El Apocalipsis, del verbo "apokalypto", revelar,
es el nombre dado al último libro de la Biblia. También
se le llama libro de la Revelación. Aunque es una obra cristiana,
el Apocalipsis pertenece a una clase de literatura que tiene que ver
con temas escatológicos, muy en boga entre los judíos
del siglo I a. C. y del I después de Cristo.
AUTENTICIDAD
El autor del Apocalipsis se llama a sí
mismo Juan. "Juan a las siete iglesias que están en Asia" (Ap.
1, 4). Y de nuevo, "yo, Juan, vuestro hermano y compañero de
la tribulación. . . me encontraba en la isla llamada Patmos,
por causa de la Palabra de Dios" (1, 9). El Vidente no da más
detalles sobre su personalidad. Pero por la tradición sabemos
que el Vidente del Apocalipsis era San Juan, apóstol, hijo
de Zebedeo, el Discípulo amado de Jesús. Al final del
siglo segundo el Apocalipsis fue reconocido por los representantes
históricos de las iglesias principales como una obra genuina
del apóstol Juan. En Asia, Melitón, Obispo de Sardes,
una de las Siete Iglesias del Apocalipsis, reconoció el Apocalipsis
de Juan y escribió un comentario sobre él (Eusebio de
Cesarea, Historia Eclesiástica, IV, 26). En la Galia, Ireneo
cree firmemente en su autoridad Divina y Apostólica (Adversus
Haer., V, 30). En África, Tertuliano cita frecuentemente el
Apocalipsis sin dudas aparentes sobre su autenticidad (C. Marcion,
III, 14, 25).
En Italia, el Obispo Hipólito asigna
su autoría al apóstol Juan, y el Fragmento Muratoriano
(un documento del principio del siglo tercero) lo enumera junto con
las otras escrituras canónicas, añadiendo, ciertamente,
el Apocalipsis apócrifo de San Pedro, pero con la cláusula,
quam quidam ex nostris in ecclesia legi nolunt. El Vetus Itala, la
versión latina común en Italia y Africa durante el siglo
tercero, contenía el Apocalipsis. En Egipto, Clemente y Orígenes
creían sin vacilación en su autoría joánica.
Ellos eran estudiosos y hombres de juicio crítico. Su opinión
es aún más valiosa por cuanto ellos no simpatizaban
con la enseñanza milenaria del libro. Ellos se contentaron
con una interpretación alegórica de ciertos pasajes
pero nunca se aventuraron a impugnar su autoridad. Acercándonos
más estrechamente a la era apostólica tenemos el testimonio
del mártir de san Justino, a mediados del siglo segundo. De
Eusebio, (Hist. Eccl., IV, xviii, 8), así como de su diálogo
con el judío Trifón (c. 81), realizado en Éfeso,
la residencia del apóstol, sabemos que él admitió
la autenticidad del Apocalipsis. Otro testigo de alrededor del mismo
tiempo es Papías, Obispo de Hierápolis, un lugar no
lejos de Éfeso. Si no escuchó directamente a San Juan,
al menos conoció personalmente algunos de sus discípulos
(Eusebio, Hist. Eccl., III, 39). Su conocimiento es indirecto. Andreas,
Obispo de Cesarea, en el prólogo a su comentario del Apocalipsis,
nos informa que Papías admitió su carácter inspirado.
Indudablemente Papías sacó del Apocalipsis sus ideas
sobre el milenio, por lo cual Eusebio desacredita su autoridad, declarándolo
haber sido un hombre de comprensión limitada. Los escritos
apostólicos no dan ninguna evidencia de la autenticidad del
libro.
ARGUMENTOS EN CONTRA DE SU AUTENTICIDAD
Los "Alogi", una secta del año 200 D.C.,
llamada así debido a su rechazo de la doctrina del Logos, negó
la autenticidad del Apocalipsis y se lo asigna a Cerinto (Epifanio,
Ll, ff, 33,; cf. Iren., Adv. Haer., III, 11, 9). Cayo, un presbítero
romano, de aproximadamente la misma época, sostiene una opinión
similar. Eusebio cita sus palabras tomadas de su Disputa: "Pero Cerinto
por medio de revelaciones que él afirmó ser escritos
por un gran Apóstol falsamente imaginaba cosas maravillosas,
afirmando que después de la resurrección habría
un reino terreno" (Hist. Eccl., III, 28). El antagonista más
formidable de la autoridad del Apocalipsis es Dionisio, Obispo de
Alejandría, discípulo de Orígenes. Él
no se opone a suponer que Cerinto es el escritor del Apocalipsis.
"Pues", dice, "ésta es la doctrina de Cerinto: que habrá
un reino terreno de Cristo y como él era un amante del cuerpo,
soñaba que se manifestaría en la satisfacción
del apetito de los sentidos". Sin embargo, él mismo no adoptó
la visión de que Cerinto fuera su autor. Él consideraba
el Apocalipsis como la obra de un hombre inspirado pero no de un Apóstol
(Eusebio, Hist. Eccl., VII, 25). Durante los siglos IV y V la tendencia
a excluir el Apocalipsis de la lista de sagrados libros siguió
aumentando en las iglesias Syro-palestinas. Eusebio no expresa ninguna
opinión definida. Él se manifiesta con la afirmación:
"El Apocalipsis es aceptado por algunos entre los libros canónicos,
pero otros lo rechazan" (Hist. Eccl., III, 25). San Cirilo de Jerusalén
no lo nombra entre los libros canónicos (Catech. IV, 33-36);
tampoco aparece en la lista del Sínodo de Laodicea, o en la
de Gregorio de Nacianzo. Quizás el argumento más contundente
contra la paternidad literaria apostólica del libro es su omisión
del "Peshito", la Vulgata siria. Pero aunque el hecho de que estas
autoridades den evidencia contra la autenticidad del Apocalipsis merece
ser considerado, ellos no pueden anular ni afectar el testimonio más
antiguo y unánime de las iglesias. La opinión de sus
oponentes, además, no era libre de prejuicios. De la manera
en la que el Dionisio sostuvo la cuestión, es evidente que
él consideró el libro peligroso al ocasionar nociones
crudas y sensitivas acerca de la resurrección. En el Occidente
la Iglesia perseveró en su tradición de la autoría
apostólica. Solo san Jerónimo parece haber sido influenciado
por las dudas del Oriente.
EL APOCALIPSIS COMPARADO CON EL CUARTO EVANGELIO
La relación entre el Apocalipsis y el
Cuarto Evangelio ha sido discutida por todos los autores, tanto antiguos
y como modernos. Algunos afirman y otros niegan su parecido mutuo.
El sabio obispo alejandrino, Dionisio, hizo en su tiempo una lista
de diferencias a la que los autores modernos han tenido poco para
agregar. Él empieza observando que mientras el Evangelio es
anónimo, el escritor del Apocalipsis da su nombre, Juan. Enseguida
señala cómo la terminología característica
del Cuarto Evangelio, tan esencial a la doctrina joánica, está
ausente en el Apocalipsis. Los términos, "vida", "luz", "gracia",
"verdad", no aparecen en el último. Tampoco la crudeza de dicción
por parte del Apocalipsis se le escapa. El griego del Evangelio es
correcto en su gramática, e incluso le da crédito al
autor por una cierta elegancia de estilo. Pero el lenguaje del Apocalipsis
le parecía bárbaro y desfigurado por incorrecciones.
Él, por consiguiente, se inclina a atribuir las obras a autores
diferentes (Hist. Eccl., VII, 25). Los que sostienen una paternidad
literaria común replican que estas diferencias pueden ser consideradas
teniendo en cuenta la naturaleza peculiar y el objetivo de cada obra.
El Apocalipsis contiene visiones y revelaciones.
En conformidad con otros libros del mismo tipo, por ej., el Libro
de Daniel, el Vidente dio su nombre a su obra. El Evangelio, por otro
lado, está escrito en la forma de un recuento histórico.
En la Biblia, obras de ese tipo no llevan la firma de sus autores.
Así también en lo referente a la ausencia de terminología
joánica en el Apocalipsis. El objeto del Evangelio es demostrar
a ese Jesús es la vida y la luz del mundo, la plenitud de la
verdad y de la gracia. Pero en el Apocalipsis Jesús es el conquistador
de Satanás y su reino. Se aceptan los defectos de gramática
en el Apocalipsis. Algunos de ellos son bastante obvios. El lector
puede notar el hábito del autor de agregar una aposición
en el nominativo a una palabra en un caso oblicuo (cf. 3, 12; 9, 12;
20, 2). Además contiene algunos modismos hebreos: por ej.,
la palabra hebrea equivalente a "erchomenos": "el que ha de venir",
en lugar de "esomenos", (1, 8). Pero debe tenerse en cuenta que cuando
el Apóstol vino por primera vez a Éfeso, probablemente
era totalmente ignorante de la lengua griega.
Los defensores de la identidad de autoría
apelan además al hecho llamativo que en ambas obras Jesús
es llamado el Cordero y la Palabra. La idea del cordero que hace expiación
por el pecado por medio de su sangre se toma de Isaías (53).
A lo largo del Apocalipsis el retrato de Jesús es el del cordero.
A través del derramamiento de su sangre ha abierto el libro
con siete sellos y ha triunfado sobre Satanás. En el Evangelio
Jesús es señalado por el Bautista como el "Cordero de
Dios... que quita el pecado del mundo" (Juan 1, 29). Algunas de las
circunstancias de su muerte recuerdan el rito observado al comer el
cordero pascual, el símbolo de la redención. Su crucifixión
tiene lugar en el día mismísimo en el que la Pascua
era comida (Juan 18, 28). Aunque fue crucificado, sus ejecutores no
rompieron los huesos de su cuerpo para que la profecía se cumpliera:
"no se le quebrará hueso alguno" (Juan 19, 36). El nombre "Logos":
"Palabra", es muy propio del Apocalipsis, del Evangelio y de la primera
Epístola de San Juan. La primera frase del Evangelio es, "En
el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios,
y la Palabra era Dios". La primera epístola de San Juan empieza,
"Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído.
. . de la palabra de vida". Así también en el Apocalipsis,
"Y su nombre es la Palabra de Dios" (19, 13).
TIEMPO Y LUGAR
El vidente testifica que las visiones que está
a punto de narrar fueron vistas por él mientras estuvo en Patmos.
"Yo Juan. . . estaba en la isla llamada Patmos por causa de la palabra
de Dios y del testimonio de Jesús" (1, 9). Patmos es uno del
grupo de pequeñas islas cerca de la costa del Asia Menor, aproximadamente
doce millas geográficas de Éfeso. La Tradición,
como Eusebio nos dice, nos ha afirmado que Juan fue desterrado a Patmos
durante el reinado de Domiciano por causa de su testimonio de la palabra
de Dios (Hist. Eccl., III, 18). Él se refiere obviamente al
pasaje "por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús"
(1, 9). Es verdad que el significado más probable de esta frase
es, "para oír la palabra de Dios", etc., y no "desterró
debido a la palabra de Dios'', etc., (cf. 1, 2). Pero era bastante
natural que el Vidente habría considerado su destierro a Patmos
como previsto por la Providencia Divina para que en la soledad de
la isla pudiera oír la Palabra de Dios. La tradición
transmitida por Eusebio halla confirmación en las palabras
del Vidente que se describe como "un hermano y compañero en
la tribulación'' (1, 9). Ireneo ubica el destierro del Vidente
en Patmos al final del reino de Domiciano. "Paene sub nostro saeculo
ad finem Domitiani imperii" (Adv. Haer., V, 4). El Emperador Domiciano
reinó en los años 81-96 D.C. En todos lo referente a
la tradición joánica Ireneo merece un crédito
excepcional. Su vida fue muy cercana a la edad Apostólica y
su maestro, San Policarpo, había estado entre los discípulos
de San Juan. Eusebio registrando la afirmación de Ireneo sin
ningún error, agrega como el año del destierro del Vidente
el decimocuarto del reinado de Domiciano. San Jerónimo también,
sin reserva o vacilación, sigue la misma tradición.
"Quarto decimo anno, secundam post Neronem persecutionem movente Domitiano,
in Patmos insulam relegatus, scripsit Apocalypsim" (Ex libro de Script.
Eccl). Contra el testimonio unido de estos tres testigos de la tradición
la declaración de Epifanio, que pone el destierro del Vidente
bajo el reinado de Claudio en los años 41-54 D.C, parece sumamente
improbable (Haer., li, 12, 33).
CONTENIDO
(1) LAS SIETE IGLESIAS
1, 1-3. Título y descripción
del libro. La revelación hecha por Jesús el Mesías
a Juan.
1, 4-9. Saludo. Saludo introductorio
a las siete Epístolas, deseando a las iglesias la gracia y
la paz de Dios y de Jesús.
1, 9-20. La visión de Jesús
como Hijo de hombre. El retrato es tomado de Daniel 10 y Enoc
46. Cf. las frases, "uno como hijo de hombre" (Apocalipsis 1, 13,
Daniel 10, 16; 7, 13); "ceñido con oro" (Apocalipsis 1, 13;
Daniel 10, 5); "ojos como llamas de fuego" (Apocalipsis 1, 14; Daniel
10, 6); "a una voz como de una multitud" (Apocalipsis 1, 15; Daniel
10, 6); "caí como muerto" (Apocalipsis 1, 17; Daniel 10, 9);
"y él me tocó" (Apocalipsis 1, 17, Daniel 10, 18); "pelo
blanco como lana" (Apocalipsis 1, 14; Daniel 7, 9; Enoc 46, 1).
2, 1-3, 22. Las Cartas a las siete Iglesias.
Las Iglesias son Éfeso,
Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes,
Filadelfia, y Laodicea. Las Epístolas son
cortas exhortaciones a los cristianos a permanecer fieles a su fe, a estar
atentos a los falsos apóstoles a abstenerse de la fornicación
y de la carne ofrecida a los ídolos.
(2) EL LIBRO CON LOS SIETE SELLOS
Capítulos 4 y 5. La visión
de Dios entronizado sobre los Querubines. El trono está
rodeado por veinticuatro ancianos. A la derecha de Dios está
un rollo sellado con siete sellos. En medio de los Querubines y de
los ancianos el Vidente mira un cordero, "agnus tamquam occisus",
llevando en su garganta la cicatriz de la incisión con la que
fue degollado. El Vidente llora porque nadie ni en cielo ni en tierra
puede romper los sellos. Es confortado al oír que el cordero
era digno de hacerlo debido a la redención que había
forjado por su sangre. El retrato del trono es tomado de Ezequiel
1. Compare en ambas relatos la descripción de las cuatro bestias.
Ellos se parecen a un león, un buey, un hombre, y una águila.
Sus cuerpos están llenos de ojos (cf. Ap. 9, 8; y Ez. 10, 12).
Los veinticuatro ancianos probablemente fueron sugeridos por las veinticuatro
clases de sacerdotes que atienden en el Templo. El cordero degollado
por los pecados de la humanidad es de Isaías 53.
Capítulos 6 y 7. Los siete sellos
y la enumeración de los Santos. Al abrir cuatro sellos,
cuatro caballos aparecen. Su color es blanco, negro, rojo, y pálido,
o verdoso ("chloros"), Ellos significan conquista, matanza,
carestía y muerte. La visión es tomada de Zac. 6, 1-8.
Al ser abierto el quinto sello el Vidente mira a los mártires
que fueron asesinados y oye sus plegarias por el triunfo final. Al
abrirse el sexto sello los predestinados a la gloria son contados
y marcados. El Vidente los mira divididos en dos clases. Primero,
144,000 judíos, 12,000 de cada tribu. Después una multitud
innumerable escogida de entre todas las naciones y lenguas.
Capítulos 8 y 9. El séptimo
sello. Después del intervalo de alrededor de media hora,
el séptimo sello es roto; siete ángeles aparecen, cada
una sosteniendo una trompeta. El sonido de las primeras cuatro primeras
trompetas causa una destrucción parcial de los elementos de
naturaleza. Uno tercio de la tierra es quemada, así como un
tercio de los árboles y todo el césped. Uno tercio del
mar se vuelve sangre (cf. Ex., vii, 17). Uno tercio de los ríos
se ha convertido en agua ajenjo. Uno tercio del sol, la luna, y de
las estrellas se oscurece, haciendo que un tercio del día se
oscurezca (cf. Ex. 10, 21). Al sonar la quinta trompeta langostas
salen del abismo. Su trabajo es atormentar a los hombres por cinco
meses. Se les pide encarecidamente no tocar el césped. Su forma
es la de caballos (Joel 2, 4), sus dientes son como los de leones
(Joel 1, 6), su pelo como el pelo de mujeres. Ellos tienen colas de
escorpiones con los que castigarán al hombre. El mando ellos
lo tiene el Ángel del Abismo, nombrado "Abaddon", el destructor.
Al sonido de la sexta trompeta, los cuatro ángeles encadenados
al Éufrates son soltados. Ellos lideran un ejército
de jinetes. Por el fuego que los caballos escupían y por sus
colas que eran como serpientes, uno tercio de la humanidad es matada.
Después de la sexta trompeta hay dos relatos. (1) El ángel
que está de pie en la tierra y el mar. Él jura que al
sonido de la séptima trompeta el misterio estará completo.
Él da al Vidente un librito. Cuando lo come, lo siente dulce
al paladar, pero amargo una vez devorado. Tomado de Ezeq., 2, 8; 3,
3. (2) La contaminación de la corte del Templo por los paganos.
Dura tres años y media. Tomado de Dan. 7, 25; 9, 27; 12, 7-11.
Durante ese tiempo dos testigos son enviados a predicar en Jerusalén.
Ellos son los dos olivos de Zac, 4, 3.11. Al final de su misión
son asesinados por la bestia. Ellos son resucitados después
de tres días y medio (= años). La séptima trompeta
suena ahora, las naciones son juzgadas y el reino de Cristo es establecido.
(3) EL DRAMA DIVINO
Primer Acto. Capítulos 12-14.
El cordero, la mujer, y su descendencia; y opuesto a ellos, el
dragón, la bestia del mar, y la bestia de la tierra. La
idea principal se toma de Gén. 3, 15. "Yo pondré enemistad
entre ti (la serpiente) y la mujer, entre tu descendencia y la suya".
La mujer está envuelta en esplendor celestial; una corona de
doce estrellas sobre su cabeza y el sol y la luna bajo sus pies (cf.
Gén. 37, 9. 10). Ella está con los dolores del parto.
Su primogénito está destinado a gobernar todas la naciones
(Sal. 2, 8. 9). Ella, y su otra descendencia, es perseguida durante
tres años y medio por el gran dragón que intenta matarlos.
El gran dragón es Satanás (Gén. 3, 1). Él
es expulsado del cielo. Con su cola arrastra con él un tercio
de las estrellas. Tomado de Dan. 8, 10. Las estrellas caídas
son los ángeles caídos. La bestia del mar está
en gran parte tomada de la descripción de Daniel de las cuatro
bestias. Se levanta del mar (Dan. 7, 3); tiene siete cabezas marcadas
con blasfemias por todas partes. También tenía diez
cuernos, como la cuarta bestia de Daniel (7, 7); se parece a un leopardo,
la tercera bestia de Daniel (7, 6), tenía pies como de oso,
la segunda bestia de Daniel (7, 5); y dientes como de león,
la primera bestia de Daniel (7, 4). El gran dragón da pleno
poder a la bestia, después de lo cual todo el mundo le rinde
culto (aquéllos cuyos nombres no están en el libro del
cordero). Los seguidores de la bestia tienen su marca en la cabeza
y en la mano. La bestia de la tierra tiene dos cuernos como de carnero.
Su poder yace en su arte de engañar por medio de fichas y milagros.
A lo largo del resto del libro se le llama el falso profeta. Su oficio
es ayudar la bestia del mar, e inducir a los hombres a adorar su imagen.
El primer acto del drama concluye con una promesa de victoria del
Cordero de Dios sobre la bestia.
Segundo Acto. Capítulos 15-16.
Las siete copas. Son las siete plagas que preceden la destrucción
de la gran ciudad, Babilonia. Son en gran parte sugeridas por las
plagas egipcias. La primera copa se vierte sobre la tierra. Úlceras
afectan violentamente a hombres y bestias (Ex. 9, 9. 10). La segunda
y tercera copa son vertidas en los mares y ríos, que se convierten
en sangre (Ex. 7, 17-21). La cuarta copa es derramada en el sol, que
quema a los hombres hasta la muerte. La quinta copa es vertida en
el trono de la bestia, lo que causa gran oscuridad (Ex. 10, 11-29).
La sexta copa es derramada en el Éufrates, cuyas aguas se secan
y forman un paso para los reyes del Este (Ex. 14). La séptima
copa es vertida en el aire, y una tormenta y un terremoto destruyen
Babilonia.
Tercer Acto. Capítulos 17-18.
La gran ramera. Está sentada sobre la bestia de color
escarlata con las siete cabezas y diez cuernos; está vestida
de escarlata y engalanada con oro. En su cabeza está escrito:
Misterio, Babilonia la grande. Los reyes de la tierra cometen fornicación
con ella. Pero el día de su visita ha llegado. Es convertida
en un lugar desolado, morada de animales inmundos (Ls. 13, 21. 22).
Su caída es lamentada por los gobernantes y comerciantes de
la tierra.
Cuarto Acto. Capítulos 19-20. La
victoria sobre la bestia y el gran dragón. Un caballero aparece
montado en un caballo blanco. Su nombre es "Palabra de Dios".
Él derrota a la bestia y al falso profeta, los cuales son tirados
vivos al lago de fuego. Su derrota es seguida por la primera resurrección
y el reinado de Cristo por mil años. Los mártires resucitan
y participan de la gloria y felicidad de Cristo. Durante estos mil años,
el gran Dragón es encerrado con cadenas. Cuando termina el plazo
es liberado para atormentar la tierra. Él engaña a las naciones
Gog y Magog. Estos dos nombres son tomados de Ezeq., caps. 28-29,
donde, sin embargo, Gog es el rey de Magog. Por último es lanzado
también por toda la eternidad al lago de fuego. Aquí es
cuando el juicio universal y la resurrección tienen lugar.
Quinto Acto. Capítulos 21-22.
La nueva Jerusalén (cf. Ezequiel 40-48). Dios mora en
medio de sus santos que disfrutan total felicidad. La nueva Jerusalén
es la esposa del cordero. Los nombres de las Doce Tribus y de los
Doce Apóstoles están escritos en sus portones. Dios
y el cordero son el santuario de esta nueva ciudad.
Epílogo. Versículos 18-21.
La profecía del libro se cumplirá pronto. El Vidente
advierte al lector que no le añada ni le quite nada, so pena
de perder su puesto en la ciudad celeste.
PROPÓSITO DEL LIBRO
De esta lectura del libro es evidente que el
Vidente estaba influenciado por las profecías de Daniel más
que por cualquier otro libro. Daniel fue escrito con el objeto de
confortar a los judíos bajo la cruel persecución de
Antíoco Epifanio. El Vidente en el Apocalipsis tenía
un propósito similar. Los cristianos eran perseguidos furiosamente
en el reino de Domiciano. El peligro de apostasía era grande.
Los falsos profetas anduvieron tratando de seducir al pueblo para
aceptar las prácticas paganas y tomar parte en el culto al
César. El Vidente insta a sus cristianos a permanecer fieles
a su fe y enfrentar sus problemas con fortaleza. Él los anima
con la promesa de una recompensa amplia y rápida. Él
les asegura que la Venida triunfante de Cristo está a las puertas.
Tanto al principio como al final de su libro el Vidente es muy enfático
diciéndole a su pueblo que la hora de la victoria está
cercana. Él comienza diciendo: "Bendito es el que. . . guarde
lo escrito en ella; pues el tiempo está cerca" (1, 3). Él
cierra sus visiones con las palabras patéticas: "El que da
testimonio de estas cosas dice: Seguro que sí, vengo pronto:
Amén. Ven, Señor Jesús". Con la venida de Cristo
serán vengadas las penas de los cristianos. Sus opresores serán
entregados al juicio y a los tormentos eternos. Los mártires
que han caído resucitarán, de modo que ellos puedan
compartir los placeres del reinado de Cristo, el milenio. Aunque esto
no es sino un preludio a la bienaventuranza eterna que sigue después
de la resurrección general.
Es un artículo de fe que Cristo retornará
al final de los tiempos a juzgar a vivos y muertos. Pero el tiempo
de su segundo advenimiento es desconocido. "Pero de ese día
y hora nadie sabe, no, ni los ángeles del cielo, sino sólo
el Padre" (Mt. 24, 36). Aparecería, y es sostenido así
por muchos que los cristianos de la edad Apostólica esperaron
que Cristo volvería durante su propia vida o generación.
Este parece ser el significado más obvio de varios pasajes
ambos en las Epístolas y Evangelios (cf. Juan 21, 21-23, Tes.
4, 13-18). Los cristianos de Asia Menor y el Vidente con ellos, parecen
haber compartido esta expectativa engañosa. Su esperanza equivocada,
sin embargo, no afectó la integridad de su fe en la parte esencial
de la dogma. Su visión de un periodo milenario de felicidad
corpórea era igualmente erróneo. La Iglesia ha desechado
totalmente la doctrina de un milenio anterior a la resurrección.
San Agustín ha sido quizás quien más que ningún
otro ha ayudado a librar la Iglesia de todas las imaginaciones crudas
como referidas a sus placeres. Él explicó el milenio
alegóricamente y lo aplicó a la Iglesia de Cristo en
tierra. Con la fundación de la Iglesia el milenio empezó.
La primera resurrección es la resurrección espiritual
del alma del pecado (De Civ. Dei Lib. XX). Así el número
1,000 debe ser tomado indefinidamente.
ESTRUCTURA DEL LIBRO Y SU COMPOSICIÓN
LITERARIA
La estructura del Apocalipsis requiere una
división en tres partes.
La primera parte comprende las siete cartas
de exhortación. La segunda tiene como idea principal la sabiduría
de Cristo. Es simbolizada por el libro con siete sellos. En él
están escritos los decretos eternos de Dios tocante al fin
del mundo y a la victoria final del bien sobre el mal. Nadie excepto
Jesús, el cordero degollado por los pecados del mundo, es digno
de romper los sellos y leer su contenido.
La segunda parte describe el poder de Cristo sobre
Satanás y su reino. El cordero derrota el dragón y la bestia.
Esta idea se desarrolla en un drama de cinco actos. En cinco escenas sucesivas
vemos ante nosotros la batalla, la caída de Babilonia la ramera,
la victoria y la bienaventuranza final.
La tercera parte es no sólo la más
importante, sino también la mejor lograda desde un punto de
vista literario. El drama del cordero contiene varios pensamientos
bellos de valor duradero. El cordero, simbolizando afabilidad y pureza,
conquista la bestia, la personificación de lujuria y crueldad.
La ramera significa idolatría. La fornicación que los
gobernantes y las naciones de la tierra cometen con ella significa
el culto que rinden a las imágenes de César y a las
monedas de su poder. La segunda parte es inferior en belleza literaria.
Mucho de su contenido es tomado del Antiguo Testamento, y está
lleno de un simbolismo extravagante. El Vidente muestra un sabor imaginativo
para todo lo raro y grotesco. Él se deleita describiendo langostas
con pelo como de mujeres y caballos con colas como de serpientes.
Hay pasajes ocasionales que revelan un sentido de belleza literaria.
Dios quita la cortina del firmamento como un escriba enrolla sus pergaminos.
Las estrellas caen de los cielos como higos de una higuera agitada
por la tormenta (6, 12-14). En general, sin embargo el Vidente muestra
más amor por el esplendor oriental que una apreciación
de verdadera belleza.
INTERPRETACIÓN
Sería igualmente fatigoso e inútil
enumerar aún las aplicaciones más prominentes hechas
del Apocalipsis. El odio racial y el rencor religioso han encontrado
en todas las épocas en su visión materia muy conveniente
y satisfactoria. Personas tales como Mahoma, el Papa, Napoleón,
etc., han sido identificadas a su tiempo con la bestia y la ramera.
Particularmente para los "reformadores" el Apocalipsis era una cantera
inagotable de dónde extraer invectivas que podrían lanzar
entonces contra la jerarquía romana. Las siete colinas de Roma,
las túnicas de color escarlatas de los cardenales, y los abusos
infortunados de la corte papal provocaron una aplicación fácil
y tentadora. Gracias a la investigación paciente y activa de
estudiosos, la interpretación del Apocalipsis ha sido transferida
a un campo libre de "odium theologicum". Pero entonces el significado
del Vidente es determinado por las reglas de exégesis común.
Aparte de la resurrección, el milenio, y las plagas que preceden
la consumación final, ellos ven en sus visiones una referencia
a los acontecimientos principales de su época. Su método
de interpretación puede llamarse histórico comparado
con la aplicación teológica y política de edades
anteriores. La clave para los misterios del libro la encuentran en
17, 8-14. Pues así dice al Vidente: "El que pueda entender
que entienda."
La bestia del mar que había recibido
plenitud de poder del dragón, o Satanás, es el Imperio
romano, o más bien, César, su representante supremo.
La imagen de la bestia con la que sus siervos son marcados es la imagen
del emperador en las monedas del reino. Este parece ser el significado
obvio del pasaje: que todas las transacciones comerciales, todas las
compras y ventas eran imposibles si no se tenía la marca de
la bestia (Ap. 13, 17). Contra esta interpretación se objeta
que los judíos en el tiempo de Cristo no tenían ningún
escrúpulo manejando dinero en el que la imagen de César
estaba grabada (Mt. 12, 15-22). Pero debe tenerse presente que el
horror de los judíos hacia las imágenes imperiales era
principalmente debido a la política de Calígula. Él
confiscó algunas de sus sinagogas, y las transformaba en templos
paganos poniendo su estatua en ellos. Él incluso intentó
erigir una imagen de él en el Templo de Jerusalén (Jos.
Ant., XVIII, viii, 2).
Las siete cabezas de la bestia son siete emperadores.
Cinco de ellos el Vidente dice que son caído. Ellos son Tiberio
Augusto, Calígula, Claudio y Nerón. El año de
la muerte de Nerón es el 68 D.C. El Vidente continúa
diciendo: "Uno es", a saber Vespasiano, años 70-79 D.C; es
el sexto emperador. El séptimo, nos dice el Vidente, "no ha
venido todavía, pero cuando venga, su reino será corto".
Así se prevé a Tito, quién reinó apenas
dos años (79-81). El octavo emperador es Domiciano (81-96).
De él, el Vidente tiene algo muy peculiar que decir: Lo identifica
con la bestia y lo describe como aquel que "era y no es, y que saldrá
del pozo sin fondo" (17, 8). En el versículo 11 agrega: "Y
la bestia que era y no es: ella misma también es la octava,
y es de los siete, y va a la destrucción". Todos esto suena
como lenguaje de los oráculos. Pero la pista para su solución
es preparada por una creencia popular muy difundida en aquel momento.
La muerte de Nerón había sido atestiguada por pocos,
de modo que sobre todo en el Este había la idea de que Nerón
todavía estaba vivo. Gentiles, judíos y cristianos estaban
bajo el engaño de que él estaba escondiéndose,
y como se creía normalmente, que se había ido con los
enemigos más problemáticos del imperio. De ahí
que esperaban que volvería a la cabeza de un ejército
poderoso para vengarse de sus enemigos. La existencia de esta creencia
imaginativa es un hecho histórico bien atestiguado. Tácito
habla de él: "Achaia atque Asia falso exterrit velut Nero adventaret,
vario super ejus exitu rumore eoque pluribus vivere eum fingentibus
credentibusque" (Hist., II, 8). Así también "Dio Chrysostomus:
kai nyn (alrededor del año 100 D.C.) eti pantes epithymousi
zen oi de pleistoi kai oiontai (Orat., 21, 10,; cf. Sebo., "Vit. Caes".
s.v. Nero, 57, y los Oráculos de la Sibilina, V, 28-33). Por
tanto, los contemporáneos del Vidente creían que Nerón
estaba vivo y esperaban su retorno. El Vidente o bien compartió
su creencia o la utilizó para su propio propósito. Nerón
había hecho un nombre para sí por su crueldad y libertinaje.
Los cristianos en particular tenían razones para temerle. Bajo
él tuvo lugar la primera persecución. La segunda ocurrió
bajo Domiciano. Pero diferente a la anterior, no se limitó
a Italia, sino que se extendió a lo largo de las provincias.
Muchos cristianos fueron llevados a la muerte, otros desterrados (Eusebio,
Hist. Eccl., III, 17-19). De esta manera el Vidente fue llevado a
considerar Domiciano como un segundo Nerón, "Nero redivivus".
De allí que lo describiera como "el que era, que no, y que
había de volver". De ahí que lo cuenta como el octavo
y al mismo tiempo le hace uno de los siete precedentes, el quinto,
Nerón. La identificación de los dos emperadores era
fácil de hacer pues incluso autores paganos llamaron a Domiciano
un segundo Nerón (calvus Nero, Juvenal. IV, 38). La creencia
popular acerca de la muerte de Nerón y su retorno parece ser
referida también en el pasaje (13, 3): "Y yo vi uno de sus
cabezas como si fuera cortada hasta la muerte: y su herida de muerte
fue sanada."
Los diez cuernos son explicados comúnmente
como los gobernantes vasallos bajo la supremacía de Roma. Son
descritos como reyes (basileis), en un sentido más amplio,
pues ellos no son reyes verdaderos, sino que recibieron poder para
gobernar con la bestia. Su poder, además, es apenas para una
hora, significando su corta duración e inestabilidad (17, 17).
El Vidente ha marcado la bestia con el número 666. Su propósito
era que por este número la gente lo conociera. El que entienda,
que cuente el número de la bestia. Porque es el número
de un hombre: y su número es seiscientos y sesenta y seis.
Un número humano, es decir inteligible por las reglas comunes
de investigación. Nosotros tenemos aquí un caso judío
de gematría. Su objeto es ocultar un nombre sustituyéndolo
con una cifra de igual valor numérico a las letras que lo componen.
Por mucho tiempo intérpretes intentaron descifrar el número
666 por medio del alfabeto griego, por ej., Ireneo, "Adv. Haer".,
V, 33. Sus esfuerzos no han dado ningún resultado satisfactorio.
El éxito mejor ha sido obtenido usando el alfabeto hebreo.
Muchos estudiosos han llegado a la conclusión de que su significado
es Nerón. Pues cuando el nombre que "César Nerón"
es deletreado con letras hebreas, da la cifra 666.
La segunda bestia, la de la tierra, el seudoprofeta
cuyo oficio era ayudar a la bestia del mar, probablemente significa
el trabajo de seducción continuado por los cristianos apóstatas.
Ellos se dedicaron a hacer que sus compañeros cristianos adoptasen
las prácticas paganas y se sometiesen al culto del César.
Parece que no son los Nicolaítas de las siete Epístolas.
Porque ellos son comparados allí a Balaam y Jezabel que seducen
los Israelitas a la idolatría y fornicación. La mujer
con dolores de parto es una personificación de la sinagoga
o la iglesia. Su primogénito es Cristo, su otra descendencia
es la comunidad de los creyentes.
En esta interpretación, de la que hemos
dado un resumen, hay dos dificultades:
En la enumeración de los emperadores
tres son pasados por alto, Galba, Otto, y Vitelio. Pero esta omisión
puede ser explicada por la brevedad de sus reinos. Cada uno de los
tres reinó apenas unos meses.
La Tradición ubica el Apocalipsis en
el reino de Domiciano. Pero según el cómputo dado antes,
el Vidente mismo ubica su obra en el reino de Vespasiano. Pues si
este cómputo fuera correcto, Vespasiano es el emperador a quien
él designa como "el que es". A esta objeción, sin embargo,
puede contestarse que era la costumbre de escritores apocalípticos,
por ej., Daniel, Enoc, y los libros Sibilinos, lanzar sus visiones
en la forma de profecías y darles la apariencia de ser la obra
de una fecha más temprana. Ningún fraude literario se
pretendía con ello. Era meramente un estilo peculiar de escritura
adoptado como más adecuado al asunto. El Vidente del Apocalipsis
sigue esta práctica. Aunque realmente desterrado en Patmos
en el reino de Domiciano, después de la destrucción
de Jerusalén, él escribió como si él hubiera
estado allí y visto sus visiones en el reino de Vespasiano
quizá cuando el templo todavía existía. Cf. 2,
1. 2.
C. VAN DEN BIESEN
Transcrito por Michael C. Tinkler
Traducido por Miguel Angel Godoy, Pbro.