Taumaturgo Franciscano nacido en Lisboa en 1195 y muerto en Vercelli
el 13 de Junio de 1231. Fue bautizado con el nombre de Fernando.
Escritores del siglo quince afirman que su padre fue Martin Bouillon,
descendiente del renombrado Godofredo de Bouillon, comandante de la
primera cruzada y su madre, Teresa Tavejra era descendiente de Froilán
I, cuarto rey de Asturias. Desafortunadamente, su genealogía
es incierta. Todo lo que sabemos de sus padres es que eran nobles,
poderosos y temerosos de Dios y cuando Fernando nació, ambos
eran jóvenes y vivían cerca de la Catedral de Lisboa.
Habiendo sido educado en la escuela de la Catedral, Fernando, a los
quince años, ingresó en 1210 a los Canónigos
Regulares de San Agustín en el convento de San Vicente, fuera
de los muros de la ciudad . Dos años mas tarde, para evitar
ser distraído por amigos y familiares, quienes frecuentemente
venían a visitarlo, se fue con permiso de su superior al Convento
de Santa Croce en Coimbra en 1212, donde permaneció por ocho
años, ocupando su tiempo principalmente con el estudio y la
oración. Dotado de un gran entendimiento y una memoria prodigiosa,
pronto encontró en las Sagradas Escrituras y en los escritos
de los Santos Padres un tesoro de conocimiento teológico.
En 1220, habiendo visto transportar a la Iglesia de Santa Croce los
restos de los primeros mártires franciscanos, quienes habían
muerto en Marruecos el 16 de Enero de ése mismo año,
se sintió inflamado con el deseo del martirio y decidió
ingresar con los Frailes Menores para así poder predicar la
Fe a los sarracenos y sufrir por amor a Cristo. Habiéndole
confesado su intención a algunos de los hermanos del convento
de Olivares (cerca de Coimbra), quienes fueron a suplicar al Abad
de los Canónigos Regulares, recibió de sus manos el
hábito Franciscano en el mismo convento de Santa Croce. Así
Fernando dejó a los Canónigos Regulares de San Agustín
para incorporarse a la órden de Frailes Menores, adoptando
el nuevo nombre de Antonio, nombre que también adoptó
en el Convento de Olivares.
Al poco tiempo de haber ingresado a la Orden, Antonio salió
para Marruecos, pero decaído por una severa enfermedad que
lo afecto durante todo el invierno, le ordenaron zarpar hacia Portugal
en la Primavera siguiente (1221). Su barco, sin embargo, fue atacado
por una violenta tormenta y llevado a la costa de Sicilia, donde Antonio
permaneció por algún tiempo, mientras se recuperaba
su salud. Habiendo oído de los frailes de Messina que un capítulo
general tendría lugar en Asís el 30 de Mayo, decidió
viajar, llegando a tiempo para tomar parte en él. Finalizado
el capítulo, Antonio permaneció completamente ignorado.
"No dijo una sola palabra acerca de sus estudios", escribe
su más antiguo biógrafo, "ni de ninguno de los
servicios que había desempeñado; su único deseo
era seguir a Jesucristo crucificado". De acuerdo a esto, pidió
al Padre Graciano, Provincial de Cóimbra, un lugar donde pudiese
vivir en soledad y penitencia y poder introducirse mas profundamente
en el espíritu y la disciplina de la vida franciscana. El Padre
Graciano se encontraba en la necesidad de un sacerdote para la ermita
de Montepaolo (cerca de Forli), así pues envió ahí
a Antonio para que pudiera celebrar la Misa para los hermanos no sacerdotes.
Mientras Antonio vivía retirado en Montepaolo, sucedió
que un día cierto número de frailes franciscanos y dominicos
fueron enviados juntos a Forli para su ordenación. Antonio
se encontraba presente, pero simplemente como acompañante del
Provincial. Cuando fue hora de la ordenación, descubrieron
que no había ningún predicador designado. El superior
primero preguntó a los dominicos si entre ellos habría
alguien que dirigiese algunas palabras a los hermanos reunidos; pero
todos declinaron indicando que ninguno estaba preparado. En la emergencia
escogieron a Antonio, de quien creían que sólo era capaz
de leer el Misal y el Breviario, y le ordenaron hablar lo que el espíritu
de Dios pusiera en su boca. Antonio accedió por obediencia,
hablando al principio tímida y lentamente, pero pronto exaltado
por el fervor, empezó a explicar el sentido mas oculto de las
Sagradas Escrituras con tan profunda erudición y sublime doctrina
que todos los presentes quedaron atónitos. A partir de ése
momento empezó la carrera pública de Antonio.
San Francisco, informado del conocimiento de Antonio, le escribió
la siguiente carta para enseñar teología a los hermanos:
Al Hermano Antonio, mi obispo (i.e. maestro de
ciencias Sagradas), el Hermano Francisco envía sus saludos.
Es un placer para mi que vos enseñéis teología
a los hermanos, entendiendo, sin embargo, como se encuentra expresado
en la Regla, el espíritu de oración y devoción
no debe extinguirse. Hasta pronto. (1224)
Antes de iniciar la instrucción, Antonio fue por algún
tiempo a Vercelli para conversar con el famoso Abad Tomas Gallo; luego
fue a enseñar con éxito en Bolonia y Montpellier en
1224 y posteriormente e Toulouse. Sin embargo no ha quedado nada de
sus cátedras; los documentos primitivos, así como los
legendarios, mantienen completo silencio en éste punto. Sin
embargo, estudiando sus trabajos, podemos formarnos nosotros mismos
una idea suficiente del carácter de su doctrina; una doctrina,
la cual, dejando de lado cualquier especulación árida,
prefiere un carácter enteramente seráfico, acorde con
el espíritu y el ideal de San Francisco.
Fue como orador, sin embargo, mas que como maestro, que Antonio cosechó
sus máximos frutos. Poseía en alto grado, las cualidades
que caracterizan al predicador elocuente: una voz clara y fuerte,
talante imponente, memoria prodigiosa y un profundo conocimiento,
a lo cual le fue añadido desde lo alto el espíritu de
profecía y un extraordinario don de milagros. Con celo apostólico,
tomó a su cargo reformar la moralidad de su tiempo combatiendo
de forma especial los vicios del lujo, avaricia y tiranía.
El fruto de sus sermones fue, entonces, tan admirable como su misma
elocuencia. No fue menos ferviente en la extinción de la herejía,
sobre todo la de los cátaros y los patarinos, quienes infestaron
l centro y norte de Italia, y probablemente también aquella
de los albigenses en el sur de Francia, aunque no existen documentos
que lo confirmen. Entre los muchos milagros, con que San Antonio consiguió
la conversión de herejes, los tres mas mencionados por sus
biógrafos son los siguientes:
El primero es el de un caballo, al cual habiéndolo dejado
sin comer por tres días, rehusó la avena puesta enfrente
de el, hasta que se hubo arrodillado para adorar al Santísimo
Sacramento, el cual era sostenido por San Antonio. Las narraciones
del siglo 14 cuentan que este milagro ocurrió en Toulouse,
en Wadding o en Brujas, la realidad, sin embargo es que ocurrió
en Rimini.
El segundo milagro importante es aquel que sucedió cuando
algunos herejes italianos le dieron comida envenenada, la cual se
desintoxicó al hacer él el signo de la Cruz. El tercer
milagro digno de mencionar es el del famoso sermón a los peces
en el banco del río Brenta, vecino a Padua.
El celo con el que San Antonio luchó contra la herejía,
y las muchas conversiones que logró, le hicieron merecedor
del título glorioso de "Malleus hereticorum" (Martillo
de los herejes). Aunque sus predicaciones estuvieron sazonadas siempre
con la sal de la discreción, San Antonio habló abiertamente
a todos, tanto al rico como al pobre, al pueblo y a las autoridades.
En un sínodo en Burgos y en la presencia de muchos prelados,
reprendió al Arzobispo, Simon de Sully tan severamente que
logró arrepentimiento y enmienda verdaderos.
Después de haber sido tutor en Le-Puy (1224), encontramos
a Antonio en el año de 1226, como Provincial en la provincia
de Limousin. Los milagros mas auténticos de ése periodo
son:
Predicando una noche de Jueves Santo en la Iglesia de St. Pierre
du Queriox en Limoges, recordó que tenía que cantar
una Lectura del Oficio Divino. Interrumpiendo súbitamente su
discurso, se apareció en ese mismo momento entre los frailes
del coro para cantar su parte, después de lo cual continuó
su predicación.
Otro día predicando en la Plaza des Creux des Arenes an Limoges,
milagrosamente protegió a su audiencia de la lluvia.
En St. Junien durante el sermón, predijo que por obra del
demonio el púlpito se vendría abajo, pero que todos
permanecerían sanos y salvos. Y así sucedió;
mientras estaba predicando, el púlpito se derrumbó,
pero nadie se lastimó; ni siquiera el santo mismo.
En un monasterio de Benedictinos, donde cayó enfermo, libró
por medio de su túnica a uno de los monjes de grandes tentaciones.
Igualmente, soplando en la cara de un novicio (a quien él mismo
había recibido en la orden), le confirmó la vocación.
En Brive, donde fundó un convento, preservó de la lluvia
a la dama de compañía de una benefactora quien había
llevado verduras a los hermanos para su frugal alimento.
Concerniente a la celebrada y conocida aparición del Niño
Jesús a nuestro santo, los escritores franceses sostienen que
sucedió en la provincia de Limousin en el castillo de Chateauneuf-la-Forêt,
entre Limoges y Eymoutiers, mientras que los biógrafos italianos
sitúan el lugar en Camposanpiero, cerca de Padua. Los documentos
existentes, sin embargo, no deciden la cuestión. Tenemos mas
certeza correspondiente a la aparición de San Francisco a San
Antonio en el Capítulo Provincial de Arles, donde éste
se encontraba predicando sobre los misterios de la Cruz.
Después de la muerte de San Francisco, el 3 de Octubre de
1226, Antonio regresó a Italia. Sus pasos los llevaron por
Provencia en donde sucedió el siguiente milagro: Fatigado por
el viaje, él y su acompañante entraron en la casa de
una pobre mujer, quien les ofreció pan y vino. Ella olvidó
cerrar la llave del barril, y luego el acompañante del Santo
rompió su vaso. Antonio comenzó a orar y repentinamente
el vaso estaba entero y el barril lleno de vino nuevamente.
Poco después de su regreso a Italia, Antonio fue electo Ministro
Provincial de Emilia, pero para poder dedicar mas tiempo a predicar,
renunció a éste cargo en el Capítulo General
de Asís el 30 de Mayo de 1230 y se retiró al convento
de Padua, que él mismo había fundado. La última
Cuaresma en que predicó fue la de 1231; la multitud que llegaba
de todas partes para escucharle, frecuentemente alcanzaba los 30,000
y más. Sus últimos sermones fueron dedicados principalmente
contra la herejía y la enemistad, y sus esfuerzos fueron coronados
con maravillosos éxitos. Sucedieron reconciliaciones permanentes,
se reestablecieron la paz y la concordia, fueron liberados deudores
y otros prisioneros, llevadas a cabo restituciones y enormes escándalos
reparados; de hecho, los sacerdotes de Padua ya no eran suficientes
para el número de penitentes, y muchos de éstos declaraban
haber sido advertidos por visiones celestiales y enviados a San Antonio,
para ser guiados por sus consejos. Otros, después de la muerte
del santo, decían que se les había aparecido en sueños,
enviándolos a confesarse.
También en Padua sucedió el famosos milagro del pie
amputado, el cual los escritores franciscanos atribuyen a San Antonio.
Un joven, llamado Leonardo, en un arranque de ira, pateó a
su propia madre. Arrepentido, le confesó su falta a San Antonio
quien le dijo: "El pie de aquel que patea a su propia madre,
merece ser cortado." Leonardo corrió a casa y se cortó
el pie. Enterado de esto, San Antonio tomó el miembro amputado
del joven y milagrosamente lo reunió al cuerpo.
Debido a los esfuerzos de San Antonio, la Municipalidad de Padua,
el 15 de Marzo de 1231, aprobó una ley a favor de deudores
que no pudiesen pagar sus deudas. Una copia de ésta ley se
conserva en el museo de Padua. Debido a esto y al siguiente incidente,
la importancia civil y religiosa del Santo en el siglo trece es perfectamente
entendible. En 1230, mientras la guerra era encarnizada en Lombardía,
San Antonio se encaminó a Verona a solicitar del feroz Ezzelino
la libertad de los prisioneros güelfos. Una leyenda apócrifa
relata que el tirano se humilló ante el Santo y le concedió
su solicitud. No sucedió así, pero lo que importa, aún
si falló en su intento; es que nunca dudó en arriesgar
su propia vida por el bien de aquellos oprimidos por la tiranía,
y así mostró su amor y simpatía por la gente.
Invitado a predicar en el funeral de un usurero, tomó para
su sermón las palabras del Evangelio: "Donde está
mi tesoro, ahí está mi corazón." Durante
el sermón, dijo: "Este hombre rico está muerto
y enterrado en el infierno; pero vayan a sus tesoros y ahí
encontrarán su corazón." Los parientes y amigos
del muerto, guiados por la curiosidad, siguiendo esa instrucción,
encontraron el corazón, aún tibio, entre las monedas.
Así pues, el triunfo de la carrera misionera de San Antonio
se manifiesta no solo en su santidad y sus numerosos milagros, sino
también en la popularidad y temática de sus sermones,
dado que tuvo que pelear contra los vicios mas obstinados de lujos,
avaricia y tiranía.
Al final de la Cuaresma de 1231, Antonio se retiró a Composanpiero,
vecino a Padua, donde después de poco tiempo fue afectado por
una enfermedad grave. Transferido a Vercelli y fortalecido por la
aparición de Nuestro Señor, murió a la edad de
treinta y seis años el 13 de Junio de 1231. Había vivido
quince años con sus padres, diez como Canónigo Regular
de San Agustín y once años en la Orden de Frailes Menores.
Inmediatamente después de su muerte se apareció en
Vercelli al Abad, Thomas Gallo, y su muerte también fue anunciada
a los habitantes de Padua por un grupo de niños que gritaban:
"ĦEl Padre Santo ha muerto; San Antonio ha muerto!" Gregorio
IX, persuadido firmemente de su santidad por los numerosos milagros
que había conseguido, lo inscribió a un año de
su muerte (en Pentecostés, 30 de Mayo de 1232), en el catálogo
de los santos de la Catedral de Espoleto. En la Bula de canonización,
declaró que había conocido personalmente al santo, y
se sabe que el mismo pontífice, habiendo oído uno de
sus sermones en Roma e impactado por su profundo conocimiento de las
Sagradas Escrituras, lo llamó "Arca de la Alianza".
La validez de éste título está también
mostrada por sus múltiples trabajos: "Expositio in Psalmos",
escrito en Montpellier en 1224; los "Sermones de tempore"
y los "Sermones de Sanctis", escritos en Padua entre 1229
y 1230.
El nombre de Antonio fue celebrado por todo el mundo y con él,
el nombre de Padua. Los habitantes de ésa ciudad erigieron
en su memoria un magnífico templo, a donde sus preciosas reliquias
fueron trasladadas en 1263, en presencia de San Buenaventura, Ministro
General en ese tiempo. Cuando la urna en donde por treinta años
había descansado su cuerpo fue abierto, todo su cuerpo estaba
reducido a polvo excepto la lengua incorrupta, fresca y de un vivo
color rojo. San Buenaventura contemplando ésta maravilla, tomó
la lengua afectuosamente entre sus manos y la besó, exclamando:
"Oh Bendita Lengua que siempre oró al Señor, e
hizo a otros alabarle, ahora es evidente cuán grande mérito
tiene ante Dios."
La fama de los milagros de San Antonio nunca ha disminuido, y aún
en la actualidad es reconocido como el más grande taumaturgo
de todos los tiempos. Es especialmente invocado para recuperar las
cosas perdidas, como está expresado en el famoso responsorio
del Fraile Julian of Spires:
Si quaeris miracula . . .
. . . resque perditas.
Sin duda su gran popularidad ha tendido a obscurecer un tanto su
personalidad. Si creyésemos las conclusiones de críticos
recientes, algunos de los biógrafos del Santo, con el fin de
descubrir la demanda siempre creciente para las maravillas demostradas
por sus devotos clientes, y comparadamente despreciable con las características
históricas de su vida, se han dedicado a la tarea de escribir
los milagros póstumos conseguidos por su intercesión.
No hay necesidad de sorprenderse, encontrar varios de sus milagros
que puedan ser vistos por la mente moderna como triviales o increíbles
ocupando mucho espacio en las primitivas biografías de San
Antonio. Puede ser verdad que algunos de los milagros atribuidos a
su intercesión sean legendarios, pero otros nos llegan con
tal autoridad que es imposible ya sea eliminarlos o explicarlos de
manera a priori sin violentar los hechos de la historia.
NICOLAUS DAL-GAL
Traducido por Antonio Hernández Baca