Fue obispo de Milán del 374 al 397. Probablemente nació
en 340, en Tréveris, Arles, o Lyon. Murió el 4 de abril
de 397. Es uno de los más ilustres Padres y Doctores de la Iglesia,
y fue escogido, muy apropiadamente, a una con San Agustín, San
Juan Crisóstomo y San Atanasio, para ocupar la venerable Cátedra
del Príncipe de los Apóstoles en la tribuna de San Pedro
en Roma. Los datos que nos pueden servir para hacer su biografía
están mayormente dispersos entre sus escritos, dado que su “Vida”,
escrita luego de su muerte por su secretario, Paulino, a sugerencia de
San Agustín, es extremadamente frustrante. Ambrosio descendía
de una antigua familia romana que había abrazado el cristianismo
años antes y que contaba entre sus miembros tanto mártires
cristianos como altos funcionarios del Estado. En la época de su
nacimiento, su padre, que también se llamaba Ambrosio, era prefecto
en la Galia, y en ese carácter gobernaba los actuales territorios
de Francia, Bretaña y España, además de Tingitana,
en África. Era una de las grandes prefecturas del Imperio y se
trataba del puesto más alto que podía ocupar cualquier súbdito.
Las tres principales ciudades de la provincia, Tréveris, Arles
y Lyon, se disputan el honor de haber sido el lugar de nacimiento del
Santo, quien era el menor de tres hijos. Su hermana, Marcelina, se hizo
monja, y su hermano, Sátiro, al ser electo Ambrosio al episcopado,
renunció a la prefectura para vivir con él y relevarlo de
las tareas temporales. El padre, Ambrosio, murió alrededor del
año 354. A raíz de ello la familia se mudó a Roma.
La santa y virtuosa viuda fue grandemente ayudada en la educación
religiosa de los hijos por su hija, Marcelina, quien tenía diez
años más que Ambrosio. Para ese entonces Marcelina ya había
recibido el velo de las vírgenes de manos de Liberio, el Pontífice
Romano, y vivía en casa de su madre en compañía de
otras vírgenes. Fue de ella que el Santo aprendió a mostrar
ese amor por la virginidad que luego se convirtió en su característica.
Su progreso en conocimientos seculares iba a la par de su crecimiento
en la piedad. Fue una bendición especial para Ambrosio mismo y
para la Iglesia el que él hubiese adquirido tan gran dominio del
idioma y literatura griegos, cuya carencia es tan dolorosamente patente
en San Agustín y, en la generación posterior, en San León
Magno. Muy probablemente no hubiese acaecido el cisma griego si las iglesias
de Oriente y Occidente hubiesen podido continuar dialogando tan íntimamente
como lo hacían San Ambrosio y san Basilio. Una vez terminada su
educación liberal, el Santo dedicó su atención al
estudio y práctica del derecho, y muy pronto se distinguió
por la elocuencia y habilidad de sus alegatos en la corte del prefecto
pretoriano, Ancius Probus. Fue por ello que este último lo incorporó
a su consejo y más tarde obtuvo para él del emperador Valentiniano
el puesto de gobernador consular de Liguria y Emilia, con residencia en
Milán. “Ve- le dijo el prefecto, profetizando involuntariamente-
y condúcete no como juez sino como obispo”. No hay forma
de saber cuánto tiempo gobernó esa provincia. Lo único
que sabemos es que su honesta y humanitaria administración le ganó
el afecto y la estimación de todos sus gobernados, pavimentando
así el camino para la revolución que iba a tener lugar en
su vida poco después. Esto fue algo por demás notable, si
tomamos en cuenta que en esa época Milán estaba en medio
de un caos religioso causado por las continuas maquinaciones de la facción
arriana.
Obispo de Milán
Desde que el heroico obispo Dionisio, en el año 355, había sido
arrastrado en cadenas al exilio en el lejano Oriente, la antiquísima
sede de San Bernabé había estado ocupada por el intruso capadocio,
Auxencio, un arriano lleno de odio hacia la fe católica. Este tal, no
sólo no conocía la lengua latina, sino que era un perseguidor
astuto y violento de sus súbditos ortodoxos. Para alivio de los católicos,
la muerte le sobrevino al tiranuelo en 347 y con ello terminó una servidumbre
que había durado casi 20 años. Los obispos de la región,
temiendo que una elección popular diera pie a tumultos populares, solicitaron
al emperador Valentiniano que designara al sucesor por medio de un edicto imperial.
El Emperador, sin embargo, ordenó que se llevara la elección según
se acostumbraba. Le correspondió entonces a Ambrosio la tarea de mantener
el orden ciudadano en tan peligrosa coyuntura. Se dirigió a la basílica
en la que se encontraban reunidos el desunido clero y el pueblo. Ya ahí,
inició un discurso que buscaba motivar a la moderación y la paz,
pero fue interrumpido por una voz (la de un niño, según Paulino)
que clamaba: “Ambrosio, Obispo”. La multitud inmediatamente comenzó
a repetir el grito aquel y, para sorpresa y angustia de Ambrosio, él
resultó electo por unanimidad. Aparte de la intervención sobrenatural,
él era el único candidato viable: conocido por los católicos
como firme creyente en el Credo de Nicea, aceptable para los arrianos y reconocido
por todos como alguien que se había mantenido alejado de las controversias
teológicas. Sólo había un problema: convencer al azorado
cónsul de que aceptara un puesto para el que no había sido educado.
Y además- aunque nos parezca extraño-, como muchos otros creyentes
de esa época, quizás guiados por una reverencia equivocada hacia
la santidad del bautismo, Ambrosio aún era catecúmeno y, consecuentemente,
las sabias providencias de la ley canónica lo hacían inelegible
para el episcopado. Los únicos que han dudado acerca de la sinceridad
del terror que sintió él ante las responsabilidades de ese oficio
sagrado son aquellos que quieren juzgar a un gran hombre según los criterios
de su propia insignificancia. Si Ambrosio hubiese sido una persona como la que
dichas personas quieren hacernos ver: mundano, ambicioso y intrigante, le hubiera
bastado apoyarse en su reconocida capacidad y en su noble sangre para proseguir
esa carrera consular que tan brillante futuro le deparaba. Es muy difícil
aceptar que recurrió a la estratagema de fingir terror, como dicen algunos
biógrafos, para minar su propia popularidad entre el pueblo. Mas Valentiniano,
orgulloso de que la favorable opinión que él tenía de Ambrosio
hubiera sido aceptada tan entusiastamente por el pueblo y por el clero, confirmó
la elección y estipuló severas penas para quienes quisieran ayudarlo
a evadirse. Finalmente, el Santo aceptó. Recibió el bautismo de
manos de un obispo católico y ocho días después, el 7 de
diciembre de 374, día en el que Oriente y Occidente celebran su memoria,
habiendo pasado por las etapas preliminares, fue consagrado obispo. Tenía
treinta y cinco años de edad. Pero estaba destinado a edificar la Iglesia
durante el espacio comparativamente prolongado de 23 años. Desde el principio
dio testimonio de ser lo que siempre ha sido a los ojos del mundo cristiano:
el modelo perfecto del obispo cristiano. Hay algo de verdad en el eulogio de
Teodosio, según lo informa Teodoreto (V,18): “No conozco a otro
obispo que más merezca tal nombre, sino Ambrosio”. En él
la magnanimidad del patricio romano se temperó con la mansedumbre y la
caridad del santo cristiano. Su primer acto como obispo, y que luego imitaron
muchos santos sucesores, fue el de deshacerse de todas sus posesiones terrenas.
Dio a los pobres su propiedad personal; cedió a la Iglesia las tierras
que poseía, dejando aparte una provisión para mantener a su amada
hermana. La generosidad de su hermano Sátiro le quitó el peso
de la administración de las cosas temporales y le permitió dedicarse
totalmente a las espirituales. Para sobreponerse a su deficiencia de preparación
en cuestiones teologales, se dedicó asiduamente al estudio de las Escrituras
y de los Padres, mostrando preferencia por Orígenes y San Basilio, cuya
influencia se percibe en sus obras. Dotado de un verdadero ingenio romano, Ambrosio,
como Cicerón, Virgilio y otros autores clásicos, se dedicó
a digerir y a meter en moldes latinos los mejores frutos del pensamiento griego.
Sus estudios tenían una naturaleza eminentemente práctica. Aprendió,
además, que podía enseñar. En el exordio de su tratado
“De officiis”, se queja de que, a causa de su inesperado
paso del tribunal al púlpito se vio forzado a enseñar y aprender
simultáneamente. Su piedad, su juicio prudente y su genuino instinto
católico lo protegieron del error. Su fama como elocuente expositor de
la doctrina católica pronto llegó a los confines de la tierra.
La fuerza de su oratoria está testimoniada no sólo por las repetidas
alabanzas de que era objeto, sino, más aún, por la conversión
de un retórico de la talla de Agustín. Su estilo es el de una
persona que está más atenta a las ideas que a las palabras. No
nos lo podemos imaginar gastando su tiempo en pronunciar una frase elegante.
“Era una de esas personas- dice de él San Agustín- que dice
la verdad, la dice bien, juiciosamente, agudamente, y con belleza y fuerza de
expresión” (De doct. christ., IV,21).
Su vida diaria
Podemos tener una breve visión de su vida diaria si echamos una mirada
a través de la puerta de su habitación, abierta todo el día
y cruzada sin cita previa por toda clase de personas, cualquiera que tuviera
algo que tratar con él. Entre la variada multitud de sus visitantes no
faltaba algún alto funcionario que buscaba su consejo sobre algún
problema de Estado, ni aquél que buscaba una respuesta a alguna duda,
ni el pecador arrepentido que estaba ahí para confesar sus pecados, seguro
de que el Santo “no revelaría sus pecados a nadie sino solamente
a Dios” (Paulinus, Vita, XXXIX). Comía frugalmente y únicamente
cenaba los sábados, domingos y las fiestas de los mártires más
célebres. Sus largas vigilias nocturnas transcurrían en oración,
en atender su vasta correspondencia y en anotar los pensamientos que se le ocurrían
durante el día acerca de sus lecturas, tan frecuentemente interrumpidas.
Su laboriosidad incansable y sus hábitos disciplinados explican cómo
un hombre tan ocupado pudo escribir tantos y tan valiosos libros. Él
nos narra que cada día ofrecía el Santo Sacrificio por su pueblo
(pro quibus ego quotidie instauro sacrificium). Cada domingo acudían
inmensas multitudes a la basílica, atraídas por sus elocuentes
discursos. Uno de sus temas favoritos era la excelencia de la virginidad, y
tuvo tanto éxito en convencer a las doncellas de que adoptaran la vida
religiosa que más de una madre prohibió a sus hijas ir a escuchar
sus palabras. Ante la acusación de que estaba despoblando el imperio,
el Santo se vio forzado a refutarla a base de interrogar amenamente a los jóvenes
acerca de si tenían dificultad en encontrar esposas. El afirma, y la
experiencia de los siglos sostiene su afirmación (De Virginibus,
VII), que la población aumenta en proporción directa al grado
de estima en que la población tenga la virginidad. Como es de esperarse,
sus sermones eran eminentemente prácticos, repletos de sentenciosas normas
de conducta que han permanecido como palabras de uso corriente entre los cristianos.
En su método de interpretación bíblica, todos los personajes
de la Escritura, de Adán en adelante, aparecen como personas vivas, portando
cada una un mensaje distinto de Dios para instruir a la generación actual.
Nunca escribía sus sermones, sino que los pronunciaba a partir de lo
que tenía en el corazón. De las notas que se tomaban durante sus
sermones él compiló casi todos los tratados suyos de los que tenemos
conocimiento.
Ambrosio y los arrianos
Era natural que un prelado de tan altas miras, tan afable, tan caritativo con
los pobres, tan dispuesto a entregar sus grandes capacidades al servicio de
Cristo y de la humanidad, pronto gozara del amor entusiasta de su pueblo. Rara
vez ha habido, si es que lo ha habido, un obispo cristiano tan popular, en el
buen sentido de ese término tan abusado, como Ambrosio de Milán.
Y esa misma popularidad, unida a su intrepidez, fue la clave para destronar
la iniquidad. La hereje emperatriz Justina y sus consejeros bárbaros
con frecuencia hubieran querido callarlo con el destierro o el asesinato, pero
como en el caso de Herodes y Juan Bautista, ellos “temían a la
multitud”. Sus heroicas luchas en contra de las agresiones del poder secular
lo han inmortalizado como el modelo y pionero de todos los Hildebrandos, Beckets
y otros paladines de la libertad religiosa. El anciano Valentiniano I murió
súbitamente en 375, el año siguiente a la consagración
de Ambrosio, dejando a su hermano Valente, arriano, para que hiciera de las
suyas en el Este, y a su hijo mayor, Graciano, para que se hiciera cargo de
los territorios antes gobernados por Ambrosio, pero sin definir nada sobre el
gobierno de Italia. En esa circunstancia, el ejército tomó el
mando y proclamó emperador al hijo de Valentiniano y su segunda esposa,
Justina, un niño de cuatro años de edad. Graciano aceptó
gustosamente y asignó a su medio hermano la soberanía de Italia,
Ilírico (la actual región adriática de Montenegro y Albania,
N.T.) y África. Mientras aún vivía su ortodoxo esposo,
Justina prudentemente le ocultó sus creencias arrianas, pero en ese momento,
apoyada en la corte por una poderosa facción gótica, hizo pública
su decisión de educar a su hijo en la herejía y una vez más
intentó arrianizar el Occidente. Esto la colocó en confrontación
abierta con el obispo de Milán, quien había ya apagado los últimos
rescoldos de arrianismo en su diócesis. Esa herejía nunca había
sido aceptada por el pueblo ordinario; debía su vitalidad artificial
a las intrigas de reyes y cortesanos. Como paso preliminar para la inevitable
contienda, Ambrosio, a solicitud de Graciano, quien estaba por conducir un ejército
para auxiliar a Valente y deseaba tener a su lado un antídoto contra
los sofismas orientales, escribió su obra “De fide ad Gratianum
Augustum”, que luego sería ampliado y aún subsiste
en cinco libros. El primer choque entre Ambrosio y la Emperatriz aconteció
con ocasión de la elección episcopal en la sede de Sirmio, capital
del Ilírico, que por entonces era la residencia de Justina. A pesar de
los esfuerzos de la Emperatriz, Ambrosio logró que quedara electo un
obispo católico. Esa victoria fue repetida en el Concilio de Aquilea
(381), el cual él presidió, cuando logró derrocar a los
únicos prelados arrianos que quedaban en el Occidente, Paladio y Secundiano,
ambos ilirios. La batalla campal entre Ambrosio y la Emperatriz, en los años
385-386, ha sido gráficamente descrita por el cardenal Newman en sus
“Historical Sketches”. El asunto en cuestión era
la cesión de una de las basílicas a los arrianos para que celebrasen
allí su culto público. A lo largo de la prolongada batalla Ambrosio
demostró en grado eminente las cualidades de un gran líder. Su
valor en los momentos de mayor peligro sólo era igualado por su admirable
moderación. En ciertos momentos críticos del drama una sola palabra
suya podría haber derribado del trono a la Emperatriz y a su hijo. Pero
nunca fue pronunciada esa palabra. Un resultado perdurable de esa lucha contra
el despotismo fue el rápido desarrollo del canto eclesiástico,
del que Ambrosio había colocado los cimientos. Incapaz de vencer la fortaleza
del obispo y el espíritu del pueblo, finalmente la corte desistió
de su esfuerzo. No sólo eso, sino que debió acudir a Ambrosio
para que hiciera lo posible para salvar el trono del peligro.
Ya había él enviado una embajada a la corte del usurpador, Máximo,
que en el 383 había derrotado y dado muerte a Graciano y ahora reinaba
en su lugar. Gracias en gran parte a sus esfuerzos, se había logrado
un entendimiento entre Máximo y Teodosio, a quien Graciano había
designado como gobernante del Oriente. El acuerdo decía que Máximo
debería contentarse con sus posesiones presentes y respetar los territorios
de Valentiniano II. Tres años después Máximo decidió
cruzar los Alpes. El tirano recibió a Ambrosio desfavorablemente y con
la excusa, muy honorable al Santo, de que rechazaba mantener comunión
con los obispos que habían apoyado la muerte de Prisciliano (primer caso
de pena capital por herejía ordenada por un príncipe cristiano),
lo echó de la corte. Poco después Máximo invadió
Italia. Valentiniano y su madre buscaron la protección de Teodosio, quien
aceptó defenderlos, derrocó al usurpador y ordenó darle
muerte. Por ese tiempo murió Justina y Valentiniano, por consejo de Teodosio,
abjuró del arrianismo y se colocó bajo la protección de
Ambrosio, con el cual entabló una sincera amistad. Fue durante la prolongada
estancia de Teodosio en el Occidente que tuvo lugar el episodio más notable
de la Iglesia: la penitencia pública ordenada por el obispo y cumplida
por el emperador. La narración tradicional del acontecimiento, transmitida
por Teodoreto a muchos años de distancia, que exalta la firmeza del Santo
a costa de su mansedumbre y prudencia, afirma que Ambrosio detuvo al Emperador
a la entrada de la Iglesia y lo regañó y humilló públicamente.
El criticismo moderno demuestra que eso es una grave exageración. La
emergencia demandaba que el obispo pusiera en práctica todas sus virtudes.
Cuando las noticias de que los sediciosos tesalonicenses habían asesinado
a los funcionarios del Emperador, Ambrosio y el colegio episcopal, el cual él
presidía en ese momento, hicieron un llamado de clemencia a Teodosio,
aparentemente con éxito. ¿Cuál no sería su horror
al enterarse poco después que Teodosio, cediendo a los consejos de Rufinoso
y otros cortesanos, había ordenado una mascare indiscriminada de ciudadanos
en la que perdieron la vida 7,000 personas?. Para evitar encontrarse con el
monarca asesino u ofrecer el Santo Sacricio en su presencia, y, sobre todo,
para darle tiempo de ponderar la atrocidad de una acción tan ajena a
su carácter, el Santo se excusó alegando una enfermedad y, sabiendo
que ello propiciaría que lo llamaran cobarde, se retiró al campo
desde donde envió una carta “escrita por mi propia mano, que sólo
usted debe leer”, en la que exhortaba al Emperador a reparar su crimen
con una penitencia ejemplar. San Agustín narra (De civitate Dei, V, XXVI),
que con “humildad religiosa” Teodosio obedeció y “según
la disciplina de la Iglesia, hizo penitencia de tal manera que la vista de su
postrada majestad imperial llevó a las personas que intercedían
por él a llorar más grandemente que el temor que les había
causado la conciencia de la ofensa que él les había inflingido
cuando ésta los había enojado”. “Despojándose
de todos sus emblemas de realeza- dice San Ambrosio en su oración fúnebre
(c. 34)-, lloró en la Iglesia sus pecados públicamente. No se
avergonzó el Emperador de realizar una penitencia pública que
muchos individuos evitarían. Ni hubo después día en su
vida en que él no llorara su error”. Esta sencilla narración,
sin ningún adorno histriónico, tanto honra al obispo como a su
soberano.
Los últimos días de Ambrosio
El asesinato de su joven pupilo, Valentiniano II, que tuvo lugar en la Galia
en mayo del 393, mientras Ambrosio cruzaba los Alpes para ir a bautizarlo, causó
al Santo una gran aflicción. La eulogía que pronunció en
Milán es singularmente tierna: describe al fallecido rey como un mártir,
bautizado con su propia sangre. En realidad el usurpador, Eugenio, sí
era un infiel en lo hondo de su corazón y abiertamente anunció
su intención de restablecer el paganismo. Reabrió los templos
paganos y determinó que se instalara de nuevo en el Senado Romano el
altar de la Victoria, respecto al cual Ambrosio y Símaco habían
sostenido un largo y decidido debate literario. Este triunfo del paganismo tuvo
una corta vida. En la primavera del 391 Teodosio de nuevo condujo sus legiones
al Occidente y, en una breve campaña, derrotó y mató al
tirano. El paganismo romano pereció con él. El Emperador reconoció
los méritos del gran obispo de Milán anunciando su victoria la
misma tarde de la batalla y pidiéndole que celebrara un solemne sacrificio
de acción de gracias. No vivió Teodosio mucho tiempo después
de su triunfo. Murió en Milán pocos meses después (enero
del 395) teniendo a Ambrosio junto a su lecho y el nombre de Ambrosio en sus
labios. “Incluso cuando la muerte estaba desmoronando su cuerpo- dice
el Santo- él estaba más preocupado por el bienestar de las iglesias
que por el peligro propio”. “Yo lo amaba y estoy seguro que el Señor
escuchará la oración que yo le dirijo a favor de su alma piadosa”
(In obitu Theodosii, c. 35). Sólo pasaron dos años para
que estas dos almas generosas fueran reunidas por la muerte. Ningún cuerpo
humano puede soportar por mucho tiempo la actividad incansable de un Ambrosio.
Es significativa una escena, narrada por su secretario, de su extraordinaria
capacidad de trabajo. Él murió un Viernes Santo. Al día
siguiente, cinco obispos tuvieron dificultad para administrar el bautismo a
una multitud igual a la que él acostumbraba bautizar sin ayuda. Cuando
se corrió el rumor de que estaba seriamente enfermo, el conde Stilico,
“temeroso de que su muerte pudiera significar la destrucción de
Italia”, despachó unos emisarios, entre los que estaban los principales
ciudadanos, para suplicarle que le rogara a Dios que prolongara sus días.
La respuesta del Santo impresionó profundamente a san Agustín:
“No he vivido entre ustedes de modo que me avergüence de vivir, ni
temo morir porque tenemos a un Señor de bondad”. Durante horas
antes de su muerte él permaneció con los brazos extendidos a imitación
de su Maestro al agonizar, quien también se le apareció en persona.
El obispo de Vercelli le llevó el Cuerpo de Cristo. “Terminando
de consumirlo, exhaló pacíficamente su último aliento”.
Era el 4 de abril de 397. Fue enterrado en su amada basílica, tal como
él había deseado, al lado de los santos mártires Gervasio
y Protasio, cuyas reliquias habían sido descubiertas durante su lucha
con Justina, evento que les proporcionó un gran consuelo a él
y a sus seguidores. En el año 835 las reliquias de los tres santos fueron
colocadas por uno de sus sucesores, Angilberto II, en un sarcófago bajo
el altar, donde fueron descubiertos en 1864. La primera edición de los
trabajos de Ambrosio salió de la imprenta de Froben en Basilea, en 1527,
bajo la supervisión de Erasmo de Rotterdam. En el año 1580 comenzó
a salir a la luz en Roma una edición más elaborada, que continuó
apareciendo durante algunos años más. El editor en jefe fue el
Cardenal Montalto hasta que fue elevado al papado como Sixto V. Fueron cinco
volúmenes que conservan su valor gracias a la “Vida” del
Santo, compuesta por Baronio, con que comienza la obra. Posteriormente apareció
la excelente edición de Maurist, publicada en dos volúmenes en
Paris, en 1686 y 1690, respectivamente. Esta fue reimpresa por Migne en cuatro
volúmenes. La carrera de San Ambrosio ocupa un lugar prominente en todas
las historias, eclesiásticas y seculares, del siglo IV. Es de particular
valor la narración de Tillemont, en el cuarto volumen de sus “Memoirs”.
Es de menor importancia la discusión sobre la autenticidad de los así
llamados 18 himnos ambrosianos. El gran mérito del Santo en el campo
de la himnología consiste en que él puso sus cimientos y mostró
a la posteridad hasta dónde había oportunidad en el futuro para
desarrollarla.
Escritos de San Ambrosio
El carácter especial y el valor de los escritos de San Ambrosio quedan
patentes ya en el título de Doctor de la Iglesia que, desde tiempo
inmemorial, ha compartido en Occidente con San Agustín, San Jerónimo
y San Gregorio. Él es testigo oficial de la enseñanza de
la Iglesia Católica en su propio tiempo y en las generaciones precedentes.
Como tal, sus escritos siempre han sido citados por papas, concilios y
teólogos. Ya desde su época se sabía que pocos podían
dar voz tan claramente al verdadero sentido de las escrituras y a las
enseñanzas de la Iglesia (San Agustín, De Doctrina Christiana,
IV, 46,48,50). Ambrosio es preeminentemente un maestro eclesiástico
que puso a la luz en forma sólida y edificante, y con consciente
regularidad, el depósito de la fe que se le había confiado.
No es de modo alguno un filósofo académico que meditaba
en el silencio de la soledad sobre las verdades de la fe cristiana, sino
un esforzado administrador, obispo y estadista cuyos escritos constituyen
la expresión madura de su vida y trabajo oficiales. La mayor parte
de sus escritos son en realidad homilías, comentarios orales sobre
el Antiguo y Nuevo Testamentos, que fueron puestos por escrito por sus
oyentes y, posteriormente, redactados en su forma actual. Pocos, claro,
de esos discursos nos han llegado tal y como salieron de los labios del
gran obispo. En Ambrosio brilla con distinto resplandor su nativo genio
romano; es claro, sobrio, práctico y siempre busca persuadir a
sus oyentes de que actúen inmediatamente de acuerdo a los principios
y argumentos que él expone y que abarcan prácticamente todas
las facetas de la vida religiosa y moral. “Es un verdadero romano
en el que siempre domina el acento ético-práctico. No tenía
ni tiempo ni gusto por las especulaciones filosófico-dogmáticas.
En todas sus obras persigue un objetivo práctico. Es por ello que
con frecuencia repite lo que ya ha sido tratado, preparar para otra cosecha
los campos que ya han sido arados. No desprecia aprovechar las ideas de
algún escritor anterior, cristiano o pagano, con tal de apoyar
sus reflexiones, y adapta sus pensamientos con prudencia al público
de su tiempo y nación. Visto desde el aspecto formalmente literario,
su estilo deja algo que desear, pero no nos debe extrañar, dadas
las exigencias de tiempo que tienen los hombres públicos como él.
Su dicción abunda en remembranzas inconscientes de los escritores
clásicos, tanto griegos como romanos. Está particularmente
familiarizado con los escritos de Virgilio. Pero su estilo siempre conserva
una peculiaridad personal. Nunca le falta cierta reserva digna. Cuando
parece que su escrito es más estudiado de lo que acostumbra, sus
características son una enérgica brevedad y una audaz originalidad.
De entre sus escritos, los que tienen origen y estilo homilético
dejan patente las grandes dotes de oratoria de Ambrosio; a veces, incluso,
llega a alcanzar elevados niveles de inspiración poética.
Sus himnos son prueba suficiente del dominio que tenía de la lengua
latina” (Bardenhewer, Les pères de l'église,
París, 1898, 736 -737; cf. Pruner, Die Theologie des heil.
Ambrosius, Eichstadt, 1864). Las obras que han llegado a nosotros
pueden dividirse, en aras de la conveniencia, en cuatro clases: exegéticas,
dogmáticas, ascético-morales y ocasionales. Las obras exegéticas,
o comentarios a las Sagradas Escrituras, tratan sobre la gloria de la
creación, las figuras vetero-testamentarias de Caín y Abel,
Noé, Abraham y los patriarcas, Elías, Tobías, David
y los salmos y otros temas. De sus discursos sobre el Nuevo Testamento
sólo ha sobrevivido el largo comentario sobre San Lucas (Expositio
in Lucam). Definitivamente él no es el autor del maravilloso
comentario sobre las trece epístolas de San Pablo conocido como
“Ambrosiater”. Todos esos comentarios escriturísticos
juntos conforman más de la mitad de los escritos de Ambrosio. Demuestra
un gusto especial por las interpretaciones alegórico-místicas
de la Escritura. O sea, aunque admite un significado natural o literal,
siempre encuentra un significado más profundo, místico,
que él convierte en enseñanzas prácticas para la
vida cristiana. En esto, dice San Jerónimo (Ep. XLI), “él
era discípulo de Orígenes, pero bajo las modificaciones
que habían hecho del estilo de ese maestro San Hipólito
de Roma y San Basilio Magno”. También recibió influencia
en ese sentido del escritor judío Filón. Dicha influencia
fue tal que el texto de este último, que se encuentra en estado
de descomposición, puede a veces ser corregido exitosamente gracias
a los ecos y recuerdos que de dicha obra se hayan en las obras de Ambrosio.
Debe dejarse en claro, sin embargo, que al citar a los autores no cristianos,
el gran Doctor nunca abandona una actitud estrictamente cristiana (cf.
Kellner, Der heilige Ambrosius als Erklärer das Alten Testamentes,
Ratisbona, 1893). La más influyente de sus obras ascético-morales
es la que escribió acerca de los deberes de los eclesiásticos
cristianos (De officiis ministrorum). Es un manual de moralidad
cristiana que sigue de cerca, en su orden y disposición, un trabajo
homónimo de Cicerón. “Empero, dice el Doctor Bardenhewer,
es muy notable y aguda la antítesis entre la moralidad filosófica
del pagano y la moralidad del eclesiástico cristiano”. En
sus exhortaciones, particularmente, Ambrosio deja ver una irresistible
fuerza espiritual” (cf. R. Thamin, Saint Ambroise et la morale
chrétienne at quatrième siècle, París,
1895). Escribió varios textos sobre la virginidad. O mejor dicho,
publicó varios de sus discursos acerca de dicha virtud, de los
cuales el más importante es el tratado “Sobre las vírgenes”,
dirigido a su hermana Marcelina, consagrada ella misma al servicio divino.
San Jerónimo (Ep. XXII) afirma que él es el más elocuente
y exhaustivo de todos los exponentes de la virginidad, y que su juicio
coincide totalmente con el de la Iglesia. Su impresionante obrita “Sobre
la caída de una virgen consagrada” (De lapsu virginis
consecratæ) ha sido debatida, pero sin razones suficientes.
Dom Germain Morin sostiene que sí se trata de una homilía
de Ambrosio que, como muchos otros de sus así llamados “libros”,
debe su forma actual a alguno de sus oyentes. La mayor parte de sus trabajos
dogmáticos versan sobre la divinidad de Jesucristo y del Espíritu
Santo; también sobre los sacramentos cristianos. A petición
del joven emperador Graciano (375-383) elaboró una defensa, contra
los arrianos, de la verdadera divinidad de Jesucristo, y otra sobre la
divinidad del Espíritu Santo, contra los macedonios.
También, una obra sobre la Encarnación de Nuestro Señor.
Escribió su trabajo “Sobre la penitencia” para refutar
los postulados rigoristas de los novacianos y en él profundiza
sobre las evidencias útiles del poder de la Iglesia para perdonar
los pecados, la necesidad de la confesión y el carácter
meritorio de las buenas obras. Ha desaparecido una obra especial sobre
el bautismo (De sacramento regenerationis), frecuentemente citada
por San Agustín. Sí poseemos, afortunadamente, el excelente
tratado (De mysteriis) sobre el bautismo, la confirmación
y la Sagrada Eucaristía (P.L. XVI, 417-462), que dirigió
a los recién bautizados. Algunos opositores a la enseñanza
católica sobre la Eucaristía han puesto en duda su autenticidad,
pero sin razón alguna. Es altamente probable que la obra sobre
los sacramentos (De sacramentis, ibid) sea idéntica a
la precedente, sólo que, como explica Bardenhewer, “fue publicada
indiscretamente por algún oyente de Ambrosio”. Sus evidencias
respecto al carácter sacrificial de la Misa, y a la antigüedad
del Canon Romano de la Misa son demasiado bien conocidas como para requerir
mayores pruebas. Algunas de ellas son fácilmente localizables en
cualquier edición del Breviario Romano (cf. Probst, Die Liturgie
des vierten Jahrhunderts und deren Reform, Münster, 1893, 232-239).
La correspondencia de Ambrosio incluye pocas cartas confidenciales o personales.
La mayor parte son documentos oficiales, registros de asuntos públicos,
reportes sobre los concilios que se realizaron y cosas parecidas. Sin
embargo su valor histórico es incalculable, además de mostrarlo
como un administrador romano y estadista inigualable en cualquier nación
o en la Iglesia. Pero aunque sus cartas fueran materia de poca monta,
no se puede decir lo mismo de sus discursos. Su discurso ante la muerte
de su hermano Sátiro (378) (De excessu fratris sui Satyri)
contiene el sermón funerario del mismo y constituye uno de los
panegíricos cristianos más antiguos y un modelo de los discursos
de consolación que desde entonces habrían de ocupar el lugar
de las declamaciones frías e inefectivas de los estoicos. Su discurso
funerario sobre Valentiniano II (392) y sobre Teodosio el Grande (395)
son considerados clásicos de la composición retórica
(cf. Villemain, De l'éloquence chrétienne, París,
ed. 1891). También deben ser considerados como documentos históricos
de gran importancia. Y lo mismo se puede afirmar de su discurso contra
el intruso arriano, Auxencio (Contra Auxentium de basilicis tradendis),
y los dos discursos referentes al hallazgo de los cuerpos de los mártires
milaneses Gervasio y Protasio.
No faltan, claro, obras atribuidas falsamente a Ambrosio. Casi todas ellas
se encuentran en la edición benedictina de sus obras (reimpresas en Migne)
y se discuten en los manuales de Patrología (eg. Bardenhewer). También
se han extraviado algunas de sus obras auténticas, como, por ejemplo,
la obra citada arriba sobre el bautismo. San Agustín (Ep. 31, 8) alaba
encarecidamente una obra (actualmente extraviada) de Ambrosio escrita contra
aquellos que afirmaban una dependencia intelectual de Jesucristo respecto a
Platón. No es improbable que Ambrosio sea el autor de la traducción
latina y paráfrasis de Josefo (De Bello Judaico), conocido en la Edad
Media como Hegesippus o Egesippus, una distorsión del nombre griego del
autor original (Iosepos). Mommsen (1890) rechaza la autoría ambrosiana
del renombrado texto legal conocido como “Lex dei sive Mosaicorum
et Romanorum Legum Collatio”, un intento de presentar la ley de Moisés
como la fuente de la que bebió sus principales preceptos la jurisprudencia
criminal romana.
Ediciones de sus escritos
La historia literaria de las ediciones de sus escritos es una muy larga y puede
seguirse en las biografías de Ambrosio. Erasmo los editó en cuatro
tomos en Basilea (1527). Una edición romana muy valiosa fue sacada a
la luz en 1580, en cinco volúmenes, y fue el resultado del trabajo de
muchos años, comenzado por Sixto V cuando éste aún era
el monje Felice Peretti. Como prefacio de esa obra está una vida de San
Ambrosio compuesta por Baronio para sus Anuarios Eclesiásticos. La excelente
edición benedictina apareció en París (1686-90) en dos
volúmenes en folio. Esa edición fue reimpresa dos veces en Venecia
(1748-51 y 1781-82). La última edición de las obras de San Ambrosio
realizada en el siglo XIX fue la P.A.Ballerini (Milán, 1878) en seis
volúmenes. Esta no volvió obsoleta la edición benedictina
de du Frische y de Le Nourry. Algunos textos de San Ambrosio han aparecido en
la serie vienesa conocida como “Corpus Scriptorum Classicorum Latinorum”
(Viena, 1897-1907). Existe también una versión inglesa de las
obras selectas de San Ambrosio elaborada por H. De Romestin en el volumen 10
de la segunda serie de la “Select Library of Nicene and Postnicene
Fathers” (Nueva York, 1896). Una versión alemana de textos
selectos, en dos volúmenes, realizada por el P. X. Schulte, se encuentra
en la “Bibliothek der Kirchenväter” (Kempten, 1871-77).
Véanse las extensas biografías de Chevalier, Répertoire,
etc., Bio-Bibliographie (2ª. ed., Paris, 1905), 186-89; Bardenhewer, Patrologie
(2ª. ed. Friburgo, 1901), 387-89. Da Broglie, Les Saints, St. Ambroise
(París, 1899); Davies in Dict. of Christ. Biogr., s.v., I, 91-99; BUTLER,
Lives of the Saints, 7 Dic.; Förster, Ambrosius, Bischof von Mailand (Halle,
1884); Imm, Studia Ambrosiana (Leipzig, 1890); FERRARI, Introduction to Ambrosiana,
una colección de estudios académicos publicados (Milan 1899) con
ocasión del 5° centenario de su muerte. La introducción mencionada
es del Card. Ferrari, Arzobispo de Milán.
JAMES F. LOUGHLIN
Transcrito por Gordon y Pat Hermes
Traducido por Javier Algara Cossío