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I. NOMBRE
El tercero de los Profetas Menores del Antiguo Testamento es llamado en el Texto
Hebreo, “Ams”. La pronunciación de su nombre es diferente de
la del nombre del padre de Isaías, Amoç; de ahí que la tradición
cristiana haya distinguido correctamente, en su mayor parte, entre los dos. El
nombre del profeta, Amós, se ha explicado diversamente, y su significación
exacta es aún objeto de conjeturas.
II. VIDA Y ÉPOCA
Según el encabezamiento de su libro (1, 1), Amós era un pastor de
Thecua, una aldea del Reino del Sur, a doce millas al sur de Jerusalén.
Aparte de esta humilde ocupación, también se dice en 7, 14 que es
un cultivador de sicómoros. De ahí que, por lo que sabemos, no haya
base suficiente para la opinión de muchos intérpretes judíos
de que Amós era un hombre rico. Thecua era aparentemente un pueblo de pastores,
y fue mientras seguía a su rebaño en el desierto de Judá,
durante los reinados de Ozías y Jeroboam, cuando Dios le llamó para
una misión especial: “Ve a profetizar a mi pueblo, Israel”(7,
15). A los ojos del humilde pastor esto debe haber parecido una misión
muy difícil. En el momento en que le llegó la llamada, no era “un
profeta, ni el hijo de un profeta” (7, 14), lo que implica que no había
ingresado aún en la función profética, y que ni siquiera
había asistido a las escuelas en las que los jóvenes que se formaban
para la carrera de profeta llevaban el nombre de “hijos de profeta”.
Otras razones podían provocar que Amós temiera aceptar la misión
divina. A él, un sureño, se le ordenaba ir al Reino del Norte, Israel,
y llevar a su pueblo y a sus dirigentes un mensaje de juicio que, por sus circunstancias
históricas, estaban mal preparados para escuchar. Su gobernante, Jeroboam
II (ca. 781-741 antes de Cristo), había conquistado rápidamente
Siria, Moab y Ammon, y extendido por tanto sus dominios desde las fuentes del
Orontes por el norte hasta el Mar Muerto por el sur. Todo el imperio septentrional
de Salomón prácticamente así restaurado había disfrutado
un largo periodo de paz y seguridad marcado por un asombroso renacimiento de desarrollo
comercial y artístico. Samaría, su capital, se había adornado
con sólidos y espléndidos edificios; se habían acumulado
riquezas en abundancia; la comodidad y el lujo habían alcanzado su nivel
más alto; así que el Reino del Norte había alcanzado una
prosperidad material sin precedentes desde la quiebra del imperio de Salomón.
Externamente, la religión estaba también en una situación
muy floreciente. El culto de los sacrificios al Dios de Israel se llevaba a cabo
con gran pompa y general fidelidad, y el largo disfrute de la prosperidad nacional
era considerado como señal indudable del favor de Dios a su pueblo. Es
verdad que la moralidad pública se había infectado gradualmente
de los vicios que el éxito continuado y la abundancia demasiado a menudo
traen consigo. La corrupción social y la opresión de los pobres
y desvalidos eran muy frecuentes. Pero estos y similares signos de degeneración
pública podían ser fácilmente excusadas con el argumento
de que eran el acompañamiento necesario de un alto grado de civilización
oriental. Además, la religión se había degradado de varias
formas. Muchos de los israelitas estaban satisfechos con el mero ofrecimiento
de víctimas, sin consideración a las disposiciones internas requeridas
para su presentación ante el Dios tres veces santo. Otros se aprovechaban
de las multitudes que acudían a los festivales sagrados para entregarse
a un disfrute inmoderado y una diversión tumultuosa. Otros también,
arrastrados por la asociación más libre con los pueblos paganos
resultante de la conquista o del intercambio comercial, llegaron incluso tan lejos
como para fusionar el culto del Señor con el de deidades paganas. Debido
a la tendencia natural de los hombres a satisfacerse con la realización
mecánica de sus obligaciones religiosas, y más particularmente debido
a la gran propensión que tenían desde antiguo los hebreos a adoptar
los ritos sensuales de cultos extranjeros hasta el punto de renunciar al culto
de su propio Dios, estas irregularidades en cuestiones de religión no parecían
objetables a los israelitas, tanto más cuanto que el Señor no les
castigaba por su conducta. Así fue a este pueblo muy próspero, completamente
convencido de que Dios estaba complacido con ellos, al que Amós fue enviado
a pronunciar una dura reprimenda por todas sus fechorías, y a anunciar
en nombre de Dios su próxima ruina y cautividad (7, 17).
La misión de Amós en Israel fue sólo temporal. Se extendió
aparentemente desde dos años antes hasta pocos años después
de un terremoto, cuya fecha exacta es desconocida (1, 1). Se enfrentó con
una fuerte oposición, especialmente por parte de Amasías, el sumo
sacerdote del santuario real de Bethel. (7, 10-13). Cómo acabó no
se sabe; pues sólo leyendas tardías e indignas de confianza hablan
del martirio de Amós por los malos tratos de Amasías y su hijo.
Es más probable que, obedeciendo la amenazadora orden de Amasías
(7, 12), el profeta huyera a Judá, donde ordenó con tiempo sus oráculos
en su bien planificada disposición.
III. ANÁLISIS DEL ESCRITO PROFÉTICO
El libro de Amós puede dividirse naturalmente en tres partes. La primera
se inicia con un título general de la obra, que da el nombre del autor
y la fecha genérica de su ministerio (1,1), y un texto o lema en cuatro
líneas poéticas (1, 2) que describe con una bella imagen el poder
del Señor sobre Palestina. Esta parte comprende los dos primeros capítulos,
y está compuesta de una serie de oráculos contra Damasco, Gaza,
Tiro, Edom, Ammon, Moab, Judá, y finalmente, Israel. Cada oráculo
comienza con la misma fórmula numérica: “Por tres crímenes
de Damasco [o Gaza, o Tiro, etc, según sea el caso], y por cuatro, no revocaré
el juicio”, a continuación explica la acusación principal;
y finalmente pronuncia la pena. Las naciones paganas son condenadas no por su
ignorancia del verdadero Dios, sino por sus infracciones de las leyes elementales
no escritas de humanidad natural y buena fe. En lo que respecta a Judá
e Israel, comparten el mismo juicio porque, aunque fueron cuidadas especialmente
por el Señor que las sacó de Egipto, conquistó para ellas
la tierra de Canaán, y les dio profetas y nazarenos, aun así han
cometido los mismos crímenes que sus vecinos paganos. Israel es reprendida
con más extensión que Judá, y su absoluta destrucción
se describe vívidamente.
La segunda parte (caps. 3-6) consiste en una serie de discursos que desarrollan
la acusación y sentencia contra Israel expuesta en 2, 6-16. La acusación
de Amós se refiere a (1) los desórdenes sociales frecuentes en las
clases altas; (2) el lujo inhumano y los excesos de las damas ricas de Samaría;
(3) a la confianza demasiado grande de los israelitas en general en el mero cumplimiento
externo de sus obligaciones religiosas que de ninguna manera pueden asegurarles
contra el juicio que se aproxima. La sentencia misma asume la forma de una endecha
sobre la cautividad que espera a los transgresores que no se arrepienten, y la
completa rendición del país al enemigo exterior.
La tercera parte del libro (caps. 7-9, 8b.), aparte del relato histórico
de la oposición de Amasías a Amós (7, 10-17), y de un discurso
(7, 4-14) similar en tono e importancia a los discursos contenidos en la segunda
parte de la profecía, está enteramente compuesto de visiones de
juicio contra Israel. En las dos primeras visiones –la de las langostas
devoradoras y la del fuego que consume—la destrucción predicha es
detenida por interposición divina; pero en la tercera visión, la
de una plomada, se permite que la destrucción sea completa. La cuarta visión,
como la precedente, es simbólica; un cesto de fruta de verano indica la
rápida decadencia de Israel; mientras que en la quinta y última
el profeta contempla al Señor de pie junto al altar y amenazando al Reino
del Norte con un castigo del que no hay escapatoria. El libro concluye con la
solemne promesa de Dios de la gloriosa restauración de la Casa de David,
y de la maravillosa prosperidad de la nación purificada (9, 8c-15).
IV. CARACTERÍSTICAS LITERARIAS DEL LIBRO
Se admite universalmente en la actualidad que estos contenidos están expuestos
en un estilo de “mérito literario superior”. Esta excelencia
literaria podría, en realidad, parecer a primera vista en extraño
contraste con el oscuro nacimiento y humilde vida de pastor de Amós. Un
estudio más detallado, sin embargo, del escrito del profeta y de las circunstancias
reales de su composición elimina ese contraste aparente. Antes de la época
de Amós el idioma hebreo había pasado gradualmente por varios estadios
de desarrollo, y había sido cultivado por varios escritores capaces. Además,
no hay que suponer que las profecías de Amós fueron pronunciadas
exactamente como se han registrado. A lo largo de todo el libro los temas se tratan
poéticamente, y muchas de sus características literarias se justifican
mejor admitiendo que el profeta no escatimó tiempo ni esfuerzo en revestir
sus pronunciamientos orales con su forma actual elaborada. Finalmente, asociar
una cultura inferior con la simplicidad y relativa pobreza de la vida pastoril
sería entender totalmente mal las condiciones de la sociedad oriental,
antigua y moderna. Pues entre los antiguos hebreos, como entre los árabes
de hoy, la cantidad de enseñanza mediante libros era necesariamente pequeña,
y la pericia en el conocimiento y la oratoria no dependía principalmente
de una educación profesional, sino de una aguda observación de las
personas y cosas, una memoria retentiva de la ciencia tradicional, y la facultad
de pensamiento original.
V. AUTORÍA Y FECHA
Aparte de unos pocos críticos recientes, todos los estudiosos mantienen
el acierto de la opinión tradicional que refiere el libro de Amós
al profeta judío de ese nombre. Piensan correctamente que los juicios,
sermones y visiones que constituyen el escrito sagrado se centran en un gran mensaje
de condena a Israel. El contenido se lee como una solemne denuncia de la incurable
perversidad del Reino del Norte, como una directa predicción de su ruina
inminente. Los mismos estudiosos consideran de forma parecida el estilo general
del libro, con su forma poética, su chocante simplicidad, brusquedad, etc.,
como prueba de que la obra es una unidad literaria, cuyas diversas partes pueden
atribuirse a una sola y la misma mente, al único y santo profeta, cuyo
nombre y periodo de actividad se dan en el título de la profecía,
y cuya autoría se afirma repetidamente en el cuerpo del libro (cf. 7, 1,2,4,5,8;
8, 1,2; 9, 1, etc.)
Para confirmar la opinión tradicional de judíos y cristianos respecto
a la autoría y fecha, se han sacado a relucir los dos hechos siguientes:
· primero, como era de esperar de un pastor como Amós, el autor
de la profecía utiliza por todas partes una imaginería sacada principalmente
de la vida rural (la carreta cargada de gavillas, el joven león en su madriguera
gruñendo sobre su presa, la red levantándose y atrapando al pájaro,
los restos de la oveja recobrados por el pastor de la boca del león, la
conduccíón del ganado, etc.);
· en segundo lugar, hay una estrecha concordancia entre el estado del Reino
del Norte bajo Jeroboam II, tal como se describe por Amós, y el de ese
mismo reino tal como se nos da a conocer en el Libro cuarto de los Reyes y la
profecía de Oseas que son comúnmente asignados al mismo siglo (el
octavo antes de Cristo).
Es cierto que la autoría de numerosos pasajes de Amós, y notablemente
de 9, 8c-15, se ha cuestionado y aún lo es seriamente por algunos críticos
destacados. Pero con respecto a la mayoría, si no de hecho a todos esos
pasajes, puede afirmarse con seguridad que los argumentos contra la autoría
no son estrictamente concluyentes. Aparte, aunque se aceptara el origen tardío
de todos esos pasajes, la opinión tradicional sobre la autoría y
fecha del libro en su conjunto no se perjudicaría.
VI. ENSEÑANZAS RELIGIOSAS DE AMÓS
Dos hechos contribuyen a dar una especial importancia a la doctrina religiosa
de Amós. Por un lado, sus profecías son casi universalmente consideradas
como auténticas, y por el otro, su obra es probablemente el escrito profético
más antiguo que ha llegado hasta nosotros. Así que el libro de Amós
nos proporciona información muy valiosa relativa a las creencias del Siglo
VIII antes de Cristo, y de hecho, referente a las de algún tiempo anterior,
puesto que, al comunicar el mensaje divino a sus contemporáneos, el profeta
siempre da por supuesto que están familiarizados con las verdades a las
que apela. Amós enseña un monoteísmo muy puro. En todo su
libro no hay tanta referencia a otras deidades como al Dios de Israel. A menudo
habla del “Señor de los Ejércitos”, queriendo decir
con ello que Dios tiene incontables fuerzas y poderes a sus órdenes, en
otras palabras, que es omnipotente. Su descripción de los atributos divinos
muestra que según su concepción Dios es el Creador y Gobernante
de todas las cosas en el cielo y en la tierra; gobierna las naciones en general,
tanto como los cuerpos celestiales y los elementos de la naturaleza; es un Dios
personal y justo que castiga los crímenes de todos los hombres, tanto si
pertenecen a las naciones paganas como al pueblo escogido. El profeta condena
repetidamente las falsas nociones que tienen sus contemporáneos de la relación
de Dios con Israel. No niega que el Señor es su Dios de una manera especial.
Pero arguye que sus beneficios a ellos en el pasado, en vez de ser una razón
para que se entreguen con seguridad a pecados odiosos a la santidad de Dios, en
realidad aumentan su culpa y deben hacerles temer un castigo más severo.
No niega que se puedan ofrecer sacrificios a la Majestad Divina; pero declara
muy enfáticamente que su mero ofrecimiento exterior no complace a Dios
y no puedo aplacar su ira. El día del Señor, que es el día
de la retribución, a los israelitas que sean encontrados culpables de los
mismos crímenes que las naciones paganas les será tenido en cuenta
severamente. Es cierto que Amós discute con sus contemporáneos de
una manera concreta, y que por consiguiente no formula principios abstractos.
Sin embargo, su libro está repleto de verdades que no llegarán a
ser nunca superfluas u obsoletas.
Finalmente, cualquiera que sea la opinión que pueda tenerse de la autoría
de la parte final del libro de Amós (9, 8c-15), la referencia mesiánica
del pasaje será fácilmente admitida por todos los que creen en la
existencia de lo sobrenatural. Puede añadirse también que esta profecía
mesiánica se formula de una manera que no presenta objeciones insuperables
a la opinión tradicional que considera a Amós como su autor.
Para una referencia a las Introducciones al Antiguo Testamento,
ver la Bibliografía de AGEO; Comentarios recientes sobre Amós
por TROCHON (1886); KNABENBAUER (1886); ORELLI ( tr.ing., 1893); FILLION (1896);
DRIVER (1898); SMITH (1896); MITCHELL (2ª ed., 1900); NOWACK (2ª ed.,
1903); MARTI (1903); HORTON (1904).
F.E. GIGOT
Transcrito por Thomas J. Bress
Traducido por Francisco Vázquez
The
Catholic Encyclopedia, Volume I
Copyright © 1907 by Robert Appleton Company
Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight
Enciclopedia Católica Copyright © ACI-PRENSA
Nihil Obstat, March 1, 1907. Remy Lafort, S.T.D., Censor Imprimatur
+John Cardinal Farley, Archbishop of New York
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