Teoría filosófica de
las limitaciones del conocimiento, que profesa dudas o no cree en
alguna o todas las facultades de conocimiento que posee la mente humana.
I.
EXPOSICIÓN
(1) La palabra agnóstico (del griego a, privativo, + gnostikós que conoce) fue acuñada por el profesor Huxley
en 1869 para describir la actitud mental de quien considera fútil
todos los intentos de conocer la realidad correspondiente a nuestras
últimas ideas científicas, filosóficas, y religiosas. Como se empleó
al principio por Huxley, el nuevo término sugería el contraste entre
su propia ignorancia sin pretensiones y el vano conocimiento que afirmaban
poseer los gnósticos de los Siglos II y III. Esta antítesis sirvió
para desacreditar las conclusiones de la teología natural, o razonamiento
teístico, al clasificarlas junto a las inútiles vaguedades del Gnosticismo.
La clasificación era injusta, la pretendida antítesis, excesiva. Más
bien son los gnósticos y los agnósticos los verdaderos extremistas;
los primeros al extender los límites del conocimiento, y los segundos
al estrecharlos, indebidamente. La teología natural, o teísmo, ocupa
el terreno intermedio entre estos extremos, y debería ser distinguida
tanto de las posición gnóstica, de que la mente puede conocerlo todo,
como de la posición agnóstica, de que no puede conocer nada referente
a las verdades de la religión. (Ver GNOSTICISMO).
(2) Agnosticismo, como
término general en filosofía, es frecuentemente empleado para expresar
cualquier actitud consciente de duda, negación o incredulidad,
hacia alguna o incluso todas las facultades del hombre de conocer
o los objetos de conocimiento. La significación del término puede
según eso variar, como el de la palabra Escepticismo a
la que ha reemplazado en gran medida, desde Agnosticismo parcial a
completo; lo que se cuestiona puede ser nuestro conocimiento del mundo,
de uno mismo, o de Dios; o puede
ser la cognoscibilidad de los tres, y la validez de cualquier conocimiento,
bien de percepción o intelectivo, de ciencia o de filosofía, historia,
ética, religión. El elemento variable en el término es el grupo de
objetos, o proposiciones, a las que se refiere; el elemento constante,
la actitud de sabia ignorancia que siempre implica la posibilidad
de adquirir conocimiento.
(3) Agnosticismo, como
término de filosofía moderna, se usa para describir aquellas teorías
de las limitaciones del conocimiento humano que niegan la capacidad
constitucional de la mente de conocer la realidad y concluyen con
el reconocimiento de lo intrínsecamente Incognoscible. Se afirma habitualmente
la existencia de una realidad absoluta mientras, al mismo
tiempo, se niega su cognoscibilidad. Kant, Hamilton, Mansel, y Spencer
hacen de esta afirmación una parte integrante de sus sistemas filosóficos.
Los fenomenalistas, sin embargo, niegan abiertamente esta aserción,
mientras que los positivistas, Comte y Mill, suspenden el juicio en
lo relativo a la existencia de algo más allá de los fenómenos
(Ver POSITIVISMO).
(4) El Agnosticismo
moderno se diferencia de su antiguo prototipo. Su génesis no se debe
tanto a un espíritu reaccionario de protesta, y a una colección de
argumentos escépticos, contra los sistemas dogmáticos
de filosofía a la moda, cuanto a una crítica adversa a las facultades
de conocimiento del hombre para responder a la pregunta fundamental:
¿Qué podemos conocer? Kant, que fue el primero en suscitar esta cuestión,
en su memorable réplica a Hume, la respondía mediante una distinción
entre fenómenos cognoscibles y cosas-en-sí-mismas
incognoscibles. Hamilton siguió pronto con su doctrina de que
sólo conocemos las relaciones entre las cosas. El Agnosticismo
moderno está así estrechamente asociado con la distinción de Kant
y el principio de relatividad de Hamilton. Afirma nuestra incapacidad
de conocer la realidad correspondiente a nuestras últimas ideas científicas,
filosóficas, o religiosas.
(5) El Agnosticismo,
con relación especial a la teología, es un nombre para cualquier teoría
que niega que sea posible para el hombre llegar al conocimiento de
Dios. Puede asumir una forma religiosa o antirreligiosa, según se
limite a una crítica del conocimiento racional o se extienda a una
crítica de la fe. De Bonald (1754-1840), en su teoría de que el lenguaje
es de origen divino, conteniendo, preservando, y transmitiendo la
revelación primitiva de Dios al hombre; De Lammenais (1782-1854),
en su teoría de que la razón individual es impotente, y sola la razón
social competente; Bonetty (1798-1879), en su defensa de la fe en
Dios, las Escrituras, y la Iglesia, proporciona ejemplos de teólogos
católicos que intentan combinar su fe en las verdades religiosas y
morales con la negación de que un conocimiento válido de las mismas
sea alcanzable por la razón aparte de la tradición y la revelación.
A estos sistemas de Fideísmo y Tradicionalismo debe añadirse la teoría
de Mansel (1820-71), que Spencer consideraba como una confesión de
Agnosticismo, de que la verdadera incapacidad de la razón para conocer
el ser y los atributos de Dios prueba que la revelación es necesaria
para suplir las deficiencias de la mente. Esta actitud de criticar
el conocimiento, pero no la fe, fue también una característica de
la filosofía de Sir William Hamilton (Ver FIDEÍSMO y TRADICIONALISMO).
(6) La opinión extrema
de que es imposible el conocimiento de Dios, incluso con la ayuda
de la revelación, es la última forma de Agnosticismo religioso. La
nueva teoría considera a la religión y a la ciencia como dos capítulos
de experiencia separados, y busca conjugar un intelecto agnóstico
con un corazón creyente. Esto ha sido llamado acertadamente llevar
una contabilidad mental por partida doble. Ritschl, reviviendo
la distinción separatista de Kant entre razón teórica y práctica,
proclama que la idea de Dios no tiene ni un átomo de conocimiento
razonado; es meramente un ideal atractivo, que tiene valor
religioso y moral, pero no objetivo ni científico, para el creyente
que lo acepta. Harnack sitúa la esencia del Cristianismo en un relación
filial sentida hacia un Dios Padre incognoscible. Sabatier considera
las palabras Dios, Padre, como símbolos
que registran los sentimientos del corazón humano hacia el Gran Incognoscible
del intelecto
(7) El Agnosticismo
reciente es también en gran medida antirreligioso, criticando adversamente
no sólo el conocimiento que tenemos de Dios, sino también los fundamentos
de la fe en Él. Una combinación del Agnosticismo con el Ateísmo, más
que con una fe irracional y sentimental, es la dirección adoptada
por muchos. La idea de Dios se elimina de la opinión que se tiene
tanto personal como sistemática acerca del mundo y de la vida. La
actitud de juicio solemnemente suspendido se transforma
primero en indiferencia hacia la religión, en el mejor de los casos
como una cuestión inescrutable, y a continuación en incredulidad.
El agnóstico no siempre se abstiene meramente de afirmar o negar la
existencia de Dios, sino que se traslada a la vieja posición del Ateísmo
teórico y, con el argumento de la insuficiente evidencia, deja incluso
de creer que Dios exista. Por tanto, aunque no pueda identificarse
con el Ateísmo, el Agnosticismo se encuentra a menudo en combinación
con él. (Ver ATEÍSMO)
II.
EL AGNOSTICISMO TOTAL SE REFUTA A SÍ MISMO
El Agnosticismo total
o completo ver (2)se refuta a sí mismo. El hecho de que
haya existido nunca, incluso en la fórmula de Arcesilao, No
sé nada, ni siquiera que no sé nada, es cuestionado. Es imposible
construir teóricamente una idea coherente de ignorancia, duda, increencia
total. La mente que emprenda probar su propia incompetencia absoluta
tendría que presumir, mientras hace eso, que era competente para llevar
a cabo la tarea asignada. Aparte, sería imposible aplicar prácticamente
tal teoría; y una teoría completamente subversiva de la razón, contradictoria
con la consciencia, e inaplicable para la conducta es una filosofía
de la sinrazón fuera de lugar en un mundo de leyes. Son, por tanto,
los sistemas del Agnosticismo parcial los que merecen examinarse.
Estos no pretenden construir una filosofía completa de lo Incognoscible,
sino excluir clases específicas de verdades, notablemente religiosas,
del dominio del conocimiento. Son edificios que se dejan a propósito
inacabados.
III. LA DISTINCIÓN DE KANT ENTRE APARIENCIA Y REALIDAD, EXAMINADA
La idea de Kant de un
mundo de cosas separado del mundo que conocemos proporcionó
el punto de partida del movimiento moderno hacia la construcción de
una filosofía de lo Incognoscible. Con la laudable intención de silenciar
al escéptico Hume, mostró que el análisis
de este último de la experiencia humana, en particular las
impresiones de los sentidos, era defectuoso e incompleto, ya que fracasaba
en reconocer los elementos universales y necesarios presentes en el
pensamiento humano. Consiguientemente, Kant procedió a construir una
teoría del conocimiento que pudiera enfatizar los rasgos del pensamiento
humano descuidados por Hume. Presumió que la universalidad, la necesidad,
la causalidad, el espacio y el tiempo eran meramente una forma constitutiva
de la mente de ver las cosas, y de ningún modo derivaban de la experiencia.
El resultado fue que tuvo que admitir la incapacidad de la mente para
conocer la realidad del mundo, del alma, o de Dios, y se vio forzado
a refugiarse del escepticismo de Hume en el imperativo categórico
Debes de la razón moral. Había dejado impotente
a la razón pura al trasladar la causalidad y la necesidad
de los objetos de pensamiento al sujeto pensante. Para desacreditar
esta idea de una realidad inaccesiblemente oculta tras
las apariencias, es suficiente señalar las presunciones
gratuitas en las que se basa. El error radical de Kant fue prejuzgar,
en vez de investigar, las condiciones en las que se hace posible la
adquisición de conocimiento. No se ofrece prueba alguna de la arbitraria
presunción de que las categorías son completamente subjetivas;
ni siquiera es posible esa prueba. El hecho de que una categoría
viva subjetivamente en el acto de conocer no es prueba de que la categoría
no exprese verdaderamente al mismo tiempo la naturaleza de la realidad
conocida [Seth, Two lectures on Theism (Nueva York,
1897) p. 19]. La armonía de la función de la mente con el objeto que
percibe y las relaciones que descubre muestran que la capacidad de
la mente para alcanzar la realidad está implicada en nuestros propios
actos de percepción. Aun así, Kant, sustituyendo el hecho por la teoría,
descalificaría a la mente para su tarea de conocer el mundo real en
que vivimos, e inventaría una tierra adyacente de cosas-en-sí-mismas
que nunca se conocen como son, sino sólo como parecen ser. Esta utilización
de un principio puramente especulativo para criticar los contenidos
reales de la experiencia humana, es injustificable. El conocimiento
es un proceso vivo que ha de ser investigado concretamente, no algo
mecánico para que la razón abstracta juegue con él introduciendo rupturas
artificiales entre pensamiento y objeto, y entre realidad y apariencia.
Una vez se considera que el conocimiento es un acto sintético de un
sujeto que actúa por sí mismo, la brecha artificialmente creada entre
sujeto y objeto, realidad y apariencia, se cierra por sí misma. (Ver
KANT, FILOSOFÍA DE).
IV.
LA DOCTRINA DE LA RELATIVIDAD DE HAMILTON, EXAMINADA
Sir William Hamilton
contribuyó al principio filosófico en el que se basa el Agnosticismo
moderno, con su doctrina de que todo conocimiento es relativo.
Conocer es condicionar; conocer lo Incondicionado (Absoluto, o Infinito)
es, por tanto, imposible, produciendo nuestros mejores esfuerzos meras
negaciones de pensamiento. Esta doctrina de la relatividad contiene
dos serias equivocaciones que, cuando se señalan, revelan la diferencia
básica entre las filosofías del Agnosticismo y del Teísmo. La primera
está en la palabra relatividad. La afirmación de que el
conocimiento es relativo puede querer decir simplemente
que para conocer algo, sea el mundo o Dios, debemos conocerlo como
se nos manifiesta según las leyes y relaciones de nuestra propia conciencia;
fuera de tales relaciones de automanifestación sería para nosotros
un vacío aislado, incognoscible. Así entendida, la doctrina de la
relatividad afirma el método humano efectivo de conocer el mundo,
el alma, el yo, Dios, la gracia y lo sobrenatural. ¿Quién podría,
naturalmente, sostener que conocemos a Dios, de otra manera que por
las manifestaciones que Él mismo hace en la mente y en la naturaleza?
Pero Hamilton entendía
el principio de relatividad como significando que sólo conocemos
las relaciones entre las cosas, sólo lo Relativo, nunca lo Absoluto.
Una conclusión negativa, que fija un límite a lo que podemos conocer,
era así extraída de un principio que afirma por sí mismo un método,
pero no establece nada respecto a los límites, de nuestro conocimiento.
Esta arbitraria interpretación de un método como limitación está en
el centro de la postura agnóstica contra el Teísmo. Un posible conocimiento
idealmente perfecto se contrapone al conocimiento imperfecto, aunque
sin embargo verdadero, que poseemos efectivamente. Al asumir así la
comprensión ideal como regla mediante la cual criticar
la aprehensión real, el agnóstico invalida, aparentemente,
lo poco que conocemos, tal como se establece en la actualidad, mediante
lo mucho que podríamos conocer si nuestra constitución mental fuera
distinta de la que es. El teísta, sin embargo, reconociendo que los
límites del conocimiento humano han de ser determinados por los hechos,
y no por la especulación, rechaza prejuzgar la cuestión, y procede
a investigar lo que podemos legítimamente conocer de Dios a través
de sus efectos o manifestaciones.
La segunda equivocación
seria está en los términos Absoluto, Infinito,
Incondicionado. El agnóstico tiene en la mente, cuando
usa estos términos, esa vaga idea general del ser que nuestra mente
alcanza vaciando la realidad concreta de todos sus contenidos particulares.
El resultado de este proceso de vaciamiento es lo indefinido del pensamiento
abstracto, cuando se lo compara con lo definido del pensamiento concreto.
Es este Indefinido lo que el agnóstico exhibe como lo absolutamente
Inconexo, Incondicionado. Pero esto no es el Absoluto de que se trata.
Nuestra incapacidad para conocer tal Absoluto, al ser simplemente
nuestra incapacidad para definir lo indefinido, condicionar lo incondicionado,
es una perogrullada irrelevante. El Absoluto del que tratan los teístas
es el real, no el lógico; el Infinito en cuestión es el Infinito real
de perfección llevada a cabo, no el Indefinido del pensamiento. Lo
Omniperfecto es la idea de Dios, no lo Omni-imperfecto, dos polos
opuestos que frecuentemente confunden los panteístas y materialistas
desde los tiempos jónicos hasta los nuestros. El agnóstico, por tanto,
desplaza todo el problema teístico cuando sustituye por un Absoluto
lógico definido como el que excluye toda relación externa e
interna, el Absoluto real. Un examen de nuestra experiencia
muestra que la única relación que el Absoluto excluye esencialmente
es la de dependencia real de cualquier otra cosa. En buena lógica,
no tenemos derecho a definirlo como el no-relacionado. Si nuestro
conocimiento de este Absoluto real, o Dios, merece ser caracterizado
como totalmente negativo, es, por consiguiente, un problema distinto
(ver VI).
VI.
LA DOCTRINA DE LO INCOGNOSCIBLE DE SPENCER, EXAMINADA
Según Herbert Spencer,
la doctrina de que todo conocimiento es relativo no puede ser inteligiblemente
afirmada sin postular la existencia del Absoluto. El impulso del pensamiento
inevitablemente nos lleva más allá de la existencia condicionada (conciencia
determinada) a la existencia incondicionada (conciencia indeterminada).
La existencia de la Realidad Absoluta debe por tanto afirmarse. Spencer
hizo así un visible progreso respecto de la filosofía de Comte y Mill
que mantenían una actitud no comprometida sobre la cuestión de la
existencia de un absoluto. Hamilton y Mansel admitían la existencia
del Infinito por la fe, negando sólo la capacidad del hombre para
construir una concepción positiva de él. La prueba de Mansel para
una concepción válida de algo es un control agotador de sus contenidos
positivosun test ideal para invalidar el conocimiento tanto
de lo finito como de lo infinito. La prueba de Spencer es la incapacidad
de concebir lo opuesto. Pero puesto que él entiende que concebir
significa formarse una imagen mental, la consecuencia
fue que las concepciones supremas de la ciencia y la religión
materia, espacio, tiempo, el Infinito no lograban responder
a su presunto patrón, y fueron declaradas meros símbolos de
lo real, en absoluto cogniciones de ello. Así él se dirigió
a buscar la base y reconciliación de la ciencia, filosofía, y religión
en el reconocimiento de la Realidad Incognoscible como el objeto de
la constante búsqueda y culto del hombre. La inexistencia del Absoluto
es impensable; todos los esfuerzos para conocer positivamente lo que
el Absoluto sea desembocan en contradicciones.
La crítica adversa de
Spencer de todo conocimiento y creencia, en cuanto que no permite
ninguna intuición de la última naturaleza de la realidad, se basa
en notorias presunciones. La presunción de que toda idea es simbólica
que no puede ser vívidamente reproducida en el pensamiento es tan
arbitraria como decisiva contra todo su sistema; es un prejuicio,
no un canon válido de crítica inductiva, lo que él emplea constantemente.
Del hecho de que no podemos formarnos una concepción de la infinitud,
como reproducimos un objeto o recordamos una escena, no se sigue que
no tengamos aprehensión de lo Infinito. Constantemente aprehendemos
cosas de las que no podemos forjarnos una imagen mental con claridad.
Spencer meramente contrapone nuestras formas de pensamiento imaginativas
con las no imaginativas, utilizando las primeras para criticar negativamente
las segundas. Las contradicciones que descubre son todas reductibles
a esta contraposición de los pensamientos determinados con los indeterminados
y desaparecen cuando pensamos en un Infinito real de perfección, no
en un Absoluto lógico. El intento de Spencer de detenerse finalmente
en la mera afirmación de que el Absoluto existe, él mismo probó que
era imposible. Frecuentemente describe lo Incognoscible como el Poder
que se manifiesta a sí mismo en los fenómenos. Esta descripción
física es una rendición de su propia posición y una virtual aceptación
del principio del Teísmo, de que el Absoluto se conoce a través de,
y no separadamente de, sus manifestaciones. Si el Absoluto puede ser
conocido como energía física, seguramente puede ser conocido como
Poder Inteligente Personal, tomando en cuenta las manifestaciones
superiores, no las inferiores, de energía conocidas por nosotros como
base de una concepción menos inadecuada. La existencia vacía no es
una estación final para el pensamiento humano. La única dirección
racional es concebir a Dios en sus manifestaciones supremas y recordar
mientras lo hacemos que estamos describiendo, no definiendo, su naturaleza
insondable. No es cuestión de degradar a Dios a nuestro nivel, sino
de no concebirlo por debajo de ese nivel como energía inconsciente.
El ulterior intento de Spencer de vaciar la religión y la ciencia
de sus contenidos racionales respectivos, a fin de dejar sólo una
vacía abstracción o símbolo como objeto final de ambas, es de nuevo
una enorme confusión de lo indeterminado del pensamiento con lo infinito
de la realidad. Nunca existió una religión completamente separada
de la fe, el culto y la conducta. La religión debe hasta cierto punto
conocer su objeto o ser mera emoción irracional. Toda religión reconoce
el misterio; la verdad y la realidad imperfectamente conocidas, no
absolutamente incognoscibles. La distinción entre fenómenos
cognoscibles y realidad incognoscible tras los fenómenos quiebra
a cada paso; y Spencer ilustra bien qué fácil es confundir pensamientos
simplificados con la simplicidad original de las cosas. Su categoría
de lo Incognoscible es un receptáculo conveniente para todo lo que
uno pueda elegir meter en él, puesto que no es posible afirmación
racional alguna referente a sus contenidos. De hecho, Spencer afirma
tranquilamente la identidad de los dos incognoscibles
de la Religión y la Ciencia, sin parecer darse cuenta de que ni en
buena lógica ni según sus propios principios hay fundamento para esta afirmación tan dogmática.
VI.
LA FACULTAD DE CONOCER
El hecho primario descubierto
en nuestra percepción es que existe un objeto externo, no que se ha
experimentado una sensación. Lo que percibimos directamente es la
presencia del objeto, no el proceso mental. Esta unión vital entre
sujeto y objeto en el mismo acto de conocimiento implica que cosas
y mentes están armoniosamente relacionadas una con la otra en un sistema
de realidad. Lo real está implicado en nuestros actos de percepción,
y cualquier teoría que descuide tomar este hecho básico en cuenta
desdeña los datos de experiencia directa. A través de todo el proceso
de nuestro conocimiento, la mente tiene realidad, fundamentalmente
al menos, para su objeto. El segundo hecho de nuestro conocimiento
es que las cosas se conocen según la naturaleza del conocedor. Podemos
conocer el objeto real, pero la extensión de este conocimiento dependerá
de la cantidad y grado de las manifestaciones, tanto como de las condiciones
actuales de nuestras facultades mentales y corporales. Cualesquiera
que sean los resultados alcanzados por los psicólogos o físicos en
su estudio de la génesis del conocimiento o de la naturaleza de la
realidad, no puede caber duda del testimonio de la conciencia de la
existencia de una realidad que no somos nosotros.El conocimiento
está, por tanto, en proporción a las manifestaciones del objeto y
a la naturaleza y las condiciones del sujeto que conoce. Nuestra facultad
de conocer a Dios no es una excepción en esta ley general, cuya inobservancia
es la debilidad del Agnosticismo, como su observancia es la fuerza del Teísmo. La presunción fundamental
en los sistemas agnósticos generalmente es que podemos conocer la
existencia de una cosa y aun así continuar en completa ignorancia
de su naturaleza. El proceso de nuestro conocer se contrapone con
el objeto supuestamente conocido. El resultado de esta contraposición
es hacer que el conocimiento aparezca no tanto como que da cuenta,
sino que transforma, la realidad; y hacer que el objeto aparezca como
cualitativamente diferente del conocimiento que tenemos de él, no,
por tanto, intrínsecamente incognoscible. Esta presunción da por resuelta
toda la cuestión. No existe ninguna razón válida para considerar el
estímulo físico de la sensación como una realidad pura y simple,
o como el último objeto del conocimiento. Concebir el conocimiento
como algo que altera su objeto es hacerlo carente de significado,
y contradecir el testimonio de la conciencia. No podemos conocer la
existencia de una cosa y mantenernos en completa ignorancia de su
naturaleza.
El problema de la cognoscibilidad
de Dios suscita cuatro cuestiones más o menos distinguibles: existencia,
naturaleza, posibilidad de conocimiento, posibilidad de definición.
Al tratarlas, el agnóstico separa las dos primeras, que debería unir,
y une las dos últimas, que debería separar. Las dos primeras cuestiones,
aunque distinguibles, son inseparables en su tratamiento, porque no
tenemos una intuición directa de la naturaleza de nada y debemos contentarnos
con estudiar la naturaleza de Dios a través de las manifestaciones
indirectas que hace de Sí mismo en sus criaturas. El agnóstico, al
tratar la cuestión de la naturaleza de Dios aparte de
la cuestión de la existencia de Dios, se separa del
único medio natural posible de conocer, y luego le da la vuelta para
convertir su falta de método en una filosofía de lo Incognoscible.
Sólo estudiando el Absoluto y sus manifestaciones conjuntamente podemos
completar y llenar el concepto del primero por medio de las segundas.
La idea de Dios no puede analizarse por completo separada de las evidencias,
o pruebas. La deducción necesita el acompañamiento del
proceso de inducción para tener éxito en este caso. Spencer pasó por
alto este hecho, que Santo Tomás observó admirablemente
en su clásico tratamiento del problema.
El problema del conocimiento
de Dios no es el mismo que el problema de definirlo. Ambas cosas no
se dan o faltan juntas. Al identificar las dos, el agnóstico confunde
incapacidad para definir con incapacidad total para
conocer, que son problemas distintos que han de tratarse por
separado, puesto que al conocimiento puede faltarle la definición
y ser aún así conocimiento. Spencer proporciona el ejemplo típico.
Admite que investigar la naturaleza de las cosas conduce inevitablemente
al concepto de la Existencia Absoluta, y aquí su confusión de conocer
con definir le obliga a detenerse. No puede descubrir en el concepto
aislado de Absoluto las tres condiciones de relación, semejanza, y
diferencia, necesarias para definirlo. Correctamente afirma que ningún
parecido directo, ninguna concordancia en la posesión de las mismas
cualidades, es posible entre el Absoluto y el mundo de las cosas creadas.
El Absoluto no puede ser definido o clasificado, en el sentido de
ser puesto en relaciones de concordancia específica o genérica con
ningún objeto que conozcamos ni con ningún concepto que construyamos.
Esto no fue un descubrimiento de Spencer. Los Padres de la Iglesia
Oriental, en su así llamada teología negativa, refutaron
el pretencioso conocimiento de los gnósticos con este mismo principio,
que el Absoluto trasciende a todos nuestros esquemas de clasificación.
Pero Spencer se equivocaba al dejar de tomar en cuenta la considerable
cantidad de conocimiento positivo, aunque no estrictamente definible,
contenido en la afirmación que él hace en común con los teístas, de
que Dios existe. El Absoluto,
estudiado a la luz de sus manifestaciones, no en la oscuridad del
aislamiento, se revela a nuestra experiencia como la Fuente Originante.
Entre las Manifestaciones y la Fuente existe, por tanto, alguna relación.
No es semejanza directa, en el sentido propio. Pero hay otra clase de semejanza que es totalmente
indirecta, la semejanza de dos proporciones, o Analogía. La relación
de Dios con su naturaleza absoluta debe ser, al menos proporcionalmente,
la misma que la de las criaturas con la suya. Pese a ser infinita
la distancia y la diferencia entre las dos, existe entre ellas esta
relación de similitud proporcional, y es suficiente para hacer posible
algún conocimiento del primero a través de las segundas, porque ambas
son proporcionalmente semejantes, aunque infinitamente distintas en
ser y atributos. La Fuente Originante debe contener, de una manera
que la supera infinitamente, las perfecciones débilmente reflejadas
en el espejo de la Naturaleza. De esto, el principio de causalidad,
objetivamente entendido, es suficiente garantía. Las tres condiciones
de Spencer para el conocimiento a saber, relación, semejanza,
y diferenciase verifican así de otra forma, con una verdad proporcional
como base suya. Las conclusiones de la teología natural no pueden,
por tanto, excluirse del dominio de lo cognoscible, sino sólo de lo
definible (Ver ANALOGÍA).
El proceso de conocer
a Dios se convierte así en un proceso de corregir nuestros conceptos
humanos. La corrección consiste en elevar al infinito, a la trascendencia
ilimitada las perfecciones objetivas discernibles en los hombres y
las cosas. Esto se lleva a cabo a su vez
negando los modos limitadores y las características imperfectas
distintivas de la realidad creada, para reemplazarlas con el pensamiento
del Omniperfecto, en la plenitud de cuyo Ser una realidad indivisa
corresponde a nuestros numerosos, distintos, parciales conceptos.
A la luz de este correctivo aplicado estamos capacitados para atribuir
a Dios las perfecciones manifestadas en la inteligencia, la voluntad,
la potencia, la personalidad, sin hacer del contenido objetivo de
nuestra idea de Dios meramente lo humano magnificado, ni un manojo
de negaciones. El extremo del Antropomorfismo, o de definir a Dios
en términos del hombre magnificado, se evita así, y el extremo opuesto
del Agnosticismo se descarta. La necesidad nos obliga a pensar en
Dios en forma relativa, con rasgos dependientes de nuestra experiencia.
Pero ninguna necesidad de pensamiento nos obliga a hacer de los rasgos
accidentales de nuestro conocimiento la propia esencia de su ser.
La función de negación, que los agnósticos pasan por alto, es una
función correctiva, no puramente negativa; y nuestra idea de Dios,
inadecuada y únicamente proporcional como es, es sin embargo positiva,
verdadera, y válida según las leyes que gobiernan todo nuestro conocer.
VII
LA VOLUNTAD DE CREER
La concepción católica
de la fe es la de un firme asentimiento, por la autoridad de Dios,
a las verdades reveladas. Presupone la verdad filosófica de que existe
un Dios personal que no puede engañarse ni engañarnos, y la verdad
histórica del hecho de la revelación. Las dos fuentes de conocimiento
razón y revelación se completan una a la otra. La fe
empieza donde termina la ciencia. La revelación añade un nuevo mundo
de verdad a la suma del conocimiento humano. Este nuevo mundo de verdad
es un mundo de misterio, pero no de contradicciones. El hecho de que
ninguna de las verdades que creemos por la autoridad de Dios contradiga
las leyes del pensamiento humano o las certezas del conocimiento natural
demuestra que el mundo de la fe es un mundo de razón superior. La
fe es, por consiguiente, un asentimiento intelectual; una especie
de conocimiento sobreañadido distinto de, aunque continuo con, el
conocimiento derivado de la experiencia.
En contraposición con
esta concepción de la fe y la razón como distintas está la extendida
opinión que defiende su absoluta separación. La palabra conocimiento
se restringe a los resultados de las ciencias exactas, la palabra
creencia se extiende a todo lo que no puede
ser determinado así de exactamente. La actitud pasiva del hombre de
ciencia, que suspende el juicio hasta que la evidencia fuerza su asentimiento,
se presume para la verdad religiosa. El resultado es que la voluntad
de creer asume una enorme trascendencia en contraposición a
la facultad de conocer, y la fe se hunde al nivel de la
creencia ciega totalmente separada del conocimiento.
Es verdad que la voluntad,
la conciencia, el corazón, y la divina gracia cooperan en la
producción del acto de fe, pero no es menos verdad que la razón juega
un papel esencial. La fe es un acto del intelecto y la voluntad; cuando
se la analiza debidamente, revela elementos intelectuales, morales,
y sentimentales. Somos seres vivos, no puras máquinas de razonar,
y toda nuestra naturaleza coopera vitalmente en la aceptación de la
palabra divina. El hombre es un ser que piensa toda su experiencia
y forzosamente debe pensar su experiencia religiosa Sterrett,
The Freedom of Authority (Nueva York, 1905) p. 56Donde
la razón no entra en absoluto, no tenemos sino capricho o entusiasmo.
La fe no es una persuasión que haya de ser explicada con referencia
a actitudes volitivas subconscientes solo, ni uno de sus signos es
la desconfianza en la razón.
También es verdad que
la actitud del creyente, cuando se la compara con la del observador
científico, es fuertemente personal, e interesada en el objeto de
la fe. Pero esta contraposición de actitudes personales e impersonales
no justifica que se considere la fe como totalmente ciega. Es incorrecto
generalizar estas dos actitudes en filosofías que se excluyan mutuamente.
El ideal moral de la conciencia es diferente del frío ideal imparcial
de la ciencia física. Las verdades que nutren la vida moral del alma,
y conforman la conducta, no pueden esperar para su aceptación, como
si fueran verdades puramente científicas, hasta que la razón teórica
estudie el problema por entero. Presentan motivos claros para que
la conciencia las aprecie activamente, no para que la razón las contemple
pasivamente. La conciencia aprecia el valor moral de los testimonios,
ordena su aceptación, y manda al intelecto que los considere
con asentimiento.
Es erróneo, por tanto,
asimilar la función de la conciencia a la de la razón especulativa,
para aplicar a la solución de cuestiones morales y religiosas los
métodos de las ciencias exactas, para dar a éstas el monopolio de
toda certidumbre, y declarar la región más allá del conocimiento científico
una región de ignorancia y fe ciega. A partir de la presunción de
que el conocimiento y lo definible son términos sinónimos, los primeros
principios del pensamiento se trasladan de la categoría de conocimiento
a la de creencia, pero el traslado es arbitrario. Es demasiado suponer
que sólo conocemos lo que podemos explicar. El error está en construir
una filosofía general a partir de un método particular de explicación
científica. Esta crítica es aplicable a todos los intentos sistemáticos
de dividir la mente en hemisferios opuestos de intelecto y voluntad,
para separar la fe completamente del conocimiento. La conciencia es
una y continua. Nuestras distinciones no deben nunca equivaler a separaciones,
ni debe el método pragmático hoy de moda ser elevado a
la dignidad de filosofía universal. El alma con sus facultades
no constituye un conjunto integral dividido o divisible, en compartimentos
que no se comunican de intelecto y voluntad; es un conjunto potencialmente
interpenetrativo. (Baillie, Revue de Philos., Abril de
1904, p. 468.) En la interacción solidaria de todas las facultades
del hombre las contribuciones aportadas por la voluntad y la consciencia
incrementan y vivifican el escaso conocimiento de Dios que somos capaces
de adquirir por el razonamiento.
VIII.
EL AGNOSTICISMO Y LA DOCTRINA DE LA IGLESIA
La negación agnóstica
de la capacidad de la razón humana para conocer a Dios está directamente
en oposición a la Fe Católica. El Concilio Vaticano (I)
solemnemente declara que Dios, principio y fin de todo, puede,
a la luz natural de la razón humana, ser conocido con certeza a partir
de las obras de la creación (Const. De Fide, II, De Rev.). La
intención del Concilio era reafirmar la pretensión histórica del Cristianismo
de ser razonable, y condenar el Tradicionalismo junto con todas las
opiniones que niegan a la razón poder para conocer a Dios con certeza.
La religión estaría desprovista de fundamento de razón, los motivos
de credibilidad no tendrían
valor, la conducta estaría separada de la creencia, y la fe sería
ciega, si se pusiera en cuestión la facultad de conocer a Dios con
certeza racional. La declaración del Concilio se basaba primeramente
en la escritura, no en ninguno de los sistemas históricos de filosofía.
El Concilio simplemente definió la posibilidad del hombre de conocer
a Dios con certeza por la razón aparte de por la revelación. La posibilidad
de conocer a Dios no se afirmó de ningún individuo histórico en particular;
la afirmación se limitó al poder de la razón humana, no se extendió
al ejercicio de ese poder en ningún caso dado de tiempo o de persona.
La definición asume así los rasgos de la afirmación objetiva: El hombre
puede ciertamente conocer a Dios mediante la facultad física
de la razón cuando ésta está correctamente desarrollada, incluso aunque
la revelación sea moralmente necesaria para la humanidad
en conjunto, cuando se tienen en cuenta las dificultades de alcanzar
un rápido, seguro, y correcto conocimiento de Dios. El Concilio no
hizo público la determinación de qué condiciones eran necesarias para
el recto desarrollo de la razón, ni de cuánta educación positiva se
requería para equipar la mente para esta tarea de conocer a Dios y
algunos de sus atributos con certeza. Ni se planteó decidir si la
función de la razón en este caso es derivar la idea de Dios totalmente
de la reflexión sobre los datos proporcionados por los sentidos, o
meramente sacar a la luz en forma explícita, por medio de tales datos,
una idea ya instintiva e innata. La primera opinión, la de Aristóteles,
tuvo preferencia, pero la segunda, la de Platón, no fue condenada.
Las manifestaciones indirectas de Dios en el espejo de la naturaleza,
en el mundo creado de las cosas y las personas, fueron simplemente
declaradas ser verdaderas fuentes de conocimiento distintas de la
revelación.
EDMUND
T. SHANAHAN
Transcrito por Rick McCarty
Traducido por Francisco Vázquez