Alcántara, un pueblo a orillas del Tajo (en el cruce de un puente
cantara, de ahí su nombre), está situado en la planicie de Extremadura,
un gran campo de conflicto entre los musulmanes y cristianos de España
durante el siglo XII. Tomada primero por el rey de León en 1167, Fernando
II, Alcántara cayó de nuevo (en 1172) en las manos del fiero Yusuf,
el tercero de los almohades africanos; no fue recuperada sino hasta
el 1214 cuando fue tomada por Alonso de León, el hijo de Fernando. Para
poder defender esta conquista en una frontera expuesta a muchos asaltos,
el rey recurrió a las órdenes militares.
La Edad Media no conocía los ejércitos
permanentes ni las guarniciones, una carencia que las órdenes militares
abastecían, combinando como lo hicieron el entrenamiento militar con
la entereza monástica. Alcántara fue encomendada primero (1214) al cuidado
de los Caballeros Castellanos de Calatrava, quienes habían dado muchas
pruebas de su valentía en la famosa batalla de Las Navas de Tolosa contra
los almohades (1212). Alonso de León deseaba fundar en Alcántara una
rama especial de esta famosa orden para su reino. Pero cuatro años más
tarde estos Caballeros sintieron que el puesto estaba demasiado lejos
de sus cuarteles castellanos. Renunciaron al esquema y transfirieron
el castillo, con el permiso del rey, a una peculiar orden leonesa todavía
en un estado de formación, conocida como Los Caballeros de San
Julián de Pereiro. Su origen es oscuro, pero de acuerdo a algunas
tradiciones cuestionables.
San Julián de Pereiro fue un ermitaño
del país de Salamanca donde, bajo su consejo, algunos reyes construyeron
un castillo a orillas del Tajo para oponerse a los musulmanes. Son mencionados
en 1176, en una concesión del rey Fernando de León, pero sin aludir
a su carácter militar. Son conocidos por primera vez como orden militar
por un privilegio del papa Celestino III en 1197. A través de su pacto
con los Caballeros de Calatrava, aceptaron la regla cisterciense y el
traje, un manto blanco con una cruz escarlata, y se
sometieron al derecho de introspección y corrección del Maestro de Calatrava.
Esta unión no duró mucho. Los Caballeros de Alcántara, bajo su nuevo
nombre, adquirieron muchos castillos y estados, gran parte de ellos
a cuenta de los musulmanes. Amasaron una gran fortuna de los botines
durante la guerra y por donaciones piadosas. Fue un giro en sus carreras.
Sin embargo, la ambición y las disputas se incrementaron entre ellos.
El cargo de gran maestro se convirtió en la meta de aspirantes rivales.
Emplearon la espada unos contra otros, a pesar del voto de hacerlo únicamente
en guerra contra los infieles. En 1318, el castillo de Alcántara presentaba
el lamentable espectáculo del Gran Maestre, Ruy Vaz, siendo sitiado
por sus propios Caballeros, apoyados por el Gran Maestro de Calatrava.
Esta división, en conjunto, mostraba no menos de tres grandes maestros
en contienda, apoyados respectivamente por los Caballeros, los cistercienses
y por el rey. Tales ejemplos mostraban claramente en lo que se había
convertido el espíritu monástico. Todo lo que se puede decir para atenuar
tal escándalo es que las órdenes militares perdieron el principal objetivo
de su vocación cuando los moros fueron expulsados de su última posición
en España. Algunos autores asignan como causas de su desintegración
la reducción de los claustros a causa de la Peste Negra en el siglo
catorce, y la laxitud con la que los reclutaban de los sujetos más pobremente
calificados. Finalmente, hubo una revolución en la guerra, cuando el
crecimiento de la artillería moderna y la infantería superaron a la
caballería armada de los tiempos feudales, las órdenes todavía se ceñían
a su manera obsoleta de pelear. Las órdenes, sin embargo, por sus riquezas
y numerosos vasallos, permanecieron tremendamente poderosas en el reino,
y en poco tiempo se vieron envueltas en profundas agitaciones políticas.
Durante el cisma fatal entre Pedro el Cruel y su hermano, Enrique el
Bastardo, el cual dividió media Europa, los Caballeros de Alcántara
fueron divididos a su vez en dos facciones que lucharon una contra la
otra.
Los reyes, por su lado, no dudaron
en tomar parte activa en la elección del gran maestro, quien podría
darle un valioso apoyo a la autoridad real. En 1409, el regente de Castilla
triunfó al lograr que su hijo, Sancho, un niño de ocho años, se convirtiera
en el Gran Maestro de Alcántara. Estas intrigas continuaron hasta 1492,
cuando el papa Alejandro VI invistió al Rey Católico, Fernando de Aragón,
con la gran maestría de Alcántara de por vida. Adriano VI fue más lejos,
a favor de su pupilo, Carlos V, ya que en 1522 le otorgó las tres maestrías
de España a la Corona, y aún le permitió que fuesen heredadas a través
de la línea femenina. Los Caballeros de Alcántara fueron liberados del
voto de celibato por la Santa Sede en 1540, y los vínculos de vida en
común fueron separados. La orden fue reducida a un sistema de dotes
a disposición del rey, de las cuales se aprovechó él mismo para recompensar
a sus nobles. Había no menos de treinta y siete Encomiendas,
con 53 castillos o poblados. Bajo el dominio francés las rentas de Alcántara
fueron confiscadas, en 1808, y fueron regresadas sólo en parte en 1814,
después de la restauración de Fernando VII. Las Encomiendas desaparecieron
finalmente durante las subsecuentes revoluciones españolas y desde 1875
la Orden de Alcántara es solamente una condecoración personal, conferida
por el rey por servicios militares. (Ver ÓRDENES MILITARES).
DE
ROBLES, Privilegia militiae de Alcantará a pontificibus (Madrid, 1662);
DE VALENCIA, Definiciones y establecimientos de la Orden de Alcántara
(Madrid, 1602); MANRIQUE, Annales cistercienses (till 1283) (Lyon, 1642),
4 vols. fol.; RADES Y ANDRADA, Cronicón de las tres órdenes y caballerías
(Toledo, 1572); ARAUJO Y CUELLAS, Recopilación histórica de las cuatro
ordenes militares (Madrid, 1866); HÉLYOT, Histoire des ordres religieux
et militaires, 6 vols. (Tours, 1718); DE LA FUENTE Historia ecl. de
Españna, 4 vols. (Madrid,
1874).
CH. MOELLER
Transcribed by Bobie Jo M. Bilz
Traducción: Mauricio Acosta Rojas