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Es la rama de la ciencia arqueológica cuyo objeto es el estudio de
los antiguos monumentos cristianos. La historia moderna, que se empeña
en la reconstrucción de la vida primitiva de los cristianos, tiene
dos fuentes de información de donde echar mano, denominadas: fuentes
literarias y monumentales. Por fuentes literarias comúnmente se entiende
los restos aún existentes de la literatura cristiana primitiva. Las
fuentes monumentales están conformadas por los objetos de diversas
clases que sobreviven de la antigüedad, que fueron producidos por los
cristianos o bajo la influencia de los mismos: inscripciones sepulcrales,
pinturas, esculturas, iglesias, además de los objetos de las artes
menores. El objetivo de la arqueología cristiana, tal como se dijo,
es investigar todo lo que sea posible, relativo a las maneras y costumbres
de los primitivos cristianos, a partir de los monumentos de dicha antigüedad.
Cualquier intento de determinar las fechas que abarca el período
denominado en forma libre “Antigüedad Cristiana”, que luego
dio lugar al período medieval, es por necesidad más o menos
arbitrario. Como una consecuencia de esta dificultad, existen diferencias
de opiniones entre los arqueólogos, acerca de la forma como deben
asignarse los límites de ella. Sin embargo, autoridades como De Rossi
y Le Blant, miran el principio del siglo séptimo (600 D.C.), o la
muerte de Gregorio el Grande (604), como una fecha que marca suficientemente
bien el final de la antigüedad, y el principio del período medieval.
En la Galia y en Alemania, los monumentos retuvieron mucho de su carácter
antiguo hasta un siglo después.
Sumario Histórico
El honor de inaugurar el estudio científico de la antigüedad
cristiana pertenece al monje agustiniano Onofrio Panvinio, quien en 1554
y 1568, publicó dos importantes trabajos sobre las basílicas
de Roma (DE PRÆCIPUIS URBIS ROMÆ SANCTIORIBUS BASILICIS),
y uno sobre los cementerios y ritos fúnebres de los primeros cristianos
(DE RITU SEPELIENDI MORTUOS APUD VETERES CHRISTIANOS ET DE EORUM CŒMETERIIS).
Diez años después de la publicación del último
trabajo, algunos trabajadores descubrieron (31 de Mayo de 1578), un antiguo
cementerio subterráneo en la Vía Salaria, que contenía
inscripciones y frescos de carácter cristiano indiscutiblemente.
Entre los primeros en visitar el cementerio recientemente descubierto, fue
el historiador eclesiástico Baronius, quien, aunque reconoció
la importancia de lo encontrado, no tomó parte en las exploraciones
de sus contemporáneos; había éste iniciado su gran
trabajo histórico, “ANNALES ECCLESIASTICI”,
cuya composición copó toda su atención. En los quince
años siguientes, las únicas personas que intentaron algunas
exploraciones en las catacumbas fueron, un dominico español, Alfonso
Ciacconio y dos laicos flamencos, Felipe de Winghe y Juan l’Heureux.
Ciacconio no terminó nada de importancia. Las investigaciones de
los dos exploradores flamencos prometían mejores resultados, pero
sus escritos permanecieron sin publicar, y como consecuencia, no influenciaron
a sus contemporáneos.
El primero en iniciar la exploración sistemática de los
antiguos cementerios romanos o catacumbas, fue el “Padre de la Arqueología
Cristiana” Antonio Bosio, nacido en Malta en 1575; fue colocado
a temprana edad al cuidado de un tío que habitaba en Roma como
procurador de los Caballeros de Malta; a los dieciocho años su
interés fue atraído por los estudios de los primitivos monumentos
sepulcrales romanos, y desde esa fecha hasta su muerte en 1629, un período
de 36 años, dedicó su vida a la exploración de las
catacumbas. Tres años después de su muerte, 1632, los resultados
de sus exploraciones y estudios se hicieron conocer a todo el mundo mediante
una publicación italiana, “TOMA SOTTERRANEA”
, editada por el Oratoriano Severano, y publicada bajo el patrocinio de
la Orden de Malta. El gran mérito de este trabajo fue reconocido
de inmediato, y llevó a su publicación en latín,
por Aringhi en 1651, para beneficio de todos los sabios de Europa. El
carácter científico de las exploraciones de Bosio ha sido
recientemente confirmado por un descubrimiento interesante: De Rossi afirmaba,
a pesar de su admiración por Bosio, que los cementerios de San
Marcos y Marcelino, en el que el Papa Dámaso estaba enterrado,
quedaba a la derecha de la Vía Ardeatina y no a la izquierda como
Bosio decía; en 1902 se descubrieron por Wilpert las criptas del
Papa Dámaso y la de Marcos y Marcelino en el lugar indicado por
Bosio. A pesar de la importancia del trabajo de Bosio, éste es
defectuoso al menos en un aspecto; las copias de las pinturas de las catacumbas
hechas para el trabajo “ROMA SOTTERRANEA” son muy
imprecisas, de acuerdo a Wilpert; este fallo debe adjudicarse a los copistas
de Bosio. Por más de doscientos años luego de la muerte
de este último, se hizo muy pocos avances en las exploraciones
de dichas catacumbas, el mayor tesoro de monumentos de la primitiva cristiandad.
Los escritores protestantes en su conjunto, ignoraron los descubrimientos
de Bosio o los refutaron, para su satisfacción, sin siquiera haber
visto los monumentos; aún Bingham, cuyo trabajo sobre las antigüedades
cristianas fue publicado cerca de un siglo después de la primera
edición del de Bosio, no hizo uso de los resultados de este último;
tampoco los autores católicos mostraron aprecio por los monumentos,
en forma similar a sus coetáneos protestantes. A diferencia de
Rossi, Bosio no fundó una escuela de arqueólogos entrenados
para continuar los trabajos felizmente inaugurados; como consecuencia
cesaron todas las investigaciones a su muerte. Fabretti dedicó
sólo un capítulo (VIII) a las inscripciones de los cristianos
en su colección publicada en 1699; veintiún años
después, Boldetti, que cuidaba de las catacumbas, publicó
un trabajo apologético de poco valor, “Cementerios de los
Santos Mártires y Antiguos Cristianos de Roma”. De gran mérito
es un trabajo de Buonarotti acerca de los vidrios fúnebres (Florencia,
1716); pero este siglo dieciocho será más recordado por
la destrucción de los cementerios que por el trabajo de los arqueólogos.
Bajo la dirección de Boldetti, numerosas inscripciones se movieron
de los lugares donde originalmente estaban colocadas, y se dispersaron
en las diversas iglesias de Roma, sin indicaciones claras de los lugares
donde se tomaron. Estas inscripciones fueron posteriormente recogidas
por Benedicto XIV (1740-1758) en el Museo de los Cristianos del Vaticano,
del cual fue su fundador. Muchos invaluables frescos fueron destruidos
o dañados durante el siglo dieciocho. Debería haber sido
natural esperar que el establecimiento de un departamento, en conexión
con la Biblioteca del Vaticano, destinado a la reunión de las inscripciones
cristianas y otras reliquias de la primitiva Iglesia, elevase la curiosidad
de los anticuarios romanos; pero este no fue el hecho. Por varios años
luego de la muerte de Benedicto XIV nadie tuvo interés por las
catacumbas; cerca de 1780, Seroux d’Agincourt visitó varios
de los cementerios antiguos y copió varios frescos para su publicación
en “HISTOIRE DE PART PAR LES MONUMENTS” (París
1823); pero no se satisfizo únicamente con las copias; siguiendo
el ejemplo de otros exploradores en el mismo campo, a menudo estaba deseoso
de tener las pinturas originales, originando una destrucción mucho
más sistemática que sus predecesores.
Con el advenimiento de la primera mitad del siglo diecinueve empezó
una nueva era en los estudios arqueológicos; el trabajo de M. Raoul
Rochete “DISCOURS SUR L’ORIGINE ETC. DES TYPES QUI CONSTITUENT
L’ART DU CHRISTIANISME” (París, 1834), y su “TABLEAU
DES CATACOMBES DE ROME” (París, 1837), tuvo el mérito
de elevar el interés sobre los monumentos cristianos en Roma, aunque
sus conclusiones no fueron del todo convincentes. En Italia, Sarti, Settele,
Pasquini, De Minicis, Valentín, Manara, Cordero y otros, produjeron
trabajos de menor importancia sobre los cementerios subterráneos,
los sarcófagos cristianos, y las primitivas basílicas de
su país. El honor de inaugurar trabajos realmente importantes pertenece
al Padre Jesuita Marchi, quien fue el primero en demostrar la diferencia
esencial entre las areneras, o fosos de arena de los alrededores de Roma
y las galerías de las catacumbas; en 1841 publicó el primer
volumen de lo que pretendió ser un trabajo exhaustivo sobre el
arte de los primitivos cristianos, pero por varias razones fue incapaz
de completar lo iniciado. Pero Marchi había tomado con él,
en el momento de empezar a consagrar una atención especial a los
monumentos cristianos en Roma (1841), a un hombre joven de menos de 20
años, que estaba destinado a tomar el trabajo de Bosio y elevar
la arqueología cristiana a la dignidad de una ciencia; este fue
Giovanni Battista de Rossi (1822-1894); este importante trabajo iniciado
por él, junto con sus resultados, fueron de gran importancia para
la historia de la Iglesia primitiva, que pudieron obtenerse por investigaciones
sistemáticas, efectuadas con principios científicos; ninguno
más calificado que él mismo para ejecutar sus planes; hecho
reconocido por el Papa Pío IX, quien le comisionó para iniciar
el trabajo destinado a ser muy fructífero.
El trabajo de De Rossi que mejor revela su inmenso aprendizaje y el método
científico con que llevó a cabo sus investigaciones se muestra
en su “ROMA SOTTERANEA” (Roma, 1864-77, en 3 volúmenes)
El tiempo transcurrido entre la publicación de su último
volumen de su obra, verdaderamente magna, ha confirmado esencialmente
las teorías de su autor sobre las condiciones civiles y religiosas
de los primeros cristianos, lo mismo que el carácter simbólico
de su arte. En 1863 empezó la publicación de su “BULLETINO
D’ARCHEOLOGIA CRISTIANA”, una revista casi tan indispensable
para el estudioso de la arqueología cristiana como la “ROMA
SOTTERANEA”; De Rossi dejó a su muerte una escuela de
arqueólogos, entrenados en sus métodos científicos,
capaces de continuar con su labor. Los tres primeros discípulos,
Armellini, Stevenson y Marucchi, han publicado numerosos trabajos con
los resultados de sus propias investigaciones, o popularizando los resultados
generales de los descubrimientos arqueológicos cristianos, además
de continuar la publicación de la revista bajo el título
“NUOVO BULLETTINO D’ARCHEOLOGIA CRISTIANA”.
Un publicista que ha cumplido un trabajo considerable, de valor permanente,
dentro del dominio de la arqueología cristiana, es el jesuita Garrucci;
su publicación más importante fue la “Historia del
Arte Cristiano” en 6 volúmenes, que contiene 500 ilustraciones;
muchas de ellas se han encontrado imprecisas y deben usarse con cuidado;
su texto también ha sido superado, en gran medida, por el de los
escritores más recientes. Los mejores resultados, desde la muerte
de De Rossi, son atribuibles a un sacerdote alemán, cuyo amor por
los estudios arqueológicos lo llevó a Roma hace dos décadas:
Monseñor Joseph Wilpert. Él mismo se dedicó, de manera
especial, al estudio de la pintura primitiva cristiana, un departamento
de la arqueología, al cual, De Rossi fue incapaz de darle la atención
requerida para esta materia; en 1889, Wilpert publicó su “PRINCIPIENFRAGEN
DER CHRISTLICHEN ARCHAOLOGIE”, un folleto defendiendo los principios
de interpretación de la escuela de arqueología romana, en
contra de los ataques de autores alemanes no católicos; en 1892
apareció su estudio sobre “DIE GOTTGEWEIHTEN JUNGFRAUEN”,
una valiosa contribución sobre los orígenes de la vida religiosa;
en 1895 publicó su “FRACTIO PANIS”, donde
describe el ciclo de las representaciones sagradas en la cripta de Santa
Priscila, conocida como la Capilla Griega, y muestra su relación
con la escena principal pintada en esa capilla, la Eucaristía,
o banquete sagrado, escena del ábside, que apropiadamente llama
la fracción del pan. El significado de las figuras orantes, que
tan frecuentemente se bosquejan en las primitivas tumbas, fue el primero
en explicarlo satisfactoriamente en su “CYCLUS CHRISTOLOGISCHER
GEMALDE” (1891). Su trabajo mayor es “MALEREIGN DER
KATAKOMBEN ROMS” (Friburgo, 1903), que consiste en dos volúmenes
de tamaño folio, uno de fotografías que reproducen más
de 600 frescos de las catacumbas la mitad de ellas en colores; el otro
contiene el texto, en donde el autor, después de explicar sus principios
de interpretación, clasifica y describe los diversos ciclos de
pintura fúnebre, e interpreta su significado simbólico.
Otro sacerdote alemán residente en Roma, Monseñor de Waal,
fundador y editor de “ROMISCHE QUARTALSCHRIFT”, ha
escrito extensamente sobre materias arqueológicas; uno de los artículos
más conocidos es una inscripción, con ilustraciones, del
sarcófago de Junios Bassus (Rodney, 1900)
El ímpetu dado al estudio de los monumentos de los primitivos
cristianos, por los descubrimientos de De Rossi, se sintió, inmediatamente,
en cada país europeo. Dos sacerdotes ingleses, Northcote y Brownlow,
estuvieron entre los primeros que apreciaron la importancia de su trabajo,
que popularizaron en su excelente “ROMA SOTTERRANEA” (Londres,
1869). Northcote publicó también un útil trabajo
sobre las inscripciones de los primeros cristianos bajo el título
“EPITAPHS OF THE CATACOMBS” (Londres, 1878). El primero
de estos trabajos fue traducido al francés por Allard; el libro
de Kraus “ROMA SOTTERRANEA” fue parcialmente una
traducción por Northcote y Brownlow, y parcialmente un trabajo
original. El diccionario de Smith y Cheetham “DICTIONARY OF
CHRISTIAN ANTIQUITIES” (Londres, 1875*1881), es una evidencia
del influjo de las exploraciones romanas sobre los protestantes ingleses;
el manual de Lowrie “MONUMENTS OF THE EARLY CHURCH”
(Nueva York, 1901), da testimonio del interés de los protestantes
norteamericanos sobre los resultados de los estudios arqueológicos.
En Francia, entre los primeros en ser influenciados por el reavivamiento
de De Rossi, fueron el Abate Martigny, quien en 1865 publicó su
“DICTIONAIRE DES ANTIQUITÉS CHRÉTIENNES”,
Perret con “CATACOMBES DE ROME”, trabajo pretencioso
y de poco valor, con ilustraciones imprecisas y un texto poco confiable,
Deshassayn de Richemont con “CATACOMBES DE ROME” aparecido
en 1870, y al año siguiente la traducción mencionada con
anterioridad. Estos trabajos prestaron un buen servicio como manuales
populares; empero otras investigaciones de gran importancia fueron desarrolladas
por otro arqueólogo francés, Edmont Le Blant; su primer
volumen, “INSCRIPTIONS CHRÉTIENNES DE LA GAULE”
apareció en 1856, el segundo en 1865 y el tercero en 1892; posteriormente
llegaron dos volúmenes sobre los sarcófagos cristianos de
Arles y de Francia (París,1878-86), y varios estudios sobre epigrafía
cristiana. En 1906 inició su aparición un trabajo excelente
y muy útil, “DICTIONNAIRE D’ARCHÉOLOGIE
ET DE LITURGIE” de Cabrol y Leclercq; los descubrimientos del
Conde Vogüé en la parte central de Siria y en Tierra Santa
fueron de gran importancia para la historia de la arquitectura del cristianismo
primitivo. Los escritos del Padre Delattre y de Stephen Gsell son indispensables
para el estudio de los monumentos cristianos del norte de África.
En Alemania, el profesor Franz Xaver Kraus hizo más, probablemente,
que cualquier otro escritos para popularizar los resultados de los estudios
arqueológicos cristianos. Además de su “ROMA SOTTERRANEA”,
Kraus editó su excelente “REAL ENCYKLOPADIE DER CHRISTLICHEN
ALTERHUMER”, y publicó en tres volúmenes una
historia del arte cristiano, del cual sólo el primero trata de
la arqueología cristiana; siendo la obra más completa que
haya aparecido sobre esas materias; también este autor publicó
en dos volúmenes una colección de inscripciones cristianas
de las tierras del Rin, además de un gran número de monografías
de carácter arqueológico. Entre los arqueólogos protestantes
puede mencionarse a Víctor Schultze, cuyos estudios sobre las catacumbas
de Nápoles y Siracusa y su “ARCHAOLOGIE DER ALTCHRISTLICHEN
KUNST” son de importancia. Sólo pueden darse algunos
nombres de alemanes que han contribuido dentro del último siglo
con estos estudios: Muller, Ficker, Krumbacher, Strzygowski, Kirsch, Kaufmann,
y Baumstark.
Fuentes literarias
El conocimiento de la primitiva sociedad cristiana, derivado de los estudios
sobre los monumentos cristianos más antiguos, ha arrojado luz sobre
muchos aspectos obscuros de la historia de la Iglesia primitiva, que eran
conocidos a través de la literatura que ha llegado hasta nosotros
desde los primeros tiempos del cristianismo. Es igualmente cierto que
el estudio de los monumentos cristianos es imposible hacerlo sin el estudio
de las diversas fuentes literarias de la antigüedad cristiana. La
literatura y los monumentos se suplementan los unos a los otros. Entre
las primeras fuentes iniciales, indispensables para el estudio de los
monumentos, es el arte cristiano del primer siglo, inspirado por las Sagradas
Escrituras; después de éste siguen, el Martirologio, las
liturgias cristianas, ciertas oraciones litúrgicas, en particular
aquellas relacionadas con la muerte, los calendarios de la Iglesia, los
llamados Libros Pontificales, especialmente el “LIBER PONTIFICALIS”,
los antiguos misales y ritos sacramentales, en general toda la literatura
cristiana hasta bien entrados los tiempos medievales; especialmente útiles
fueron los itinerarios de los peregrinos a causa de las indicaciones que
contenían referentes a la topografía de los antiguos cementerios
subterráneos de la Roma cristiana.
Carácter de los monumentos primitivos y resultados principales
de las investigaciones arqueológicas cristianas
Los principales monumentos de los primitivos cristianos se han encontrado
en las catacumbas de Roma; las partes más antiguas datan del primer
siglo de la era cristiana, así que, cualquier información
que proporcionen nos dan una estampa del período apostólico;
debe tenerse presente que todos esos monumentos son de carácter
fúnebre; nadie puede esperar encontrar en las inscripciones de
los modernos cementerios católicos una exposición completa
de teología católica, ni tampoco pueden verse exposiciones
de dogmas en los frescos e inscripciones de las catacumbas. Cualquier
información que razonablemente pueda esperarse de dichos monumentos,
debe tener relación con las ideas sobre la muerte que estaban en
las mentes de quienes los erigían; dentro de ese alcance y un poco
mas allá, los monumentos son perfectamente claros. Las inscripciones
y pinturas de las catacumbas, lo mismo que los sarcófagos tallados
del siglo cuarto y posteriores, exhiben, de manera inequívoca,
las creencias de sus autores acerca de la existencia más allá
de la tumba.
Inscripciones
Las inscripciones cristianas son en extremo simples, apenas si mencionan
el nombre del difunto, acompañado de una breve oración por
su alma: “Reina, puedes vivir en el Señor Jesús”,
“La paz esté contigo”, “En paz”, “En
Dios”; hacia el siglo tercero, estas fórmulas se habían
ampliado hasta incluir la Trinidad y la Comunión de los Santos;
el sacramento del Bautismo es aludido implícitamente en la mención
de los neófitos, con inscripciones como: “FIDEM ACCEPIT
- Recibió la fe”, “POST SUSCEPTIONEM SUAM
– Después su bienvenida”, o la Eucaristía como
en los dos famosos epitafios de Abercius de Hierópolis y Pectorius
de Autun. También se mencionan los tres grados más elevados
de la jerarquía y algunas de las órdenes menores, lo mismo
que las viudas y vírgenes consagradas; frecuentemente se hace referencia
a miembros de la comunidad. Aún más interesante, tal vez,
son las deducciones que legítimamente se pueden extraer de ciertas
peculiaridades de estos primitivos monumentos cristianos; la igualdad
de todos ante Dios, por ejemplo, es enseñada a través del
silencio elocuente de los epitafios, sobre los rangos o títulos
mundanos de los difuntos; las alusiones a esclavos y hombres libres, tan
comunes en las inscripciones contemporáneas paganas, se encuentran
en unos pocos epitafios cristianos, y eso, de manera muy bondadosa. Aún
más notable, es el silencio de las inscripciones cristianas sobre
las persecuciones, en un momento donde eran inminentes; ningún
pensamiento sobre sus perseguidores fue dado, ya que el pensamiento de
los seguidores de Cristo estaba absorbido por el mundo más allá
de la tumba; y con referencia a este mundo mejor, habían recreado
una confianza perfecta; el nombre dado a su último lugar de descanso,
“cementerio” (KOIMETERIUM, DORMITORIUM, lugar de
descanso), revela su confianza en las promesas del Salvador. Las inscripciones
métricas, erigidas en la cuarta centuria por el Papa Dámaso
(366-384), manifiestan la gran veneración en que se tenían
los mártires, y al mismo tiempo, proporcionan datos invaluables
su historia.
Pintura
Siguiendo la costumbre de decorar las tumbas de los amigos muertos, los
cristianos de Roma, desde el primer siglo, empezaron a adornar con frescos
las cámaras sepulcrales de las catacumbas; de esta forma ellas
fueron la “cuna del arte cristiano”; aunque algunos de los
escritores cristianos de los primeros siglos miraron esta producción
artística con sospecha, la Iglesia de Roma nunca pareció
tener dudas sobre esta materia: el arte es sí mismo es indiferente,
¿por qué no adoptarlo y purificarlo? Esto fue precisamente
lo que se hizo; de esta forma el proceso de purificación se inició,
aún en las pinturas más antiguas de las catacumbas, con
fechas de finales del primer siglo. La ornamentación pictórica
de las tumbas de las familias Afiliana y Flaviana, que pertenecen a este
período, aunque principalmente decorativas con caracteres como
las de las tumbas paganas, están libres de motivos indelicados
o idolátricos. Los cimientos del arte específicamente cristiano
yacen en el primer siglo, tal como se puede ver en unos pocos frescos
que representan a Daniel en el foso de los leones, Noé en el arca,
y el Buen Pastor; todos ellos fueron símbolos, y el simbolismo
fue la característica especial del arte cristiano a lo largo del
siglo cuarto; la fuente de inspiración para este simbolismo fue
la Biblia; no se procedió al azar en la selección de las
materias de las Sagradas Escrituras, o los temas que los motivaron, sino
que se siguieron ciertas regulaciones definidas, que fueron sugeridas
por el hecho que los frescos iban a ser parte de la ornamentación
fúnebre; la idea dominante al hacer la selección de los
temas fue que debían ser adaptables, como símbolos, a las
condiciones después de la muerte de quienes yacían en las
tumbas que erigían, de acuerdo a la visión que prevalecía
entre los cristianos. Las liturgias fúnebres, consecuentemente,
las oraciones por los muertos y las invocaciones de igual tenor, servían
para la escogencia de los símbolos. Así por ejemplo, en
las Letanías para la Partida del Alma, aún en uso, tenemos
la invocación: “Salva, ¡Oh Señor!, el alma de
tu siervo, como Tú salvaste a Daniel del foso de los leones”;
la figura de Daniel, de pie entre los dos leones, tan frecuentemente representada
en las catacumbas, fue, de esa manera seleccionada, por su idoneidad para
representar las condiciones del alma del cristiano después de la
muerte. Desde el punto de vista de la doctrina y la disciplina, muchas
de ellas son de gran importancia; por ejemplo, respecto a los sacramentos,
el ciclo de frescos relativos al bautismo, algunos de ellos de la segunda
centuria, muestran claramente que el bautismo era administrado por inmersión,
mientras que varios de los ciclos de la Eucaristía muestran la
creencia del carácter de sacrificio de la misa. En numerosos frescos
se manifiesta la creencia en la divinidad de Cristo, y la virgen María
ocupa un lugar prominente en el pensamiento de los cristianos de los primeros
tres siglos; lo que es aparente por las diversas representaciones de María
(la más antigua de la primera mitad del siglo segundo), con el
Niño Salvador en sus brazos. El desarrollo gradual de la idea de
la importancia del lugar de María en el esquema de la redención,
es deducido por comparación de los frescos más tempranos
con los últimos de la Madre y el Niño; una pintura de la
última mitad del siglo tercero, en la catacumba de Santa Priscila,
la representa como modelo para una virgen que toma el velo; mientras que
un fresco, hacia la mitad de la cuarta centuria, en el Cementerio Mayor,
María es vista en actitud de oración, intercediendo, de
acuerdo a la interpretación de Wilpert, con su Hijo Divino, por
los amigos sobrevivientes de la persona difunta, en donde esta representación
aparece. El dogma de la comunión de los santos se expresa claramente
en estas pinturas, como en las inscripciones de las catacumbas. Las figuras
de personas que oran, son símbolos de los difuntos en el cielo
que interceden ante Dios por los amigos, aún miembros de la Iglesia
Militante. Otros frescos representan el juicio particular, con los santos
en actitud de abogados, suplicando al Juez su admisión a los Cielos.
San Pedro y San Pablo también fueron temas favoritos de los artistas
cristianos en Roma, especialmente durante el siglo cuarto; el fresco más
antiguo de San Pedro, en el cementerio de Las Dos Puertas, representa
al Príncipe de los Apóstoles leyendo de un rollo, en el
carácter de “Legislador del Nuevo Pacto”. El lugar
destacado en que se tenían a las autoridades eclesiásticas,
está representado por el atuendo especial con el que eran representadas;
los sacerdotes que administraban el Bautismo están ataviados con
su túnica y palio, dos artículos de su atavío, que
junto a las sandalias, constituían el vestido reservado a los personajes
de carácter sagrado.
Escultura
Durante los primeros tiempos de la Iglesia la escultura cristiana fue
casi desconocida; muchas razones se han dado para esta circunstancia,
la principal de ellas, además de su costo, estriba en la dificultad
práctica de producir trabajos, indistintamente cristianos, sin
conocimiento de los gobernantes y de un público hostil. Sólo
sobreviven algunas estatuas y sarcófagos con representaciones de
las Sagradas Escrituras, pertenecientes a los tres primeros siglos; la
escultura cristiana empezó su verdadero desarrollo en el siglo
cuarto, durante el tiempo de paz decretado por Constantino. Las principales
esculturas de este período se encuentran en los numerosos sarcófagos
que se encuentran principalmente en Roma, Ravena y en varios lugares de
Francia, donde fueron enterrados los cristianos de la época de
Constantino y posteriormente. Siendo monumentos fúnebres, los temas
simbólicos de los frescos fueron también apropiados para
los sarcófagos. Pero los escultores cristianos rápidamente
cayeron bajo la influencia del nuevo desarrollo del arte cristiano, visto
por primera vez en las basílicas erigidas por Constantino; sus
símbolos de triunfo, junto con las escenas históricas delineadas
en sus paredes, también se encuentran en los sarcófagos
cristianos, al lado de algunos de los símbolos más primitivos
y sagrados de las catacumbas. La transición del arte simbólico
al histórico es, consecuentemente, mejor representado en los sarcófagos
tallados del siglo cuarto y posteriores.
Basílicas
De acuerdo a los Hechos de los Apóstoles, los primeros cristianos
acostumbraban a reunirse en casas privadas para la celebración
de la liturgia: “fraccionando el pan de casa en casa” (Hch
2.46). Los primeros locales independientes para el culto cristiano, fueron
las casas de aquellos de entre ellos, que poseían edificios lo
suficientemente grandes para acomodar un gran número de personas.
Bajo el reinado de Constantino, la costumbre establecida en la Iglesia
de Jerusalén de reunirse en residencias privadas para la celebración
de la liturgia, parece que se siguió en forma general; parece muy
probable, que fuesen iglesias del tipo basílica que se encuentra
en Asia Menor antes de Constantino. La iglesia de Nicomedia, destruida
en la persecución de Dioclesiano, se construyó en el siglo
tercero; de acuerdo a una antigua tradición, la casa del Senador
Pudens en Roma, también como la de Santa Cecilia, fueron usadas
para tal propósito. El romance conocido como “El Reconocimiento
de Clementina” tiene dos referencias interesantes sobre esta materia:
el autor habla de un cierto Maro quien invitó a San Pedro a predicar
en un salón de su mansión, capaz de albergar a quinientas
personas; y en otra lugar, habla de un nombre llamado Teófilo,
quién tenía un salón en su casa consagrado como iglesia.
Las iglesias cristianas del siglo cuarto, conocidas como basílicas,
derivan su nombre y algunas de sus principales características,
ya de las basílicas públicas, como las del foro romano,
o de las basílicas privadas de las grandes mansiones, tales como
los salones de Maro y Teófilo. Estaban conformadas por un gran
salón de forma oval, divididas por columnas entre una nave central
y dos o cuatro pasillos; el ábside, en el extremo opuesto a la
entrada al salón, hereda, de acuerdo con Kraus y otros, de las
iglesias primitivas en los cementerios, estructuras con tres ábsides,
dos de ellas pueden aún verse en el cementerio de San Calixto;
el ábside, sin embargo, es una característica que se encuentra
en las dos basílicas de Trajano y Majencio. El atrio en frente
de la entrada, es una característica de la basílica cristiana,
no vista en las basílicas civiles, y evidentemente es una reminiscencia
de la iglesia doméstica de los primeros tres siglos
El baptisterio erigido en forma adyacente a las basílicas, fue,
como regla general, de forma circular o poligonal. Los edificios circulares
también se erigieron como mausoleos; dos de los mejores ejemplos
son la iglesia de Santa Constanza en Roma y el mausoleo del Rey Teodorico
en Ravena. Siguiendo los precedentes de la iglesia del Santa Sepulcro
en Jerusalén, en algunas ocasiones se erigían iglesias circulares
u octagonales; la iglesia de San Vital en Ravena es la estructura occidental
de este tipo mejor conocida. La decoración inferior de las basílicas
cristianas exhibió el nuevo desarrollo del arte cristiano; los
símbolos bosquejados en las catacumbas eran perfectamente apropiados
para el propósito para el cual se hicieron, pero un diferente estilo
de adorno fue exigido en los edificios cuyo objeto no estaba asociado
inmediatamente con la muerte. Sin embargo, la iglesia de Cristo había
tenido un gran triunfo sobre el paganismo, lo que sugirió a los
artistas cristianos del tiempo de Constantino la idea de conmemorar la
victoria en las basílicas; de esta forma vino en existencia un
nuevo simbolismo representando a Cristo triunfante en su trono; en los
frescos y mosaicos de las basílicas fueron representadas frecuentemente
escenas de la vida de Cristo o del Antiguo Testamento, que sirvieron no
sólo como adornos, sino como excelentes ilustraciones de las Sagradas
Escrituras
Las artes menores
Bajo este encabezado usualmente se clasifican lo que tiene que ver como
telas, vestidos litúrgicos y otros elementos, objetos de devoción,
artículos domésticos, monedas y medallas, e ilustraciones
en miniatura. Los últimos objetos son especialmente importantes
para la historia del arte en la Edad Media
MAURICE M. HASSET
Traducido por Hugo Barona Becerra
The
Catholic Encyclopedia, Volume I
Copyright © 1907 by Robert Appleton Company
Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight
Enciclopedia Católica Copyright © ACI-PRENSA
Nihil Obstat, March 1, 1907. Remy Lafort, S.T.D., Censor Imprimatur
+John Cardinal Farley, Archbishop of New York
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