la industria.
Cuán serio era el problema se ve mejor por sus propias palabras:
El Papa ordena, los cardenales no obedecen, y el pueblo hace
lo que le apetece.
En los asuntos puramente espirituales y religiosos
la influencia de Benedicto dejó una huella duradera en toda la Iglesia
y su administración. Sus Bulas y Encíclicas, que han jugado un papel
tan importante en definir y clarificar puntos oscuros y difíciles
del derecho eclesiástico, fueron tratados ilustrados llenos de sabiduría
y erudición. La enconada cuestión de los matrimonios mixtos, uniones
entre católicos y protestantes, pedía solución como consecuencia
de la creciente frecuencia con la que se producían. Mucha de la
amargura del tiempo de la Reforma había pasado y los protestantes
querían celebrar sus matrimonios con católicos solemnizados con
las mismas ceremonias que cuando ambas partes eran católicas. Aunque
en Roma predominaba la teoría de que las partes contrayentes eran
los verdaderos ministros del Sacramento del Matrimonio, no había
unanimidad entre los teólogos sobre este punto. Sin derogar lo más
mínimo esta teoría, Benedicto en respuesta a las preguntas de los
obispos de muchos lugares, especialmente de Holanda y Polonia, decretó
en la Bula Magnae nobis admirationis (29 de Junio de
1748) que los matrimonios mixtos serían permitidos sólo bajo ciertas
condiciones bien definidas, la principal de las cuales era que los
hijos nacidos de esos matrimonios debían ser educados en la Fe Católica,
pero que tales matrimonios, aunque tolerados, nunca se celebrarían
con las ceremonias que implican la aprobación eclesiástica formal.
Relaciones con las Iglesias Orientales
Bajo la hábil mano de Benedicto se consumó una unión formal con
algunas de las Iglesias Orientales. Los frecuentes intentos de los
Patriarcas Melquitas Griegos de Alejandría, Antioquía, y Jerusalén
de lograr un reconocimiento de la Santa Sede no dio como resultado
durante mucho tiempo algún tipo de unión definida, por la insatisfacción
por parte de los papas con la formulación de los credos orientales.
En 1744, Benedicto XIV envió el palio a Serafín Tanas a quien reconoció
como Patriarca de los Melquitas Griegos de Antioquía. Los conflictos
en la Iglesia Maronita, tras la deposición de Jacob II, que amenazaron
seriamente su unidad fueron solucionados en un concilio nacional
(1736) cuyos decretos fueron aprobados por Benedicto. El 18 de Marzo
de 1751 renovó las prohibiciones de Clemente XII contra los masones,
y aunque muy pocos gobiernos consideraban que la supresión de esta
sociedad demandara una acción decisiva por su parte, se aprobaron
enseguida leyes por España y Nápoles, y en 1757 por Milán. La controversia
con respecto a las costumbres chinas y de Malabar, o el sistema
de acomodación al paganismo que algunos misioneros habían permitido
a sus conversos practicar, y por el cual se decía que ideas y prácticas
paganas se habían injertado en el Cristianismo, fue terminado por
Benedicto XIV que publicó dos Bulas sobre esta cuestión, y requirió
a los misioneros que juraran que tales abusos no se tolerarían en
el futuro. La Bula Ex quo singulari, respecto de los
abusos en China, fue publicada el 11 de Julio de 1742; la relativa
a Malabar, Omnium sollicitudinem, el 12 de Septiembre
de 1744. (Ver CHINA, INDIA.) A causa de la manera
en que las festividades de la iglesia se habían multiplicado, Benedicto
se esforzó en disminuirlas. Esto hizo en España en 1742, en Sicilia
y Toscana en 1748, y más tarde en Cerdeña, Austria, y los Estados
Pontificios. Tal acción se enfrentó con fuerte oposición de muchos
cardenales. Benedicto acalló sus reproches diciendo que menos fiestas
observadas de manera más cristiana contribuirían más a la gloria
de la religión.
Reformas Litúrgicas
En asuntos litúrgicos Benedicto XIV fue extremadamente
conservador. Veía con pesar los profundos cambios que habían sido
introducidos en el Calendario Romano desde la época de Paulo V.
El incremento en el número de fiestas de santos y la multiplicación
de oficios con rango de Duplex había reemplazado a los antiguos
oficios dominicales y de feria, y a lo largo de todo su pontificado
se opuso determinadamente a la introducción de cualquier nuevo oficio
en el Breviario, una política a la que se adhirió tan estrictamente
que el único cambio que sobrevino durante su administración fue
que San León Magno recibió el título de Doctor. Tan profundamente
convencido estaba de la necesidad de una completa revisión del Breviario
que eliminara aquellas partes en las que el sentido crítico del
Siglo XVIII encontraba defectos que encargó al jesuita Fabio Danzetto
que preparara un informe sobre la cuestión. Este informe en cuatro
volúmenes de notas fue de carácter tan radical que se dice que provocó
que Benedicto desistiera de su proyecto. El plan de reformar el
Martirologio Romano fue, sin embargo llevado a cabo con éxito, y
bajo su autoridad se publicó una nueva edición en Roma en 1748.
Lo mismo se puede decir del Cermoniale Episcoporum,
cuya reforma emprendió Benedicto XIII y que Benedicto XIV publicó
(1752) en su forma ahora habitual. La obra clásica de Benedicto
sobre asuntos litúrgicos es su De Servorum Dei Beatificatione
et de Beatorum Canonizatione que aún regula el proceso de
beatificación y canonización. Otros escritos litúrgicos importantes
de Benedicto trataban del sacrificio de la Misa y las fiestas de
Nuestro Señor, de la Santísima Virgen, y de algunos santos. Aparte
de estas publicó numerosas obras sobre los ritos de los griegos
y orientales; Bulas y Breves sobre la celebración de la octava delos
Santos Apóstoles, contra el uso de imágenes supersticiosas, sobre
la bendición del palio, contra la música profana en las iglesias,
sobre la rosa dorada, etc.
Con vistas a que el clero no estuviera carente
de ciencia eclesiástica e histórica, y que no perdiera la oportunidad
de aprovechar el progreso intelectual de la época, fundó en Roma
cuatro academias para el estudio de las antigüedades romanas, las
antigüedades cristianas, la historia de la Iglesia y los concilios,
y la historia del derecho canónico y la liturgia. También estableció
un museo cristiano, y encargó a Joseph Assemani que preparara un
catálogo de los manuscritos de la Biblioteca Vaticana, que enriqueció
con la compra de la Biblioteca Ottoboniana que contenía 3.300 manuscritos
de valor e importancia únicos. Fundó cátedras de química y matemáticas
en la Universidad romana conocida como la Sapienza, y muchas otras
de pintura, escultura, etc., en otras escuelas. Sobre todas esas
fundaciones ejerció la más estrecha supervisión; también encontró
tiempo para llevar a cabo muchos planes de construcción y embellecimiento
de iglesias en Roma. El hecho de que Benedicto nunca elevara a un
jesuita al cardenalato se atribuye a su hostilidad a la Compañía;
por otra parte, debe señalarse que fue a un jesuita, Emmanuel Azevedo,
al que encargó la edición íntegra de sus obras (1747-51). Había
sido urgido durante mucho tiempo por sus amigos los cardenales Passionei
y Archinto para que ordenara
una completa reforma de esa orden, pero no fue hasta el último año
de su vida cuando se emprendió una acción decisiva. El 1 de Abril
de 1758 publicó un Breve por el que el cardenal Saldanha era encargado
de inspeccionar todos los colegios y casas de la Compañía en Portugal,
y emprender una reforma de la misma, pero esta autoridad fue retirada
por su sucesor, Clemente XIII.
Benedicto XIV buscó solaz en la compañía de hombres
ilustrados y artistas, entre los que brilló por su talento y erudición.
Alegre, amable, y comunicativo, su conversación a veces asombraba,
si no chocaba, a las formales sensibilidades de los dignos cortesanos
que se ponían en contacto con él. Blando y afable en su conducta
con todos los que se le acercaban, al Papa no le faltaba a veces
ni energía ni ingenio. En una ocasión tuvo lugar una violenta escena
en la que el Papa expresó de la manera más decidida su desaprobación
por las tácticas de la corte francesa. Choiseul, el embajador francés,
visitó el Vaticano para pedir que el nombramiento del cardenal Archinto
para suceder al cardenal Valenti como secretario de Estado fuera
aplazada hasta después de que algunos asuntos en los que el rey
de Francia estaba interesado fueran decididos. El propio Choiseul
da un relato de esta escena (Cartas, p.169), sin contar, sin embargo,
todos los detalles. La conversación fue más amable de lo que Choiseul
informó, y por las Mémoires del Barón de Bersonval (p.106)
sabemos que cuando el Papa se hubo cansado de las importunidades
de Choiseul le cogió del brazo y empujándole a su propio asiento
dijo:Haga usted de Papa (Fa el Papa). Choiseul replicó:
No, Santo Padre, que cada uno haga su papel. Vos continuad
siendo Papa y yo seré embajador. Esta brusquedad, sin embargo,
no era habitual en Benedicto. Podía ser alegre tanto como serio.
El abbate Galiani le presentó una vez una colección de minerales
diciendo: Dic ut lapides isti panes fiant (Manda que
estas piedras se conviertan en pan), y la insinuación no cayó en
saco roto. El milagro requerido fue realizado y el abbé recibió
una pensión.
Para sus súbditos Benedicto fue un ídolo. Si se
quejaban a veces de que escribía demasiado y gobernaba demasiado
poco, estaban de acuerdo en que hablaba bien y con talento, y sus
bromas y bon mots eran el deleite de Roma. Las preocupaciones
de estado, tras su elevación al pontificado le impidieron dedicarse
tanto como habría deseado a sus estudios de épocas anteriores; pero
nunca le faltó estímulo intelectual. Se rodeó de hombres tales como
Quirini, Garampi, Borgia, Muratori, y mantuvo una activa correspondencia
con sabios de distintas opiniones. Su preeminencia intelectual era
no sólo un motivo de orgullo para los católicos, sino que creó un
fuerte vínculo con muchos no creyentes. Voltaire
le dedicó su Mahomet con las palabras: Au chef
de la véritable religion un écrit contre le fondateur dune
religion fausse et barbare. En otra ocasión compuso
para un retrato del Papa el siguiente dístico:
Lambertinus hic est, Romae decus, et pater
orbis
Qui mundum scriptis
docuit, virtutibus ornat.
(Este es Lambertini, el orgullo de Roma, y padre del mundo,
que enseña al mundo con sus escritos y lo honra con sus virtudes.)
El dístico causó discusión respecto a la duración
de hic, pero el Papa defendió la prosodia de Voltaire
quien confirmó su opinión con una cita de Virgilio que dijo debía
ser el epitafio de Benedicto.
Grande como hombre, como sabio, como administrador,
y como sacerdote, la pretensión de Benedicto a la inmortalidad se
funda principalmente en sus admirables escritos eclesiásticos. Los
más importantes de entre ellos, aparte de los ya mencionados, son:
Institutiones Ecclesiasticae, escritas en italiano,
pero traducidas al latín por el P. Ildephonsus a S. Carolo; es una
colección de 107 documentos, principalmente cartas pastorales, cartas
a obispos y otros, tratados independientes, instrucciones, etc.,
todos los cuales son realmente disertaciones científicas sobre asuntos
relacionados con el derecho eclesiástico o el cuidado de las almas;
la obra clásica De Synodo Dioecesana, publicada tras
su elevación al Papado, una adaptación del derecho eclesiástico
general a la administración diocesana; este libro es llamado por
Schulte, a causa de su influencia, una de las más importantes, si
no la más importante, obra moderna de derecho canónico;
Casus Conscientiae de mandato Prosp. Lambertini
Archiep.Bono propositi et resoluti, valioso tanto para el
abogado como para el confesor; Bullarum Benedicti XIV,
que contiene la legislación de su pontificado, siendo muchos de
sus documentos tratados científicos. También recopiló un Thesaurus
Resolutionum Sacrae Congregationis Concilii, el primer intento
de presentación científica de la Praxis de las Congregaciones
Roamnas. Una edición completa de sus obras apareció en Roma (1747-51)
en doce volúmenes in folio, por Emmanuel Azevedo S.J., quien también
tradujo al latín los documentos italianos. Una edición mejor y más
completa es la de Venecia, 1788. La más reciente y más útil (Prato,
1844) es en diecisiete volúmenes. Algunas cartas de Benedicto fueron
publicadas por Kraus: Briefe Benedicts XIV an den Canonicus
Pier Francesco Peggi in Bologna (1729-1758) nebst Benedicts Diarium
des Conclaves von 1740 (2ª ed., Friburgo, 1888). Cf. Batiffol, "Inventaire des lettres inédites
du Pape Bénoit XIV" (Paris, 1894); R. De Martinis, "Acta
Benedicti XIV"; (Naples, 1884, passim).
En 1904 Heiner editó tres tratados hasta entonces inéditos
de Benedicto XIV sobre ritos, las fiestas de los
Apóstoles, y los Sacramentos.
La
mejor relación de los escritos de Benedicto y las fuentes para su
vida se contienen en la obra arriba mencionada de KRAUS. Ver también GUARNACCHI, Vitæ et res
gestæ Romanor. Pontif. et Card. a Clem. X usque ad Clem XI (Roma, 1857); NOVAES, Storia de' Sommi Pontefici (Roma, 1822); RANKE, Die röm. Päpste in den letzten vier Jahrh. (Leipzig,
ed. 1900); Vie du Pape Bened.
XIV (París, 1783); GRÖNE, PapstGeschichte (Ratisbona,
1875), II. Para un largo relato sobre la Curia y el carácter de
los cardenales en la época de Benedicto XIV, ver
CHOISEUL, Lettres et Mémoires inédites, publiées par Maurice Boutry (París,
1895). Sobre
Benedicto como canonista ver SCHULTE, Gesch. der Quellen und Litt. des can. Rechts (Stuttgart, 1880),
III, 503 ss.
PATRICK
J. HEALY
Transcrito por WGKofron
Con agradecimiento a la St.
Mary's Church, Akron, Ohio
Traducido por Francisco Vázquez